Fenómenos inexplicables en el antiguo correccional de Alcalá de Guadaíra

CÁDIZDIRECTO/Jose Manuel García Bautista.- En el transcurso de una ruta misteriosa por la ciudad de Sevilla, de esas que miran con tanta atención desde otras ciudades de España como Madrid, por ejemplo, me vinieron a consultar dos jóvenes sobre mi conocimiento de un estremecedor caso, con tintes inexplicables -decían-, que estaba sucediendo en Alcalá de Guadaíra (Sevilla). Era el mes de Octubre de 2013 y, tras concluir aquella ruta, me quedé hablando con ellos que me precisaron una serie de hechos y pistas que merecía la pena de investigar para comprobar cuanto de realidad, o no, podía tener este intrigante caso.

Así comenzó una investigación, llena de complejidades, que me llevaría al complejo San Francisco de Paula, más conocido como el antiguo correccional de la localidad alcalareña. Un vetusto edificio de varias plantas ubicado en una colina desde la que se divisa la hermosa zona de los alcores. Y decía antes compleja pues su acceso al interior no es sencillo.

El lugar, y ha sido objeto de críticas, no está todo lo cuidado que mereciera, dado lo imponente del mismo y pronto dos personas, tras una primera inspección externa por el lugar, me comienzan a comentar las extrañas experiencias que en su interior ocurren. A.L. me decía: “Pasar aquí una noche no es fácil. Hay noches que no pasa nada pero otras te ves como una especie de forma o de sombra pasa por delante de ti y no sabes lo que es, no lo proyecta nada y te congela la sangre; luego vienen las compañeras y te dicen que han visto por los pasillos de la primera planta una sombra y que, de repente, ha hecho mucho frío y que, por miedo, han venido buscándome para que las acompañe”.

Esa misma sombra ha sido vista por otras personas justo en la entrada del edificio, una sombra -a falta de mejor definición- que no dejaba de ser un bulto opaco que vagaba, o deambulaba, por los pasillos del edificio. Un edificio ahora dedicado a cursos de formación de la Junta de Andalucía, con la presencia de “Andalucía orienta” y la labor socioformativa del mismo. Igualmente destaca del complejo la zona religiosa, un lugar donde también se han producido hechos inexplicables.

En la ronda de recabar testimonios, mientras investigaba e inspeccionaba el lugar, pude tropezar con otros empleados (de los que omitiré sus identidades) los cuales, vivamente impresionados y con los bellos de punta, me decían: “Aquí pasan cosas muy extrañas, es cierto que esa sombra infunde mucho miedo, porque Dios sabe que es lo que puede hacer o querer, pero lo peor es cuando estas limpiando y desde el ático se sienten los llantos de un niño, claramente, y las que somos madres sabemos que es un niño”. El llanto es claro, perceptible, evidente incluso, no puede ser debido a ningún animal y fuimos testigos, audibles, de aquel llanto a medida que entraba la noche en aquel mes de Octubre y el silencio se apoderaba del edificio.

Hay una zona religiosa, la iglesia o capilla, donde igualmente se siente el llanto de un niño e incluso “yo he llegado a ver como delante mía pasaba un niño, de unos ochos años, caminando, sin darse cuenta de mi presencia, como si yo no existiera. Claro, a esas horas yo se que no hay niños aquí y que es extraño, lo he tratado de seguir y cuando he doblado la esquina para verlo ya no estaba. En otras ocasiones esas aparición viene precedida del llanto del niño, baja la temperatura, viene un olor raro y surge el niño que se cruza delante tuya. Es escalofriante verlo, vamos que sabes que no es de este mundo, te lo garantizo”, narraba una testigo.

Mientras caminábamos sigilosamente por el lugar notábamos como si algo estuviera acechándonos, observándonos, vigilándonos. Me dijeron: “debes bajar al sótano”. Mi respuesta fue lacónica: “¿Para qué?”, aunque tampoco puse pegas. Una vez allá abajo la temperatura -por cuestiones del recinto y de ser un sótano- bajó y se notaba la humedad. Allí se pusieron dos equipos de grabación de mano y en los mismos, a posteriori, surgió como el llanto de un niño, escuchar aquel sonido a las dos de la mañana, en mi estudio, fue impactante, no me cabía dudas que se trataba de un niño que lloraba pero mientras estuve en el lugar nadie escuchó esto ni se dejó oír ningún llanto. A la mañana siguiente me reuní con mi informador que, antes mis exposiciones, me dijo: “me parece hasta normal que hayas grabado eso, en ese sótano hay actividad, no te quisimos decir nada, pero allí los niños, cuentan, recibían palizas de sus educadores, en otros tiempos”. Y parece lógico que quede el vestigio de tanto miedo y dolor infantil impregnado en sus paredes.

No podía reprimir mi interés por saber más y más de este edificio, captó mi atención, me recuerda mucho a Tiro de Pichón en Jabugo (Huelva), hoy ya derruido en parte, y fue tal mi motivación por ir a investigar que en una tercera ocasión volví a encontrar a un nuevo testigo que me confesaba, no sin esfuerzos, que: “yo vi a una sombra negra en la zona de la iglesia, de la capilla, incluso un empleado (que omito su nombre y cargo) pudo grabar una psicofonía aquí que te pone los pelos de punta, muy similar a la que me has puesto antes. Yo se que aquí hay algo, que aquí pasa algo malo, no hay nada bueno”.

En otra zona del edificio, con la grabadora y la estación así como el barrido fotográfico se pudo observar una extraña orbe que surgía delante nuestra y parecía conducirnos a un lugar. Curiosamente la seguimos, la cámara fotográfica perdió el control y comenzó a mover el zoom óptico como poseída, antes de darme cuenta la cámara había dejado de funcionar y la tarjeta borrada, ¿fallo técnico o intervención sobrenatural? Prefiero creer lo primero.

Una vez en la habitación un acompañante dijo: “Me voy de aquí, me da mal rollo”, mientras yo trataba de verificar niveles de humedad y condensación, así como tratar de recuperar la cámara de fotografías. La grabadora quedó también bloqueada y mis acompañantes y yo pudimos oír claramente una parafonía que nos decía: “Marchaos”. Todos nos miramos y, con la risa nerviosa, dijimos: “¿lo habéis escuchado?”. Ambos acompañantes comenzaron a decir: “vámonos, vámonos ya”.

Desde esa visita hasta ahora han seguido otras muchas, complejas, difíciles, y unas han resultado más positivas que otras. SI uno tiene la oportunidad de hacer una prueba de aislamiento en su interior se siente acompañado, incómodamente acompañado, aunque puede que sea el producto de la sugestión o las ganas, ¿quién sabe?

No hace demasiadas semanas que he regresado al lugar, que me evoca cierta ternura y compasión, aunque reconozco que cuando lo abandono y miro atrás, desde el coche, no puedo reprimir ciertas ganas de poder ver a ese niño que llora y se manifiesta por los rincones del viejo complejo San Francisco de Paula de Alcalá de Guadaíra, un lugar que fue el viejo correccional, en el que se vivieron tantas historias trágicas y tantas tragedias humanas en personas a medio formar, un lugar en el que el dolor estuvo presente y en el que se penó una vida incorrecta… Un lugar que, ¿tal vez? llevó a un extremo radical el castigo y el dolor y que siempre tuvo unas víctimas inocentes: los niños.