La Rayuela o el Teje: un viaje cósmico en busca del cielo

Las apreciaciones sobre el trasfondo de la rayuela,o también llamado Teje o Tejo, son un clásico. Tal vez los más jóvenes, más habituados a las videoconsolas y las redes sociales, desconozcan de qué estamos hablando, pero los que nacimos en los 80 pasamos extensas horas jugando a este juego en la calle, sólo con la necesidad de una tiza para delimitarlo en la plaza o un palo que dejase la marca en la tierra.

No está de más, por tanto, detallar que se juega trazando unos dibujos en el suelo, unas celdas numeradas del uno al ocho. Se lanza una piedra a la casilla correspondiente, siguiendo estrictamente el orden numérico, y el jugador debe ir realizando el recorrido por los otros números saltando a la pata coja.

La rayuela recibe múltiples nombres, sólo en España hay más de 45, bastante reveladores algunos de ellos: infernáculo, pachocle, picarona, cascayu, mocha o muñeca. Si nos movemos en otros países, aclararemos que se trata del avioncito, tejo, peregrina, Mariola o pisao. En Italia es il gioco del mondo y cielo e infierno (Himmél und Hölle) en Alemania.

Lo que está claro es que se trata de un juego iniciático astrológico por su simbolismo y que hay textos de origen chino que demuestran su existencia 2.357 años antes de nuestra era.

Según las normas, en ningún caso la piedra debía pararse sobre una línea, ya que de la Tierra al Cielo no hay fronteras, ni zonas de demarcación, ni separaciones ni descanso. El recorrido es el siguiente, casi como un ascenso platónico a la verdadera sabiduría:

El uno es la Luna o la Tierra, según distintas tendencias. Se trata del punto de partida, la sensibilidad, el mundo que conocemos con nuestros sentidos. Es ilustrativo apreciar que precisamente esa casilla es la primera en la que cae la piedra, por lo que el primer paso sería avanzar hacia la siguiente con la voluntad de dejar atrás ese conocimiento sujeto a la percepción y emprender el camino que nos lleve a descubrir el verdadero ser de las cosas.

Justamente por ello, el dos correspondería Neptuno. Representa la capacidad de transformación, esa voluntad de aprendizaje del que se embarca en este juego iniciático.

Obviamente, necesitaremos la ayuda del tres, Mercurio, para poder discernir y apreciar la diferencia entre lo aparente y lo cierto. Mercurio es el símbolo de la inteligencia, la búsqueda de la sabiduría, Hermes, aquel que nos inicia en los misterios.

El camino hacia el conocimiento no siempre es fácil y para continuar necesitaremos el cuatro, Venus. Ancestral símbolo del amor, de los sentimientos, es la base del compromiso con el objetivo: realmente debemos querer alcanzar esa sabiduría, amar el conocimiento incluso cuando cuestione todas nuestras ideas preconcebidas.

Y así, llegaremos al cinco y el seis, el Sol y Plutón. Representan la voluntad y el instinto, una unión en la que los pies caen juntos.

Marte, que representa la acción, se encuentra oculto en la casilla número siete mientras Saturno y Júpiter, que son la razón y la felicidad, donde también caen los pies juntos, son el ocho y el nueve.

Finalmente, el punto de llegada, Urano, el número diez. Representa el cielo, la capacidad de decisión, tomada con la certeza de no errar, el verdadero libre albedrío que nace de un amplio conocimiento de las causas y las posibles consecuencias de aquello que hacemos, pudiendo valorar cada movimiento en su mayor amplitud.

Por todo ello, la rayuela siempre ha sido definido como un juego iniciático, símbolos y significados que a menudo perdidos en el tiempo, escondidos en el devenir de la tradición oral pero que podemos encontrar fácilmente si contamos con la voluntad y la curiosidad necesarias, desgranando algo tan cotidiano en nuestra cultura como son los juegos tradicionales que, en muchos casos, tienen origen milenario por mucho que se modernicen.