El misterio de los muñecos rituales

CÁDIZDIRECTO/Jose Manuel García Bautista.- Dentro de la magia y los rituales, de diferente tipo, cobra importancia la figura de los muñecos, muñecos de trapo, de cera, de barro.

Son de diferentes materiales pero con el mismo fin: ejecutar sobre él una acción cuyas consecuencias deben recaer sobre la persona a la que encarnan. Son como una especie de representación de la persona en ausencia de esta y, como tal, sufrir los daños que se puedan infringir al muñeco.

Quizás donde más importancia tiene esta representación ‘en ausencia’ sea dentro de los rituales y de magia afrocaribeña o de vudú tan dados en determinados lugares de África o Haití.

El vudú es una religión que se practicaba inicialmente en África Occidental, pero se extendió y mezcló con otros ritos como consecuencia de los negreros y esclavistas que tenían en el continente africano su particular ‘coto de caza’ humano.

Fueron los barcos negreros lo que sometieron a miles de personas a la esclavitud vendiéndolos, contra su voluntad, en mercados para trabajar las tierras. El viaje se hacía en circunstancias penosas e infrahumanas pereciendo muchos de ellos en el trayecto hacia América.

Estos esclavos fueron los que llevaron su religión al Nuevo Mundo o a lugares tan apartados como Asia, allí, con el paso del tiempo se fusionarían con otros ritos locales dando origen a extrañas mezclas.

En América tuvo especial importancia en la República Dominicana y en Haití (en éste principalmente) donde el número de adeptos fue aumentando exponencialmente hasta que fue la religión mayoritaria del país.

En Asia fue en la India, llevados los esclavos por los británicos, donde también se produjo un fenómeno paralelo si bien no de las características rituales de la isla caribeña.

Habitualmente la representación del muñeco, en el vudú –o ‘voo doo’, como también se le denomina- es de huesos y cráneo, a todo ello se le adorna de todo tipo de gestos y danzas que forman parte del ritual místico al que se va a proceder sobre ese muñeco que representa a la persona a la que se quiere proteger o dañar…

Inicialmente las danzas rituales eran salvajes, tenían una doble función: la sugestión y atemorizar a la población blanca sobre el vudú entendiéndolo como magia negra, magia negativa que puede ser muy perniciosa para el ser humano que la sufre.

Se llegó a decir que era una especie de ritual o culto con la muerte donde se podía llegar al sacrifico de personas. Lo cierto es que en el vudú se pueden llegar a ofrecer sacrificios de animales pero nunca de forma sanguinaria pues sería una forma de matanza tras lo que el animal se prepara y consume, una ofrenda alimenticia comunal lejos de baños de sangre o masacres animales, al fin y al cabo el vudú es una suerte de rito y unión con las fuerzas de la Naturaleza más allá de equivocadas creencias demoníacas.

Hay una duda que subyace de todo lo anterior: magia negra, pero… ¿Qué diferencia hay entre ‘magia blanca’ y ‘magia negra’? Entre ambas no hay una línea separatoria definida, es más, apenas existe un margen entre una y otra aunque dependiendo de quién la practique la puesta en escena indique que es trata de la una o de la otra y del fin que tiene.

La diferencia estriba en el uso que hace el mago que la practica, si la usa para hacer el bien y beneficiar a las personas se trata de ‘magia blanca’, pero si la usa con el fin opuesto, para lo contrario, se trata de la temida ‘magia negra’.

Los rituales contenidos si se hacen para perjudicar se habla con propiedad de ‘magia negra’ pero en muchas ocasiones la frontera del bien o el mal es inexistente y se aplica para los hechizos de amor, salud o suerte de una persona provocando auténtica superstición con ellos.

Dentro de los rituales con muñeco se afirma que todo puede ser sugestión y superchería, que no es peligroso y no tiene ningún influjo sobre el ser humano, también se afirma que no tienen ningún peligro para el mago oficiante.

Pero en pleno siglo XXI los rituales de magia se relacionan directamente con el vudú que practicaban en otros tiempos con muñecos de tela, de cera, de barro o arcilla o de madera, figuras cuyo objetivo si era encarnar un daño que iba a sufrir la persona o ejercer su influjo sobre ella.

No era una cuestión baladí pues para la correcta confección de uno de ellos se debía tener determinadas ‘muestras’ del interesado, tales como cabello o secreciones corporales de la víctima, restos de tela que hubieran pertenecido a la misma o incluso sangre, su fluido vital. Todo ello se ponía en contacto con el muñeco y se comenzaba el ritual para conferirle el poder deseado de tal forma que pasaba a ser un elemento de control, de su voluntad o de su salud, de su destino o de su suerte.

Dependiendo del oficiante se realizaba una acción u otra, cada mago, cada hechicero, cada bokor, tenía una forma de actuar. En unas ocasiones prendía (incendiaba) el muñeco, en otras se mezclaban los objetos con el barro con el que se realizaba, en otras se cosía a la tela…, mil formas de preparar el rito cuyo objetivo final era el ya reseñado.

Una vez confeccionada el muñeco se controlaba a la víctima, o esa era la creencia. Hay particularidades en torno a estos muñecos rituales: si se ataban dos juntos implicaba el amor de dos personas, si se hacía daño a una parte del muñeco ese daño lo recibía la persona en la parte en cuestión y si se destruía se alcanzaba con la muerte a la víctima.

Eran y son los muñecos rituales, puede que una simple cuestión de creencias pero… ¿Quién se arriesga?