La vida en Cádiz durante el Ramadán

CÁDIZDIRECTO/David de la Cruz.- En el interior de la fruteria de la calle María Arteaga esquina con la Cruz Verde atienden Kamal y Mustafá, ambos en la trentena, nacidos en Marruecos. Ramal, que coloca en las estanterías las cajas de frutas, detiene su labor y limpia la mano derecha antes de estrecharla con una amplia sonrisa.

Mustafá, sentado en la penumbra del interior de la tienda, ordena el género. “Siéntate aquí, que me expreso mejor en español que mi compañero”, dice Mustafá en un perfecto castellano mientras retira varios objetos de una silla. Seis años lleva en España “un país acogedor, abierto y donde tengo muchos amigos”.

Mustafá que no come ni bebe desde las cinco de las madrugada, justo antes que saliera el sol, se sumerge en explicaciones pacientes y desgrana el Ramadán, la tradición musulmana, uno de los seis pilares del Islam. Este año abarca del 28 de junio al 28 de julio. Coincide con el noveno mes del calendario musulmán, que se basa en ciclos lunares de 30 años. Durante ese tiempo, los fieles ayunan desde el alba hasta la puesta de sol.

“Se trata de un mes especial. Un mes al año en el que debes ser más estricto. Si normalmente la religión te obliga a ser generoso y amable, durante este periodo lo debes ser aún un poco más”. Resta Mustafá radicalidad a una acción que “estás obligado a no hacer si puede perjudicarte a ti o a tu entorno”.

Ni mujeres embarazadas, ni hombres enfermos, ni menores de 18 años, ni personas con una responsabilidad o un esfuerzo físico en el trabajo… Enumera situaciones que exentan de la práctica. Al fin y al cabo se trata de un asunto “entre tú y Dios” que no debe perjudicar a terceros. La oración, dentro de este contexto, toma un significado especial, se convierte en una conversación con Alá.

“Es normal que la gente no lo entienda. La fe o el amor son sentimientos. No se comprenden. Simplemente, es cuestión de respeto. Yo no entiendo que paseen sobre los hombros a Jesús, pero me gusta. Lo respeto y me gusta. Porque admiro todo lo que procede de la fe”, explica Mustafá.

Y ese respeto, esa tolerancia, la ha encontrado en Cádiz “donde la gente es muy abierta y te ayuda durante el Ramadán”. Presume orgulloso de sus vecinos y de sus compañeros de trabajo en la construcción: “Gente magnífica” con los que comparte el primer desayuno de la primera jornada del Ramadán. Y cuenta el caso de unos amigos españoles, con los que convivió bajo el mismo techo: “No comían delante mía. Y mira que yo les pedía que lo hicieran, que no importaba, pero esperaban a que estuviese ausente”.

Para Mustafá, el Ramadán no debe considerarse un esfuerzo: “Si vas a estar de mal humor, no lo hagas. Es un tiempo para dar lo mejor de ti”. También, para sentirte una persona afortunada por lo que tienes, “te pones en la piel del que no come ni bebe durante todo el año”.

Cuando el sol se esconde, Mustafa y Kamal rompen el ayuno con unos dátiles: “Aconsejan un producto natural”. Luego, agua, algo cocido, dulces, frutas y legumbres. Sobre todo, hidratos. “Imagina el hambre que podemos sentir”. Ese atracón provoca que apenas tengan apetito al alba, a eso de las cinco de la madrugada (los minutos cambian dependiendo del sol), por tanto, poca comida se llevan a la boca.

“A partir de las dos, las tres de la tarde empiezas a sentir el estómago”, bromea Mustafá con una sonrisa blanca. Por ello, en Andalucía, en el sector de la construcción, para que sea más llevadero, cumple una jornada intensivo de trabajo que finaliza al mediodía. Sus compañeros, además, le ceden funciones más organizativas. De este modo, se ahorra cargar peso.

“El Ramadán no debe finalizar con el Ramadán”. Sí el ayuno. No la empatía con la sociedad. “Una sociedad que me ha dado mucho” con la que se siente agradecido. Y así, restando importancia, con naturalidad, afirma: “Prefiero celebrar el Ramadán en Cádiz. Más incluso que en Marruecos”.