El misterio de las luces eternas, de las luces perpetuas

/Las luces eternas, o perpetuas, siguen siendo un motivo de profunda reflexión, no se sabe qué tipo de combustible las alimentaba ni cómo podían haber sido encontradas muchas de ellas aun ardiendo tras siglos de estar encendidas, en lugares herméticamente cerrados, allá donde nunca antes se han entrado. Para la Ciencia sólo es una curiosidad, se duda – a la luz de los conocimientos que se tiene en la actualidad- que pudieran haber existido pero los escritos de historiadores de todos los tiempos parecen relatar que su realidad es poco menos que incuestionable, una realidad incómoda o tal vez una realidad guardada en secreto celosamente en lo que algunos llamaron como la “luz alquímica” y su fluido “mágico” como “licor alquímico”.

En siglos más recientes, sin tener que recurrir a la lejana Antigüedad, se registró como en la ciudad de Grenoble, en el año 1681, un mercenario que atendía al nombre de Du Praz, encontró una llamativa lámpara en el interior de una tumba que aún permanecía sellada, cerrada desde tiempos inmemoriales. Llamó su atención que la lámpara, de cristal, estaba encendida y comprobó con asombro como en su interior un líquido alimentaba aquella llama de forma inexplicable.

El mercenario guardó la lámpara como un valioso tesoro y lo llevó a un monasterio cercano, aún estaba encendida cuando la entregó a los monjes y fueron ellos los que vigilaran el luminoso presente de Du Praz que siguió ardiendo, para sorpresa de todos, durante los meses siguientes. Hubiera seguido encendida si la fatalidad no se hubiera aliado con uno de los monjes que mientras cambiaba de lugar aquel “lucero” tuvo el infortunio de que se le cayera de las manos y acabara rompiéndose al impactar contra el suelo. Testimonios de aquella extraña luz quedaron por escrito en el monasterio y por el propio mercenario que a finales del siglo XVII daba fe de todo ello.

El padre Evariste Regis Huc (1813-1860) realizó diversos e interesantes viajes por Asia, en el transcurso de uno de ellos describió un curioso “lucero” que pudo ver en el Tibet, según le contaron los lugareños aquel “lucero” jamás se había apagado, siempre había estado ardiendo, encendido, ofreciendo su luz eterna, era como el más preciado de los ofrecimientos que se podía encontrar en aquel lugar. Aquella luz perpetua fue un detalla que no pudo olvidar el monje quizás por lo sorprendente del relato de la “luz que nunca se apagaba”.

Nadie sabía, o sabe, qué tipo de combustible lleva estas lámparas, si es que existe alguna hoy día en algún lugar secreto del mundo y que esté aún encendida, pero si ha sido largamente debatido su misterio. Para unos eran lámpara demoniacas, lámparas engendradas por el propio Satán y por tanto debían ser destruidas. Otros creían que no eran un objeto ni divino ni demoniaco, sólo escondían un secreto que las hacía arder casi eternamente. Por el contrario había quienes pensaban que habían sido inspiradas por Dios o por los dioses, pues siempre se hallaron en templos y tumbas, por tanto podía tener una relación directa con ellos.

A lo largo de los tiempos, pasados y presentes, se han realizado diferentes intentos por imitar este tipo de lámparas, pero los resultados no han sido buenos, lo más cercano que estamos de ello son las bombillas actuales que no tienen nada de mágico, quizás lo mágico sea que el ser humano, en su progreso, ha aprendido a dominar la energía eléctrica, una de las claves de nuestra tecnología actual y que sigamos avanzando. En ese progreso destacó un alquimista alemán que se propuso descubrir el secreto de las lámparas perpetuas y fruto de su experimentación hizo un descubrimiento genial, era el año 1669, se llamaba Brand, y entre fallos y “aciertos” descubrió uno de los elementos de la tabla periódica: el fósforo.

De aquellas luces eternas podemos sacar varios puntos en común en los relatos, que varían de unos a otros y que son comunes con otros: algunas de esas lámparas eternas, o perpetuas, necesitaban del aire, del necesario oxígeno para arder pero otras, paradójicamente, se apagan al estar en contacto con el aire, el misterio es saber cómo se encendieron o cómo se mantenían encendidas, tal vez a ellas se deba también el secreto de cómo se alumbraban los primitivos hombres en la cavernas o los antiguos egipcios o sumerios en sus templos sin dejar marca alguna de humo en los techos. Las lámparas tenían características muy interesantes: unas ardían y daban una resplandeciente llama, otras simplemente emitían un fulgor, eran como fluorescente o fosforescente. Hay conceptos que parecen más definidos, más claros, por ejemplo que su mecha estaba realizada en “lana de salamandra” –que era, realmente, amianto- o en una aleación en metal. El combustible también tiene su misterio pues era una especie de líquido oleaginoso, más o menos espeso o viscoso, en ocasiones bituminoso y en otros extraído del oro por un extraño proceso alquímico, también se especulaba que era extraído de unas judías tóxicas que se daban principalmente en Egipto. Todo es un terreno de especulaciones allá donde se pone de manifiesto el desconocimiento que se tiene sobre ello.

En España, a modo anecdótico, histórico y de completar toda esta información, también se descubrió una lámpara eterna, fue en la ciudad de Córdoba, en 1846, cuando se abrió una tumba romana, con siglos de antigüedad, y en su interior, aún encendida, estaba “la luz que siempre brillaba”, la lámpara perpetua y nuevamente en una tumba… ¿Casualidad?