La casa maldita de la calle Enrique de las Marinas en Cádiz

CÁDIZDIRECTO.-Hay casas  que están envueltas de ese halo de misterio y esa extraña sensación, cuando se entra, que alguien te está mirando con unos ojos, invisible, muy penetrantes. Quizás sea sólo una sensación o, quizás, haya algo más.

El caso que les relato lo narra mi buen amigo José Manuel Serrano Cueto, maestro en lides de misterio de Cádiz, y recoge como en la calle Enrique de las Marinas una familia, una mujer y sus dos hijas de 8 y 11 años, se trasladaron por Navidad a la ciudad, cual costumbre anual en esas fechas pues, aunque vivían en Malaga, en Benalmádena, eran de la tierra.

Habitualmente alquilaban un piso pero aquel año no estaba disponible al que habitualmente iban y un amigo, Pedro, les ofreció el suyo para que pasaran esos  días. Está en pleno centro de la ciudad y denotaba el paso del tiempo por sus raídas paredes.

Las niñas ocuparon las habitaciones junto a su madre y pronto los efectos de aquella casa maldita iba a hacer sus efectos en aquellas nuevas caras que se alojaban en sus entrañas. Lucía, la madre, tenía la incómoda sensación de estar siendo vigilada continuamente y no se encontraba bien, coincidiendo con su llegada al inmueble.

Una mañana durante un desayuno vivieron como un cuadro caía violentamente contra el suelo a muy poca distancia de donde se encontraba ella. Nada pudo haber tirado ese cuadro, nada que fuera de éste mundo. Pronto los problemas se extendieron a las niñas que también comenzaron a encontrarse mal, con vómitos y perdida consiguiente de apetito. Lucia pensó que algo que habrían tomado en la calle les había sentado mal. Con el mal cuerpo se fueron a la cama y a la mañana siguiente parecían estar mejor de salud. Pero Lucía aquella mañana se encontraba muy mal y al hablar con sus hijas les comentó que creía que era el influjo de la casa, o al menos así ella lo creía.

Así una mañana que se quedó sola y comenzó a sentirse incómodamente, de nuevo, vigilada. Entonces tuvo la impresión que la casa trataba de decirle algo, trataba de decirle que tenían que irse de allí o sus males seguirían. Lucía trató de informarse sobre quién había vivido allí antes, preguntó a Pedro  que le dijo que creía que había sido una mujer que “echaba las cartas”. Entonces confesó a su amigo lo que le estaba sucediendo y su convencimiento que se trataba de la casa.

La mujer pensaba que tras una sesión de tarot o espiritismo un ente de otro mundo había quedado allí atrapado. Pero Pedro le repetía que él “no había tenido jamás ningún problema”. Sin embargo ella percibía, sabía, que aquella casa trataba de decirle algo…

Cuando se hubieron marchado de allí los problemas de salud cesaron y sólo cuando hubo de volver necesariamente a la casa fue cuando sintió esa fría presencia que con su mirada inquisidora que la invitaba a irse para que no volviera jamás.