Hechos milagrosos e imposibles en Cádiz

CÁDIZDIRECTO/Jose Manuel García Bautista.- La plaza de la Catedral es el escenario de los milagros obrados por intercesión de nuestro protagonista. En la calle Bendición de Dios hay una placa colocada en 1875, nacía Fray Diego José de Cádiz que desde 1894 y bajo el pontificado de León XIII, pasó a ser Beato Fray Diego José de Cádiz, una beatificación que se celebra cada 22 de mayo.

Mucha es la devoción que este beato capuchino despierta entre los gaditanos, tanto, que incluso dentro de la catedral, cuenta con una capilla propia donde no faltan muestras de agradecimientos por gracias concedidas. En seguida vamos a narrar un episodio aparicionista de este beato pero antes, vamos a acercarnos a su figura.

 El 30 de marzo de 1743, nacía en Cádiz José Francisco López-Caamaño y García Pérez. Por sus apellidos podemos adivinar, que nace en el seno de una ilustre familia gaditana. Sin embargo, su rancio abolengo, no impide que con tan sólo nueve años de edad, quede huérfano de madre y se traslade con su padre a Grazalema. Allí empezó sus estudios de  gramática y tres años más tarde estudiaría Lógica y Matemáticas en el convento de los padres Capuchinos de Ronda. Desde bien jovencito tuvo tres aspiraciones que marcaron su vida: capuchino, misionero y santo. El noviciado capuchino lo hizo en Sevilla donde profesó sus votos el 31 de marzo de 1759.

Una vez abandonada su vida secular y como era costumbre al terminar el noviciado, cambia su nombre por el de Diego José y toma como apellido el de su ciudad natal, de Cádiz. Contaba sólo con 16 años. Su carrera dentro de la iglesia fue meteórica debido a su gran vocación. Con tan sólo 23 años fue ordenado sacerdote en Carmona y de allí fue a Ubrique donde aprendió el arte de la oratoria, en lo que destacará durante toda su vida como predicador.

Hablar de la figura de Fray Diego José de Cádiz es por un doble motivo por ser testigo de una aparición y por haber protagonizado una aparición ante una vecina de Cádiz.

Cuentan las crónicas de la época, que si por algo destacaba el beato, era por iniciar todas y cada una de sus alocuciones con una oración a la Santísima Trinidad, albarla y bendecirla. Muchos fueron los prodigios protagonizados por nuestro beato gaditano, pero de entre todas ellas destaca la que narra los acontecimientos ocurridos cuando caminaba predicando en tierras de la Corona de Aragón de Caspe a Maginenza. Como era habitual y debido a su mencionado carisma, muchos eran los fieles que le seguían en sus peregrinaciones. En este caso, la comitiva iba rezando a la Santísima Trinidad cuando se obró el milagro.

Todos los presentes vieron cómo en el cielo aparecían tres soles. Eran las diez de la mañana y los tres soles similares en magnitud, belleza e intensidad, permanecieron ante la mirada de los testigos hasta la hora del angelus, es deir, dos horas duró el prodigio. En seguida entendieron que aquello que estaban presenciando, era una manifestación divina como muestra de agradecimiento por la continua predicación para extender la devoción a la Santísima Trinidad.

Prodigios como éste, rápidamente eran publicado en lo que se llamaban láminas o relaciones que se vendían en plazas y mercados. Fray Bruno de Zaragoza, también capuchino, fue uno de los que mayor difusión dio a lo que se conoció como “el milagro de los tres soles” y que se popularizó por los tres reinos de Aragón, Cataluña y Navarra.

Cádiz siempre le ha guardado a su único santo, una gran devoción y agradecimiento. Fue en la capital gaditana donde obró tres milagros que todos sus hagiógrafos recogen. El primero de los milagros tiene como escenario la plaza de la Catedral. Cuenta la tradición, que estando el santo paseando por la zona, desde lo alto de un andamio cayó un albañil al vacío. Durante su caída, el beato extendió su mano y todos los presentes vieron como el albañil cayó poco a poco como si de la hoja de un árbol se tratara sin hacerse el más mínimo daño.

En otra ocasión y en esa misma plaza, pasó por delante del fraile una comitiva que portaba bajo palio un copón para administrar la comunión a los enfermos de la zona que no pudieran desplazarse hasta la catedral. Al paso de la comitiva eucarística, el fraile no se descubrió ni se arrodilló como mandaba la norma eclesial. Este gesto, provocó que uno de los acólitos que acompañaban al sacerdote portador del copón con la sagrada forma, increpara al fraile para que se arrodillara y se descubriera la cabeza. Ante este requerimiento el beato respondió: “Lo haría con devoción y recogimiento si me encontrara ante la presencia de mi Señor”.

Todos los presentes se escandalizaron de la respuesta: “¿Acaso siendo fraile no reconoce en la Sagrada Hostia la carne de nuestro Señor Jesucristo convertida en pan por el milagro de la transubstanciación?” “Así lo reconozco y lo adoro. No hay para mí más dulce momento en el día que aquel que paso en el Sagrario postrado ante el Santísimo, pero es que el copón que usted porta hermano sacerdote está vacío”.

El sacerdote, con mirada desafiante, ordenó a uno de los acólitos que usando el purificador abriera el copón. El bullicio normal en la plaza de la Catedral fue sustituido por un secreto estremecedor. Los gaditanos allí presentes contenían la respiración mientras el copón era abierto. El acólito no podía dar crédito a lo que veía. Tal y como aquel fraile capuchino había dicho, el copón estaba vacío. En seguida el cura recordó que las formas consagradas se habían quedado en el copón de oro usado en las misas de fiestas de guardar en lugar de en el copón de diario que había cogido antes de salir.

El tercero de los milagros tuvo también como escenario una plaza gaditana, en este caso la plaza de San Antonio. Era una de las últimas veces que el beato iba a predicar en la ciudad puesto que debía seguir adelante con su misión evangelizadora. Toda la ciudad estaba espectante ante las palabras que iba a pronunciar aquel hombre tocado por la mano de Dios, sin embargo el cielo presentaban un color gris plomizo. Los hombres de la mar, sabían identificar el comportamiento de las nubes y aquellas desde luego amenazaban lluvias torrenciales.

Empezó la predicación y empezaron a caer las primeras gotas de agua pero Fray Diego José de Cádiz, contaba con los favores de Dios y volvió a obrarse el milagro. Una lluvia torrencial caía sobre toda la ciudad escepto en la plaza de San Antonio como si de un paraguas gigante se tratara. El capuchino con total normalidad invocó a la Santísima Trinidad y comenzó con su alocución como si nada extraordinario estuviera pasando en aquella plaza protegida por una cúpula invisible de origen divino.

El beato fallece en Ronda, Málaga el 24 de marzo de 1801. Casi un siglo después en 1894, el papa León XIII lo beatifica en Roma. En seguida el obispo de Cádiz inicia las gestiones para hacerse con la propiedad de la cas donde nació el beato de Cádiz en la ya mencionada calle Bendición de Dios. Allí quería el obispado gaditano levantar una iglesia para extender y afianzar la devoción al recién beatificado Fray Diego José. Sería Doña Cecilia del Cubillo, viuda de Rábago la que adquiriría la casa para cedérsela a la iglesia de Cádiz. Allí mismo se construyó la capilla que a día de hoy es empleada por la Hermandad del Prendimiento, una construcción de 1910 con estilo neogótico que conserva la habitación donde el beato nació y pasó los primeros años de su vida.

Los gaditanos siempre han manifestado por su santo un especial cariño y una especial devoción. Incluso ha sido protagonista de la aparición a una vecina del mismo Cádiz. Corrían los años ochenta, cuando al investigador sevillano Ignacio Darnaude Rojas-Marcos le llega el caso que vamos a referir.

Situamos el  milagro en una vivienda de dos plantas propias del centro de Cádiz. Esta casa fue en otro momento convento hasta que la falta de vocaciones obligó a venderlo. En esta casa la vecina del piso superior, acordó con la del inferior intercambiar las viviendas por problemas de enfermedad. Ambas realizaron el intercambio y al poco tiempo a la nueva propietaria del piso inferior preguntaron sus vecinas si ya le habían dado alguna bofetada en mitad de la noche. La vecina quedó sorprendida ante esta pregunta y respondió que no había recibido semejante guantazo. No pasarían demasiados días o  mejor dicho demasiadas noches, para tener su primer contacto con lo desconocido.

Una noche cualquiera mientras descansaba junto a su marido en la cama, una mano fría rozó su cara. Ella preguntó a su marido que como podía tener las manos tan frías pero cuando se giró  para seguir la conversación con su marido, vio que éste tenía las dos manos debajo de la cabeza a modo de almohada y que además estaba ya dando los primeros ronquidos de la noche. En otra ocasión y cuando ya estaba sumida en un profundo sueño, la despertó una luz. Pensaba que se había dejado encendida la luz del cuarto de baño con lo que se dispuso a espabilarse para ir a apagarla. Cuando salió del sueño comprobó horrorizada que la luz que le había despertado no procedia del baño sino de un rincón de su propia habitación y que en medio del resplandor podía adivinar la silueta de una persona.

Ya no volvió a tener más visiones extrañas hasta que llegó una noche de invierno. Aquella ocasión se acostó tarde. Cuando llegó a la cama su marido ya dormía y ella estaba ya a punto de sumergirse en los brazos de morfeo, cuando al ponerse de lado para dormir, en la puerta vio la silueta de un fraile capuchino que en esta ocasión sí le habló para decirle: “Cierra el gas de la cocina” y desaparecer. La mujerno sabía qué hacer. Si despertaba al marido la tomaría por loca así que se armó de valor y encendiendo todas las luces de la casa se dirigió a la cocina.

Entonces un escalofrío recorrió su cuerpo de pies a cabeza, los pelos se le pusieron de punta como si quisieran salir disparados de su piel y sólo fue capaz de hacerse la señal de la cruz. Efectivamente, dos fuegos de la hornilla que funcionaba con gas ciudad estaban abiertos y un intenso olor a butano invadía la cocina. Abrió todas las ventanas al tiempo que pensaba en lo que hubiera pasado si esa aparición no la hubiese advertido.

Sólo lo comentó con una vecina y ésta le dijo que tendría que ir a la calle Bendición de Dios a darle las gracias al beato Fray Diego José de Cádiz porque ese hábito capuchino sólo poopdría ser del beato protector de los gaditanos, ella la acompañaría. Así lo hicieron y al beato prendieron ambas vecinas sendas velas en señal de agradecimiento.

El hecho de ponerle la vela, visitar su capilla y acercarse a la figura del santo hicieron que la mujer perdiera el miedo. El hecho es que por este  motivo, o por cualquier razón que a nosotros se nos escapa, desde entonces las apariciones fueron más frecuentes. La siguiente ocasión fue en el cuarto de baño. Nuestra protagonista pasó por la puerta y volvió a ver la silueta del capuchino que le decía: “quita esta bañera y ahonda en el suelo unos tres metros.” Imposible. Ni tenía dinero para acometer esa obra ni el propietario del piso consentiría que la inquilina levantara el suelo del baño.

Pero el religioso parecía más interesado que nadie en que se cumpliera su voluntad, de tal manera que la fortuna quiso que nuestra protagonista de Cádiz, vendedora de lotería, diera un importante premio en la ciudad con lo cual las habituales propinas que los premiados regalan a quien le vendió la suerte, empezaron a llenar su cuenta corriente. Claro que se acordó de la voluntad del beato de levantar la bañera y cavar tres metros, pero prefirió gastarse los ingresos extras en ropa y muebles nuevos.

Pasado un tiempo en el que, como si de un castigo se tratase, nuestra protagonista tuvo que ser ingresada y sometida a una operación. Durante el posoperatorio una compañera de la habitación pudo escuchar también la voz de la aparición con lo que confirmó que aquellas voces y visiones no eran producto de su imaginación. Una vez en casa el espectro volvió a visitarla. Vuelve a pedirle que realice la obra, que pida un crédito para tal fin y que levante la bañera. En esta ocasión, la mujer hace caso a la aparición y tal y como le había dicho, le concedieron el crédito sin el menor problema.

Los albañiles empezaron la obra, sacaron la bañera y cavaron, sin saber muy bien para qué, los tres metros que la señora de la casa les pidió. Entonces todos quedaron sorprendidos al descubrir una antigua caja metálica en cuyo interior existían unos manuscritos al parecer de puño y letra del propio beato escritos en el siglo XVIII.

Podemos entrar en la catedral para contemplar la capilla lateral del beato gaditano, si bien sus restos mortales descansan en Ronda, donde como ya hemos explicado falleció en 1801. Una de las figuras que más huella dejan en la Historia de la ciudad gaditana y que, sin dudas, más merecido tiene el cariño por santo popular.