La mecedora encantada de Sanlúcar de Barrameda

CÁDIZDIRECTO/Jose Manuel García Bautista.- Cuando se comienza el periodo vacacional y se decide alquilar una casa o trasladarse a la zona de costa o interior a un hotel (o similar), en lo que menos se piensa es que pueda haber un “invitado” imprevisto que no sea de este mundo.

Eso mismo le ocurrió a una familia que se trasladó durante una quincena, a vivir intensamente sus vacaciones, a la bella localidad gaditana de Sanlúcar de Barrameda.

Se habían desplazado unos meses antes y habían estado visitando diferentes inmuebles que le ofrecían los “corredores” de la localidad. No querían estar cerca de la playa, más bien querían estar en las proximidades del centro del pueblo sin importarles el paseo hasta aguas frente a Doñana.

Y encontraron el lugar idóneo, la calle Bolsa, inundada de los olores inconfundibles de la manzanilla sanluqueña de una conocida bodega cercana. Una casa que reunía las condiciones idóneas para pasar unos días desconectado del trabajo de todo el año.

Cuando llegó el primero de mes la familia estaba en la puerta de la casa acomodando todo para estar a gusto y disfrutar. Los dos niños pequeños eligieron un cuarto de la planta superior que les gustó. Los padres el que estaba al final del pasillo cerca de cuarto de baño. Abajo el salón, la cocina, un pequeño aseo quedando desocupado la habitación junto al cuarto elegido por los dos niños.

Los primeros días transcurrieron con normalidad, la paliza de la playa acumulaba cansancio y cuando caía la noche el descanso podía con todo. No obstante la cuarta noche en la habitación desocupada se comenzó a sentir una mecedora moverse, el típico movimiento de este objeto. Pero era chirriante.

El padre se levantó y comprobó como la ventana estaba cerrada y nada podía explicar aquel movimiento. Le extraño, la paró y se volvió al cuarto. Minutos después el movimiento se volvía a repetir con el molesto sonido. Se levantó de nuevo y tumbó la mecedora.

La sorpresa fue cuando minutos después volvía a sonar aquel chirriante sonido, se acercó a la habitación y allí estaba la mecedora en ‘pie’ y ocasionando aquel ruido y lo extraño del movimiento. Prefirió no decir nada, cerró la puerta de aquella habitación y comenzó a darle vueltas a la razón del movimiento.

No se acabaron ahí los fenómenos pues unos días después los niños comenzaron a decir que habían visto a una mujer en la planta alta, en la habitación desocupada, una mujer mayor sentada en la mecedora. Les dio miedo aquella mujer pese a que no transmitía temor, el miedo venía por el desconocimiento de tener a una persona ajena en su temporal hogar.

Cuando los padres revisaron aquella habitación no había nadie, solamente la mecedora. Así las cosas trasladaron la mecedora a la planta baja y por la noche comenzaron a sentir como se movía y chirriaba. Bajaron y colocaron un objeto de peso sobre ella para que no se moviera. Pese a ello minutos más tarde se movía. Pero el sonido no procedía del salón sino de la habitación desocupada. Al entrar en ella vieron, con sobresalto, la mecedora allí.

Comenzaban a creer que allí había un fantasma y razón no les faltaba. Unos días después los niños comenzaron a gritar desde su cuarto. Los padres acudieron raudos a ver que sucedía. Al llegar ambos niños estaban muy alterados: “¡la señora ha estado aquí, la señora ha estado aquí!” repetían. Los calmaron y comenzaron a hablar en el dormiorio.

Entonces sintieron como un arrastrar de pies en el pasillo, creía que era algunos de sus hijos cuando a su habitación asomó la cabeza una señora, “repeinada, de cabellos ceniza”, aquella mujer se asomó al cuarto y sonrió para desaparecer. La esposa gritó y se tapó la cabeza con la sábana, él se sobresaltó y abrazó a su esposa. Pasados unos minutos no había ni rastro de aquella presencia en la casa.

Aquella misma noche hicieron las maletas y finalizaron un par de días antes sus vacaciones en una casa del miedo habitada por una anciana espectral.

Tiempo después les llegó, a modo de rumor, que allí había fallecido una antigua propietaria, una mujer afable y de buen carácter.