Los vecinos de Gitanilla del Carmelo conviven con el olvido

 

CÁDIZDIRECTO/David de la Cruz.- Escondida entre bloques de viviendas, se encuentra una pequeña superficie gris de cemento. Hay varias líneas blancas, pintadas de forma improvisada, que emulan las dimensiones de un pequeño campo de fútbol. En los extremos un dibujo en el suelo cumple la función de portería. Varios niños juegan con la pelota en los únicos metros que pueden correr con tranquilidad sin miedo a que una caída eche abajo sus rodillas.

El resto del terreno de Gitanilla del Carmelo, el barrio que se erige en plena Barriada de la Paz, se compone de un empedrado puntiagudo, obsoleto, estropeado y roto. Losas de piedras, con boquetes y grietas por el paso del tiempo. Unos bancos en los que nadie se sienta, espantados por su aspecto, y huecos en unos jardines de tierra, sin césped, donde antes se levantaba alguna farola.

Cuando cae la noche, ese rincón de la ciudad se vuelve oscuro, casi en tinieblas. Sólo la luz de una farola obsoleta, que tiene casi cuarenta años, rompe el monótono negro que envuelve a la plazoleta, delimitada por pórticos y portales.

Los vecinos se asoman, se acercan al ver una cámara de televisión y se quejan en voz alta: “hace tres años que un camión tiró aquella farola”, dicen señalando un espacio redondo con cables pelados en el suelo. “Eléctrica de Cádiz no lo ha reparado aún, y eso que el hombre dejó el seguro. Se han quedado con el dinero”.

Los días de Carnaval, Carranza o fiesta los coches se introducen en la zona peatonal y allí permanecen aparcados. Un continuo trajín con el que lidian los padres que observan inquietos a sus hijos, que juegan a escasos metros. Entran por una rampa destartalada y gris que instalaron de forma provisional mientras se ejecutaban las obras del paseo de la Bahía. “Por entonces, si era necesario aparcar allí, pero los arreglos acabaron hace años”.

“Aquí hemos quedado olvidados en el tiempo”, masculla Leo, con el micrófono a un palmo de sus labios. Y aquella frase, que repite varios minutos después, suena más a realidad que a reproche.