Cruzando el umbral de la muerte

Juicio al papa Formoso
Juicio al papa Formoso

 

CÁDIZDIRECTO/J.M.García Bautista.- La muerte es uno de esos hechos que el ser humano conoce ciertamente al nacer, es su tragedia ciclópea, sabe que le llegará más tarde o más temprano pero hasta ese momento hay que ¡vivir la vida!

A lo largo de nuestra Historia ha habido muertes singulares, muertes que nos han llenado de consternación curiosidad por las circunstancias que se dieron en torno a ellas.

Así encontramos que una de las peores formas de morir la halló San Lorenzo cuando fue quemado en la parrilla. Le valió ser subido a los altares como mártir, en el año 259 y la causa: negarse a entregar los tesoros de la Iglesia al prefecto de Roma.

Dicen que San Lorenzo cuando estaba sufriendo tal martirio dijo aquello de: “dame la vuelta para hacerme por igual”. Son muchos los que representan a San Lorenzo con su inseparable parrilla en la mano y son muchas las iglesias que dicen tener reliquias de él, desde trozos de sus brazos, mandíbula, costillas y mucho más.

Curiosamente en España tenemos una obra inmortal: San Lorenzo del Escorial, con advocación al santo y cuya planta arquitectónica tiene forma de parrilla.

Carlomagno fue otro de esos gobernantes (742-814) que al morir recibió todo tipo de honores. Fue embalsamado y vestido con sus mejores galas, con la corona de rey y el cetro en la mano más un Evangelio en oro sobre sus rodillas.

Fue sentado en un trono de mármol en una cripta bajo la catedral de Aix-en-Provence. Pero el último lugar de descanso del bueno de Carlomagno fue profanado en varias ocasiones, la primera por Otón III (980-1002) que le robó una cruz de pedrería que tenía en su pecho.

Después llegó Federico I Barbarroja (1122-1190) quién se enteró que más que una tumba era una joyería y hasta allí llegó para dejarlo pelado de todo objeto de valor, eso si, a cambio mandó canonizarlo… Sería para pagar lo que se había llevado, digo yo.

Allí estuvo sentado, ya sin joyas, cuatro siglos, hasta el año 1215 cuando fue enterrado en un ataúd de oro y plata en la catedral de Aquisgrán.

En el año 896 se celebró un sínodo a instancias del coemperador romano Lamberto (880-898). Había fallecido el papa Formoso (816-896), y se pretendía declarar nulo el mandato de este y así anular la designación de Arnulfo (850-899) como sucesor de Formoso debido a la enemistad que tenía con Lamberto.

En el transcurso de aquel sínodo se exhumó al cadáver de Formoso y fue colocado en el banquillo de los acusados. Entre tanto el nuevo pontífice Esteban VI lanzaba todo tipo de acusaciones contra él.

Evidentemente se le halló culpable, se le despojó de su atuendo papal y el cadáver fue arrojado al río Tiber que cruza Roma. Fue bajo el concilio que presidió Juan IX cuando se dio por válido el papado de Formoso y se rehabilitó su figura.

Pero son sólo algunas de las historias más curiosas, que no las únicas, en un recorrido tan sorprendente como, a veces, inquietante.