La fiebre de las rutas por la ciudad asoma las historias más genuinas de Cádiz

CÁDIZDIRECTO/Enrique Alcina.- La proliferación de rutas y visitas guiadas a lo largo y ancho del planeta gaditano se antoja digna de estudio y disfrute. A Cádiz se le da bien contar y cantar lo vivido, disfrazar a su manera las historias de ayer y de hoy, así que el paseíto gaditano ilustrado se ha convertido en un género local que viene y va con los vientos, las urgencias y las necesidades de supervivencia y de mera expresión.

Cada rincón encuentra una explicación, sombra y luz del genuino espíritu gaditano, y en la tarea se afanan numerosos narradores de toda clase y condición que colman algunos ratos de categoría alrededor del turismo, la gastronomía, la cultura con mayúsculas, las músicas y las letras, el acontecimiento social y político, el flamenco y el carnaval. El futuro imperfecto, que ya es pasado tal vez un poco sobreactuado, ocupa una actividad asombrosa y pone de manifiesto que lo importante no es llegar, lo importante es el camino.

La fiebre de las rutas y visitas teatralizadas se ha contagiado entre el sector privado, los hoteles, las agencias de viaje, los negocios especializados y, por supuesto, los ayuntamientos de la provincia.

Este fenómeno fugaz y agradecido, que de alguna manera pone las pilas a los profesionales del turismo menos arriesgados y acaso demasiado mercantilizados, brinda por una nueva actitud ante el tinglado y toma prestados gestos y guiños de diversos sectores gaditanos: el profesorado, las artes, la hostelería, las fiestas de la tierra, gran batiburrillo de material y personal que infunde a la idea, la de confesar las virtudes y penas negras de la ciudad a viva voz, un carácter especial.

Todo el mundo sabe que los guías de Cádiz tienen mucho arte desde los tiempos remotos. Al gaditano le mola, de toda la vida, pintar de color los días y meterse en el papel de otros para relatar el suyo propio. La novelería local obliga a vestirse de uniforme. No gusta nada enfundarse un uniforme en Cádiz y largar fiestas sobre algún episodio presuntamente real o figurado con esas hechuras. Algunos se lo han tomado en serio y se lo han trabajado  sofisticando el invento.

La empresa pionera Animarte lleva décadas mostrando la historia y las costumbres gaditanas a través de la parodia, el cuento corto, la escena libre de tapujos y cómplice, la improvisación y el espectáculo divulgativo sin fin. El cachondeo para todos los públicos, una combinación de teatralidad, humor con denominación de origen, dotes de cicerones, un cierto tono cuartetero legendario, los aires del romancero de tradición y revolución oral, el ángel, la riqueza del lenguaje y el rigor histórico.

La gente de Animarte ha pregonado con notable aceptación los entresijos de los castillos a la vera del mar, cubrió un montón de actos del Bicentenario de ironía, chispa e ingenio, y sigue en la brecha, alternando ahora las funciones infantiles y las de adultos, la “Academia de Piratería” que defiende la flota de Indias en Santa Catalina con tela de fortaleza y pundonor, los miércoles de julio y agosto, o la vuelta de tuerca a la edad de Cádiz, “Tres Mil años y un Día”, la condena más antigua de Occidente. Para no perdérselo. “Cádiz de pe a pa, de los fenicios a la Pepa”.

Tras pasar por la zona de avituallamiento, precisamente con otra parada célebre es la veraniega Ruta del Tapeo, que también vuelve por sus fueros, el caminante puede hacer la digestión con más sonrisas, pues los programas de estos meses contienen sorpresas variadas, tal que así la reunión de Moisés Camacho y Mario del Valle, que saben de historia gaditana y de coplas para desentrañar con guasa las leyendas de la temporada. Un día decidieron liarse la manta de las cosas de Cádiz a la cabeza y congregaron mucho interés informativo y cómico.

El Cádiz Oculto de Serrano Cueto da mucho juego, da mucho miedo, y ha inspirado sobremanera en los últimos años a los guías más o menos alternativos. El universo del Carnaval, también, y la poesía callejera. Los Pimpis de Cádiz, liderados por el Cascana, chirigotero rebelde y locuaz, han ofrecido momentos inolvidables a la concurrencia merced a sus rutas castizas. “No hay nada más caletero que una paradita en la piera sofá”.

Si no está para bromas, algunos sábados del año, como hoy, se asoman a la ruta fenicia, vámonos que nos vamos con Valentín al yacimiento Gadir, el Museo de Cádiz, La Caleta, la Casa del Obispo o los jardines de Varela, salto mortal sin red, una cosa seria y formal, indispensable para el visitante que quiera entablar amistad con un raro especímen gaditano y así reconquistarlo de aquella manera. Un respeto a los fenicios.

Los solitarios alcanzan la libertad de cuna en la jungla del asfalto, bajo el signo de la ruta de colores que se dibujó hace una quincena de años por inspiración de una idea importada de Boston, la línea carmesí, las marcas en el suelo de los orígenes de Cádiz. Conviene levantar la vista del dispositivo electrónico. El color verde que entra por las Puertas de Tierra recorre el recinto medieval, el Pópulo, el Teatro Romano, las tabernas, los almacenes de ultra mar. El naranja prefiere el parque Genovés. los castillos y los baluartes en defensa propia. El violeta evoca las posesiones de los Cargadores de Indias, de la Plaza de España a San Juan de Dios, cuando Cádiz tenía futuro, y el color que está triste y azul firma los recuerdos de la Constitución de Cádiz y se deja mecer por cualquier sentimiento al azar desde San Carlos a la Alameda. Oh, Cádiz.

Las calles gaditanas han colgado en el almanaque unas cuantas rutas locales de relevancia. La ruta dedicada a Fernando Quiñones ensalza la figura del escritor entre amigos y admiradores, cada año se supera en emociones. La ruta de Fermín Salvochea subraya la pasión de la ciudad por su alcalde más querido, de la Plaza de Viudas a San Felipe, de Candelaria a la Cárcel Real, de San Antonio a Argüelles. El historiador Santiago Moreno, también vinculado a las bellas artes de la tierra, se desdobla. El éxito abraza la ruta del Teatro Falla, de nuevo cuño, que comparte con Francis Sevilla Pecci. Ambos entreveran la historia y las coplas del gusto del personal, con sencilla brillantez. Moreno formula también, a lo largo del año, otras visitas de interés en torno al Carnaval Prohibido o el Cádiz de Posguerra.

El silencio, que en Cádiz se torna en elocuencia y misterio, una suerte de vida interior, concede una tregua a sendas rutas imaginarias, o no, al compás de las placas conmemorativas y la miscelánea de los azulejos que miran al personal en los emblemáticos barrios gaditanos de Santa María y La Viña. No tiene pérdida. En la orilla del Barrio, a secas, cantiñean las paredes de las casas de Enrique el Mellizo o Chano Lobato, y pugna contra el olvido ante el relato de la vida de La Perla de Cádiz, Aurelio Sellé, los gitanillos de Cái, la Niña del Columpio o Macandé. En los callejones de La Viña, a la vista, suena el tango de los Anticuarios, el pasodoble de Paco Alba, el popurrí de Quince Piedras o los cuplés del Crimen del Mes de Mayo. Justo allí frenó el Maremoto.