La construcción del cementerio de San José

 

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Iglesia de San José. Foto: A.H.M.C.

 

CÁDIZDIRECTO.- La ciudad de Cádiz hizo el salto a la zona de extramuros de Cádiz con la construcción en 1787 de la Iglesia de San José.

Ya desde 1763 el vecindario solicitó la construcción de una ermita, argumentando que las razones eran las distancias que tenían que recorrer hasta la Ermita de San Roque, situada en las Puertas de Tierra a las misas, y porque con los horarios de ésta al finalizar se encontraban en ocasiones las Puertas de la ciudad cerradas de noche.

En los extramuros de la ciudad existía una antigua ermita fundada por el Capitán Cristóbal de Rojas, y a  iniciativa del obispo José Escalzo, se construye lo que conocemos actualmente por la Iglesia de San José, cuyo proyecto fue realizado por el maestro arquitecto Torcuato Benjumeda.

Es la propia Iglesia la que solicita la compra de varios terrenos para fines de enterramiento. Se usaba el cementerio de la Parroquia, pero tenía  pequeño espacio, aunque se le empiezan a añadir tierras contiguas, pero seguía siendo insuficiente; y  para colmo entra en vigor la prohibición de enterrar en intramuros por la R.C. de 3 de abril de 1787.

Por lo que el proyecto del cementerio se concibe para dar cumplimiento a la R.O; sumado a  la epidemia de peste que azota a la ciudad en 1800,lo que hace que el Ayuntamiento y el Cabildo Eclesiástico precipiten el uso del cementerio de extramuros en un acuerdo de  Junta celebrada el 30 de agosto de 1800.

La construcción del cementerio se inicia siguiendo un plan que marcarán sacerdotes y corregidores, siguiendo de base el reglamento del Cementerio del Real Sitio de San Ildefonso. Las obras necesarias se costearan con caudales de las fábricas de las propias iglesias.

El primer proyecto del cementerio se le encarga  a Torcuato Benjumeda, Arquitecto y Académico de las Nobles Artes de Cádiz.

 

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Plano del cementerio proyectado por Benjumeda. Foto:A.H.M.C.

 

Benjumeda realizó en 1802 un gigantesco proyecto que no se llevó a cabo; era de cinco espaciosos patios, y una capilla de pequeñas proporciones, con una bóveda elevada, precedida de un gran patio antecesor que sería el eje central de la obra; incluyendo la urbanización y construcción de la zona que correspondía entre el arrecife viejo y el nuevo, frente a la iglesia de san José, y estén coordinados así los servicios religiosos de funerales y entierros.

El ambicioso proyecto se redujo a patios consecutivos, con capilla central, distribuidos a ambos lados de ésta.

Se proyecta la construcción de una gran capilla central con pórtico circular a la entrada, ante el se dispone una media rotonda con doble fila de árboles, comunicada con el arrecife nuevo mediante una avenida arbolada y plazuela alargada en las cercanías de la iglesia de san José.

Se construyen calleS perpendiculares al arrecife, que darán lugar a manzanas distribuidas en casas; y locales para uso del propio cementerio. Se forma en la plaza del Santo Ángel frente a la capilla única que se construye en el proyecto final.

La leyenda asegura que la primera persona enterrada en el cementerio era un hombre cuyo oficio era afeitar a los negros esclavos que desembarcaban en las playas de Puntales.

Si bien el primer apunte en los libros de asentamientos de cadáveres corresponde a Miguel Maria Chacopianete con fecha de asentamiento en los libros de 9 de junio de 1802.

El cementerio constaba de un terreno de naturaleza silícea o calcárea para que la putrefacción fuese más rápida; se tuvo en cuenta que no pasasen próximas al terreno aguas potables o de riego.

Que estuviese elevado sobre la superficie habitada de la ciudad y al menos a 1.000 metros de las primeras casas, y al norte de la población para que el viento del sur el más perjudicial para las epidemias no arrastrara el aire hacia los vecinos.

Se construyó sin nichos, con sepulturas profundas, cercado por medio de tapias y con puerta que ofreciera seguridad. Los sepulcros para los adultos debían estar separados de los de los párvulos como recogía el Ritual Romano.

Se utilizó la planta cuadrada, con dos calles principales perpendiculares entre si, cuya intersección definía una glorieta, generalmente centrada por una cruz u otro monumento. Por lo común, calles secundarias, paralelas a las principales, definían un mayor o menor numero de cuarteladas.

Estaba cercado con muros altos de 2,5 a4 m aproximadamente, para evitar que los perros, u otros animales desentierren los cadáveres, y también para impedir robos. Su frente se procuró que no tuviera lujo ni prestancia.

De la insalubridad y no solo de la estética, deriva la necesidad de los árboles, y de las plantas aromáticas en los cementerios. Es con los años cuando se generaliza el uso funerario de algunas especies arbóreas, como el ciprés, cuya rama era señal de luto en las casas, al igual que la presencia de romero, salvia o hinojo serán frecuentes.

Los nichos estaban adscritos a cada parroquia que en definitiva se refería al barrio donde esta estaba inserta. Por esto a las calles se las señalaron con el nombre de la parroquia a la que correspondía.

 

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Rotulación de las calles del cementerio de San José

 

En el año 1835, se construye desde las Puertas de Tierra un camino junto al mar, para albergar a las comitivas fúnebres. Existiendo la costumbre de que los entierros pararan en la zona para despedir a los asistentes, continuando hacia el cementerio solo los familiares y más allegados.

La traslación de los cadáveres desde la iglesia o casa mortuoria hasta el cementerio se hacia de diferente manera; algunas veces, según el coste, procesionalmente, precediendo al cadáver la cruz acompañándole el clero parroquial, las cuatro comunidades regulares, pobres con cirios, y en otros se conducían los cadáveres en carros y coches fúnebres. Al tratarse de un acto exterior de la Iglesia, publico, estaba sujeto a la autoridad civil.

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Carro de caballos fúnebre. Foto: A.H.M.C.

 

Pero el camposanto pronto se quedó sin espacio, y en el Cabildo Municipal de 1848 se da a conocer un informe del encargado del cementerio donde advierte que solo restan por ocupar cuatro sepulturas, dando por consiguiente al regidor comisario que se aceleren las obras de ampliación.

En Cabildo de 20 de septiembre de 1855 se vuelve a tratar de la ampliación del cementerio.

“ de conformidad con el espíritu y disposiciones consignadas en la ley de 29 de abril de 1855, en todas las poblaciones donde no hubiese cementerio destinado a inhumar los restos de los que mueren perteneciendo a religión distinta de la católica, se ampliaran los existentes, tomando la parte de terreno contiguo que se considere necesaria para el objeto. La parte ampliada se rodeará de un muro o cerca como lo demás del cementerio, y el acceso a la misma se verificará por una puerta especial independiente de éste, por la cual entrarán los cadáveres que allí  deban inhumarse y las personas que los acompañen.”

En 1866 por iniciativa del marmolista Don José Maria Núñez desaparece el inconveniente de hacer sepulcros, pudiendo construir panteones o bóvedas subterráneas con cabida para la familia y mausoleos de mármol; permitiéndose poner escudos de armas, bustos, inscripciones, y estatuas, siempre siguiendo las reglas fijadas por el propio arquitecto.

En sus pórticos, inscripciones a recordar la brevedad de la vida, inspiran respeto por el lugar donde descansan los muertos, y la obligación de encomendar a Dios sus almas.

El cementerio de San José se encuentra ya cerrado. Sus nichos, ahora vacíos, han albergado a los gaditanos a lo largo de siglos, donde cada uno podría contar capítulos de la historia de Cádiz. Silencio en sus calles por el recuerdo de todos y cada uno de sus habitantes.