Fenómenos paranormales en los astilleros

CÁDIZDIRECTO/Jose Manuel García Bautista.- En ocasiones nuestros peores temores se pueden convertir en realidad y en otras, el misterio, se puede materializar ante nosotros de la forma más inesperada. Los astilleros de Cádiz y Sevilla guardan mil historias, de grandes trabajos, actividad febril, reivindicaciones sociales y miedo… Miedo a lo desconocido, a lo inexplicable.

Recientemente un antiguo trabajador de  los astilleros de Cádiz me comentaba como, en determinadas zonas de la factoría, “suceden hechos que ponen los pelos de puntas, se escuchan susurros y voces, te sientes acompañado y, algunos trabajadores, han visto a una sombra de nadie que pasea por el lugar”. El testigo, impresionado, especulaba con la posibilidad que fuera un viejo trabajador, pero -sea como fuere- es un caso que aún está siendo seguido e investigado y del que espero poder ampliarles mucho la información. Siempre habrá quién diga que los verdaderos fantasmas de la factoría llevan chaqueta y corbata o lo relacionaran con reclamaciones laborales, pero esto es ajeno a toda esa polémica y merece el respeto.

El segundo de los casos que les narro sucede en Sevilla, en los astilleros, en una gestión admirable de Miguel Ángel Paredes, de ésta forma tengo acceso a un testimonio sobrecogedor.

Nuestro testigo aún está impactado, aún tiene el miedo y la duda sobre lo que vivió en un lugar que ya ha deparado algún encuentro con lo inexplicable: “Me destinaron a un nuevo servicio en “Los Astilleros españoles”. La práctica duró dos días en el turno de mañana. La factoría me parecía grande, donde los edificios no eran pocos. La rutina semejante a la de otros destinos. Cuando me di cuenta estaba al tercer día en el turno de noche y prácticamente me encontraba solo, a salvo del compañero de control”.

Nuestro testigo prosigue: “Las dos primeras horas transcurrieron sin novedad, pero sobre la una de la madrugada me encontraba en el edificio de oficinas y me ocurrió algo que todavía no puedo explicarme, algo que se escapa de toda comprensión humana. Llegué al frontal del edificio, paré la moto y, atravesando el arco frontal, ya veía la fuente y las distintas puertas que conducían a los distintos departamento. Tomé las llaves y accedí por la zona del centro. Las luces estaban encendidas, la ronda comenzó. Asegurándome de que no había personal decidí a proceder con el apagado de luces y cierre de puertas interiores. Dos escaleras que conectaban con la planta primera conducían al pasillo donde estaban los departamentos de ingenieros. Pasillo estrecho de construcción antigua, de techos altos, y puertas castigadas por los años. Me llamó la atención los puntos de luz que eran muy tenues”.

Hasta aquí todo transcurría con normalidad pero “a dos metro de mí, tenía ya la puerta de la sala de archivos, entré y fui apagando los térmicos que dejaban sin luz alguna todos los departamentos de dicha planta. Esa habitación en concreto estaba llena de estanterías con cantidad de papeles. Una vez terminada la tarea me dispuse a bajar por las escaleras más cercanas cuando un ruido hizo que me parase justo detrás de mi. Como un rayo dirigí la luz de mi linterna hacia donde estaba la puerta de archivos. Sin pensarlo alumbré la estancia, percatándome como la primera estantería de las del centro estaba totalmente desplazada. No sé como, me detuve a situarla bien y, apresuradamente, salí. Tomé de nuevo las escaleras cuando algo me hizo mirar al centro del pasillo, una sensación extraña, como si alguien no quisiera que me fuese o todo lo contrario”.

Cada vez había más tensión “con un esfuerzo mental miré justamente al centro del pasillo, bajando los peldaños, y con mi linterna enfocando la zona, empezó a formarse una especie de figura blanquecina, como si fuese humo, pero se podía distinguir la silueta pequeña que comenzó a desplazarse y a una distancia de tres metros, aproximadamente, se detuvo. La sensación de frío se podría notar perfectamente e hizo que saliese del edificio, tomando rumbo hasta el control donde estaba mi compañero. Todo esto quedó arrinconado en mi mente, pero días más tarde lo compartí con un operario de la factoría que me explicó que sucedió en el lugar, me dijo ‘mira, no te alarmes, tu no eres el único que la has visto’  y siguió ‘es una niña que murió aquí, vivían en la casa del jardín y su padre era trabajador del centro. Murió en verano y lo pasaron muy mal ya que la niña se ahogó en la piscina, a los pocos días el director y su esposa se marcharon. Aún se pueden ver los restos de la piscina aunque esta cubierta de tierra y hormigón’ “, detallaba impresionado.

Nuestro testigo no lo podía creer, “¿donde me he metido?”  se repetía… “no lo podía creer, lo que yo había visto tenía relación con casos anteriores, los días continuaban  y aprendí a hacer rondas evitando aquella zona. La niña se aparece allí hoy día, vive allí de alguna forma y no quiere abandonarlo, se encuentra sola y los archivos están justamente al lado de la piscina abandonada. En la entrada principal se puede ver hoy una verja oxidad que tienen un cadena y un candado y nunca se ha vuelto a abrir”.

La niña de los astilleros mora eternamente en el lugar en el que perdió la vida esperando, algún día, volver a una realidad que jamás habitará para susto de los mortales.

Dos casos en los astilleros andaluces que tienen un mismo denominador común: hechos inexplicables que relacionan con la presencia del más allá.