Entre el mito y realidad: el miedo a los no-muertos

El mito del “muerto viviente” se hunde en las raíces de muchas culturas, el Togo, égu, significa eso mismo “los que no vuelven” que se suele identificar con el muerto viviente y que es, sin duda, uno de los aspectos que más miedo da de todo lo que son las prácticas ritualistas africanas.

Dentro de los égu hay una relación con el mundo de los vivos y de los muertos que es sirve también de base a las creencias del vudú, todo ello debido al origen africano de esta donde la zombificación es sólo una parte de la misma, y no es la más importante.

En las diferentes culturas

Leyendas de los no-muertos que en Europa se mezclan con el mito de aquellos que están en la frontera de la vida o de la muerte, una macabra forma de existencia eterna donde se dan citan los ritos ancestrales, las supersticiones y el misterio. Así el mundo de los vampiros, de cuna europea, es una tradición de seres imposibles, creencias religiosas y culturas.

En este aspecto destaca el Drakul de la zona de Moldavia, el Nosferatu y el Strigoi de Rumanía, el Krvopijac de Bulgaría, el Strigou de Valaquia, el Upier de Polonia o el Ogoljen de Bohemia allá donde no es sólo un mito de Europa pues la fascinación por este tipo de seres siempre se ha dado en muy diferentes puntos del mundo, algunos sin contacto los unos con los otros y que reflejan los miedos e inquietudes del propio ser humano.

Este mismo no-muerto lo encontramos en el Talamar de Polinesia, el Vetala de India, el Ch’ing Shih de China, el Buo dayaco, el Cuitateo de México, el Lobishomen de Brasil que, de alguna forma, se nutren del ser humano, de sus fluidos vitales, bien chupándole la sangre o comiendo su carne, su cerebro, que en las tradiciones se solía hacer, por los guerreros, para adquirir la fuerza del enemigo.

En África, el origen del vudú, encontramos la zona de la “Costa de los Esclavos” donde destaca el Wume o chupador de sangre tradicional, igualmente en las tribus ashanti se tiene a Asanbosan, que chupa la sangre de los durmientes a través de su dedo pulgar.

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El Asanbosan es un ser antropomorfo que tiene unos pies ganchudos y apariencia terrible, que se convierte en murciélago, suele ser esquivo, huidizo, se esconde de los seres humanos hasta que necesita de ellos.

Rituales para “llamar al muerto”

Tras todo esto subyace el afán del ser humano por vivir más, por alargar su vida, le gustaría vivir eternamente pero sabe que no es posible, por eso diseñó leyendas y seres como los citados, aquellos que no mueren, que van más allá de la vida aunque sea bajo una existencia extraña y terrorífica. Ese miedo hace que se inventen rituales para alejar a los no-muertos, como los asmat de Papuasia que tienen una ceremonia que sirve para alejar a estos, con un grupo de sacerdotes que portan unas máscaras que es similar a la cara de las personas de la tribu que han muerto durante el año y danzan reproduciendo una lucha entre estos y un grupo a cara descubierta que son los vivos, así escenifican el combate entre la vida y la muerte para alejar a los muertos y que no se aproximen a su aldea

En Togo, en África occidental, los égu tienen ceremonias para convocar a los muertos y que salgan de sus tumbas a fin que abandonen este mundo, que no sean muertos vivientes, son difuntos que no quieren dejar este lado de la vida y que quieren asustar a los vivos o procurarles un tormento, perjudicarlos de alguna forma. La ceremonia suele realizarse cuando se presentan las exequias de un brujo o hechicero cuando así lo considera el sacerdote principal o hungan.

El rito es curioso: se acude al cementerio y se nombra al difunto que debe salir de la tumba a medianoche y comienza una macabra ceremonia que se ve reflejada en los rituales que el bokor, dentro del vudú, hace con el zombi al “despertarlo”.

Jacques Bersez, especialista en folclore africano describe en su obra “Magia negra” una ceremonia de este tipo a la que asistió y que tiene esa raíz que encontramos en el vudú donde está presente lo ancestral, lo religioso, la superstición y la voluntad de controlar a los muertos alejándolos de la vida o haciendo que vuelvan a ella.

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De Togo a Haití

El sonido de los cantos, de los tambores, la luz mortecina de las antorchas, el eterno sainete que se masculla entre dientes, el bokor llamando al finado mientras se indican todo tipo de fórmulas mágicas, el quiebro de la noche que sabe, con su frialdad, que se está “resucitando” a un muerto. Por fin se abre la tumba, dos ayudantes sacan al muerto, la pestilencia levanta el estómago, la putrefacción no existe pero si los desechos humanos de dos -tal vez tres- días encerrado en un ataúd en estado cataléptico en un despertar de pavor al saberse enterrado vivo, recuerdos nublados, “embotellamiento” de la voluntad, los tambores resuenan, los cánticos son cada vez más seguidos hasta que se pone a zombi frente al bokor y este finaliza su labor apoderándose definitivamente del alma del que estará llamado a ser esclavo en cualquier plantación.

Así, de esa forma, con esas analogías, o esa sutil desviación de pasa de un rito en Togo a una tumba en Haití, una tradición que permanece hasta nuestros días en un momento en el que, en pleno siglo XXI, siguen existiendo las personas que son zombificadas.

El simbolismo es muy alto, la tradición y la superstición también, pero hay algo que supera a las anteriores: el miedo; el terror a ser víctima del polvo zombi donde muchos prefieren la muerte antes que pasar por ese estado.

Para unos es una maldición, para otros una liberación, para otros una venganza, todo tiene diferentes puntos de vista en un ritual casi asesino, un juego infernal donde la vida y la muerte juegan en el mismo tablero y donde el desdichado objeto del mismo pasa a convertirse en un muerto viviente.