“¡Buena noche!”

CÁDIZDIRECTO/Vanessa Perondi.- Los de hoy son de jamon york, mortadela y queso, para los musulmanes. Los ha preparado por la mañana Carmen y esta tarde los repartirá con su compañero Andrés por todo Cádiz. Ambos –Carmen Sánchez y Andrés Villegas- son voluntarios de Cruz Roja y pertenecen al programa de atención a personas sin hogar, financiado con fondos procedentes de la casilla solidaria de la declaración de la renta y del Ayuntamiento de Cádiz.

Sólo llevan dos meses pero se han ganado rápido la confianza de la gente. Lunes, miércoles y viernes se montan en una furgoneta, de 19:00 a 23:00 horas aproximadamente, y recorren la ciudad desde las afueras hasta La Caleta para dar a los sin techo un bocata, un zumo, un caldo y compañía. “Les llevamos comida y estamos un rato con ellos, para enterarnos de la situación que tienen, si están enfermos, para comunicarles dónde están los albergues, los comedores y estar al tanto de cómo están”, explica Carmen.

En este momento atienden a unas 55 personas que están registradas en el censo de personas sin hogar de Cruz Roja pero “si viene alguien que no está en nuestra lista, no pasa nada. Lo registramos en el momento y se lleva su comida”. Sin embargo, en pocas ocasiones se da esta situación. “Ellos ya saben de nuestro trabajo y se informan entre ellos cuando llegamos”.

El número de usuarios baja en invierno hasta 45 personas aproximadamente porque ahora mismo “o están de paso hacia Canarias o vienen a buscar trabajo”, explican. Pero aquí, no es fácil encontrarlo y se quedan en la calle.

Muchos están tan acostumbrados a que el periodismo televisivo se pare con ellos en busca de un reportaje -que “sólo busca el morbo”- que, en cuanto ven la cámara, se van o piden dinero. Por eso, sólo algunos quieren detenerse a contar su vida: o siempre han estado así o a la crisis los ha llevado a esa situación.

“El perfil de la gente a la que atendemos es el típico mendigo con problemas psíquicos o simplemente gente que le ha cogido la crisis y se ve en la calle de buenas a primeras”, cuenta Andrés.

Este es el caso de Luis, o el arquitecto, como lo conocen en la calle. Con dos bolsas de deporte como equipaje y un sodoku en la mano, Luis espera a Carmen y Andrés en un banco de La Caleta. Viendo su aspecto, nadie podría pensar que duerme en la playa con sus cartones y su sábana.

Hace unos años su empresa cerró y, ya con su edad y la crisis en su sector, no pudo incorporarse al mercado laboral. Sin colchón familiar, Luis se vio abocado a la calle. “Al principio fue un shock pero luego te amoldas”. Con el ingreso mínimo que percibe, ahorró y se compró un portátil –“que guardo en casa de un amigo”- porque “sigo buscando trabajo y sigo aprendiendo online. No quiero olvidarle de lo que soy”.

Manuela es otra de las personas sin hogar que no nos quiere recibir “de cualquier forma”. Tarda incluso en salir de la tienda de campaña, que tiene instalada en los soportales del edificio de la Delegación Provincial de Salud. “Tenía que maquillarme. No soy un animal, soy una persona”. Su historia tiene que ver con su enfermedad y la paga que percibía por ello. “Me la quitaron por un informe falso de la aseguradora que confundió mi problema con la rodilla con la fibromialgia que padezco”. Y mientras pelea con la administración pasa el día en su tienda y en la playa, donde se ducha. “La calle es muy dura” y anoche mismo intentaron molestarle en su tienda.

Como a Sergei. O eso dice, cuando, enseña a la voluntaria una pequeña navaja que tiene para defenderse. Duerme en un hueco entre los pisos que dan acceso al campo de las balas. Nervioso cuando ve que se le acerca alguien, este indigente de origen lituano saca la navaja, que Carmen le pide insistentemente que guarde. “Es que me han dado una paliza”, le explica. Ya más tranquilo, Sergei le das las gracias. Hoy el zumo es de piña y sabe mucho mejor. “El de naranja no me gusta”. Pero no se siente a gusto del todo: “¿No tenéis champú?”.

No es el único que pregunta. Otro de los indigentes que cada noche duerme en uno de los cajeros de San Juan de Dios también le pide un kits de limpieza personal. “Lo apuntaremos”.

Pero no hay nadie que se muestre más conforme con su estilo de vida que Leopoldo. Es un viejo conocido en Cádiz que siempre está en la calle San Francisco y duerme en la plaza de las Tortugas. El sabio canario, con su espesa barba y su delgado cuerpo, recuerda a otra época y resulta una mezcla de Karl Marx con Lenin. “Yo soy callejero y me gusta vivir así. Soy libre”.

Tiene su familia en Canarias y después de estar unas semanas con sus hijos, ha vuelto de nuevo a su rincón y con su novia. Mientras cena uno de los bocadillos que le han llevado los voluntarios, relata todos los ríos de España y el teorema de Pitágoras. Intercala críticas al Ayuntamiento por quitar los bancos de la plaza, por lo que “no podemos dormir”. Y asegura que “todo se va a solucionar cuando gobiernen los míos”. “Soy comunista-socialista”, aclara, y “me cago en los muertos de Franco”.

Risas, pero hay que irse. Aún quedan algunos. El indigente que duerme en la calle San Francisco y que está en una silla de ruedas es el último de los usuarios. Carmen y Andrés volverán en dos días. “Nunca hemos tenido ningún episodio violento y siempre nos reciben con agrado” pero a ellos les quedan dos noches para dormir en la calle hasta la próxima visita. Por eso, cuando los voluntarios se despiden, siempre lo hacen con un “¡buena noche!”.