Impresionantes experiencias de comunicación con el “más allá”

Hablar con el “más allá”, con personas fallecidas, con seres queridos -amigos o familia- que ya no están entre nosotros, esa es una vieja ambición del ser humano que está muy lejos de cumplirse según indican los científicos que sólo pueden ver este tema desde el pragmatismo y racionalidad que le da su profesión. Pero es posible que en la investigación de vanguardia encontremos “herramientas” que nos hagan estar en contacto con ese “otro lado” quimérico y, a veces, real.

Una de esas “herramientas” es la llamada “Spirit Box”, un aparato que tiene detractores y partidarios al 50% pero que sólo aquellos que tienen una amplia experiencia en su uso, así como en otras técnicas de transcomunicación instrumental pueden opinar, siendo los resultados realmente impresionantes.

Les quiero hablar de dos experiencias de personas que, en el marco de investigaciones, tuvieron la posibilidad de hablar con ese “otro lado” y poder colmar así muchos de sus deseos hacia esos seres queridos fallecidos, que siempre hay algo que decir, hasta una despedida que pudo tenerse.

El primer caso es el de una chica, comenzó la experiencia preguntando la típica frase de “¿Hay alguien aquí?” y la respuesta fue un rotundo “Sí”. A partir de ese momento el diálogo fue el siguiente:

¿Puedes vernos?

-Sí.

¿Estás relacionado con alguien de este grupo?

-Sí.

¿Qué te pasó?

-Morí.

¿Cómo falleciste?

-De cáncer.

¿Quién eres?

-Hermano.

¿Quieres hablar con tu hermano o hermana?

-Sí.

Larimar

En ese momento pude notar como una chica del grupo se abrazaba a su acompañante vivamente emocionada, lloraba, cada respuesta de la máquina era un martilleo en el alma de aquella joven. Por ello, conmovido por la escena, le pregunté: “¿Qué te pasa?¿Estás bien?“, a lo que ella respondió: “Es que creo que la persona que está hablando es mi hermano que murió de cáncer hace dos meses, ¿podría preguntarle yo?”. Permití que aquella joven cogiera la máquina y, temblorosa, preguntó:

-Si eres mi hermano. ¿Puedes decirme como te llamas?

La respuesta fue contundente:

-Eduardo.

En ese momento la chica explotó en un llanto silencioso, sólo acerté a preguntarle: “¿Cómo se llamaba tu hermano?” a lo que ella me respondió: “Eduardo, se llamaba Eduardo”, con lo que el índice de acierto era absoluto.

En su aún descreimiento le dijo: “Si eres mi hermano debes saber mi nombre. ¿Cómo me llamo?“. La máquina respondió: “Larimar”.

Fue suficiente, aquella joven se llamaba Larimar, en un acto de intimidad preferí que tomara la máquina y, junto a su acompañante, se fuera a un lado y pudiera comunicarse con quién se estuviera manifestando.

La muerte de un padre

Otra experiencia similar vino a sucederme con otro chico en otro escenario e investigación diferente. En este caso no quiso hablar públicamente. En un determinado punto “activo” de fenómenos inexplicables se realizó una prueba similar. La máquina comenzó a hablar dando los siguientes mensajes: “Muerte”, “Hijo”, “Accidente”, “44 años”, “Luis”. A mi todo eso no me decía nada, pregunté al grupo: “¿A alguien le resulta familiar lo que está diciendo?”, pero todos callaron o negaron con la cabeza. “Bueno -pensé-, no es la primera vez que se da un mensaje que sólo alguien entiende y no habla, no pasa nada”.

La experiencia terminó y me dispuse a retirarme, fue entonces cuando un chico corrió tras de mí gritando: “Espera, espera”. Me detuve y lo atendí, me dijo: “La persona que estaba hablando en la máquina era mi padre, se llamaba Luis, murió en un accidente a los 44 años y yo soy su hijo, era mi padre” decía cariacontecido.

Obviamente una investigación en un lugar presuntamente encantado engloba muchas más pruebas y experiencias, esto es sólo una muestra del acierto que tienen determinados aparatos que son usados como un complemento a otros experimentos en materia de fenómenos paranormales. Creer o no creer es cuestión de cada uno allá donde la certeza le ataca donde el mensaje es personal.