Misterios de la Feria de Sevilla

La Feria de Sevilla tiene secretos y misterios que el profano desconoce e incluso el propio sevillano ni tan siquiera sospecha. En una semana en el que la ciudad ve cómo crece una ciudad paralela de luz y color, con caducidad, hay historias de la Feria que merecen la pena ser contadas.

La Feria de Sevilla crece en lo que se conoce como “campo de la Feria” en el barrio de Los Remedios y es ahí donde comienza nuestra historia ya que los encargados de mudar la Feria desde el “vecino” Prado de San Sebastián a la zona de Tablada tuvieron consigo al azar. Me explico. La Feria, antaño, ocupaba el lugar en el que hoy está el Prado de San Sebastián junto a los Juzgados de Sevilla y que siglos atrás fue un lugar de muerte y tortura, el lugar elegido por la Inquisición para quemar a sus herejes e indeseables, un lugar que estaba ligado al dolor y que fue ocupado por el júbilo y la algarabía de la Feria.

Pero se quedaba pequeño aquel recinto y hubo que mudarlo a otro lugar dentro de la ciudad y no demasiado lejos de aquel y lo trasladaron a Los Remedios, curiosamente en Sevilla había dos zonas de muerte y condena: el Prado de San Sebastián y Tablada o “prado de la muerte” pues allí se justiciaba a la horca a los condenado y, posteriormente, también se quemó a los herejes de la misma Inquisición. Parece que la Feria y su alegría siempre va vinculada a lugares de triste recuerdo.

En el mismo escenario se vieron momentos de lucha mortal como los musulmanes contra los salvajes vikingos o la de aquellos contra los cristianos.

Otra curiosa historia que encontramos en la Feria es la de cierta caseta en la calle Ignacio Sánchez Mejías en la que al correr las cortinas y sonar el toque de queda en la Feria, en su interior quedaba un vigilante de seguridad que por las noches vivía algo singular.

Todas las noches sentía como si alguien estuviera en la zona de la barra y al entrar se encontraba una botella de fino (algo que ya no se estila pues cedió su lugar al “rebujito” -manzanilla con Seven Up-) y catavinos a media medida.

Una noche, al sentir el ruido y ante el temor que pudieran a él responsabilizarlo, entró rápidamente en aquella zona y encontró a un señor desgarbado, vestido de corto, desaliñado y con un clavel rojo sangre en la solapa, reventón. Le espetó:

-¿Quién es usted?¿Qué hace aqui? ¿No ha tenido suficiente aún hombre de Dios?

Aquel hombre se giró sobre los talones y le dijo descaradamente:

-Yo tengo más derecho que usted a estar aqui, soy socio fundador.

Fue tal la seguridad en sus palabras que el vigilante prefirió salirse fuera y dejar a aquel individuo que siguiera con su copa.

Al día siguiente hubo una cena en la caseta donde los socios se reunieron y el vigilante trataba de encontrar a aquel visitante a deshoras, pero no lo halló. Así que informó al vicepresidente de la misma y este a su vez al presidente que se encontraba allí. El vigilante le contó lo sucedido y les describió al individuo.

El presidente palideció y dijo:

¿Estas seguro de eso?

Sacó de su cartera una foto en la que aparecían tres hombre: él, el vicepresidente y el visitante nocturno. El guardio dijo rápido:

-¡Éste es! Me quedo tranquilo de saber que es de aqui y no un gorrón.

Y entonces le dijeron al chico:

-Es imposible, esta persona era un antiguo socio de la caseta, fundador, pero hace unos años tuvo un accidente cuando regresaba de la Feria y murió, no es posible que sea él.

El silencio se hizo en aquel grupo que espero a que llegara ese momento en el que se aparecía, desde el otro mundo, aquel viejo amigo. Sintieron, ya de madrugada, ruido en la barra y cuando fueron a ver sólo encontraron la botella de fino, media medida en un catavinos y un clavel reventón rojo sangre sobre la barra, señal inequívoca de su presencia allí.

Otra historia de aparecidos es la del “ensotanado de Tablada”, la triste figura sombría de un fantasma que se aparece en la zona del cuartel de aviación de Tablada y que ha sido visto por diferentes personas a lo largo de los últimos años.

Es descrito como una sombra de un metro ochenta que pasea por el antiguo muro y que no tiene rostro, su visión provoca el miedo entre los soldados o los transeuntes y vecinos de la zona, máxime cuando se piensa que es un fantasma. Y como no hay cuartel que no tenga uno de ellos se dice que es el de un soldado que hace años se suicidó en su garita y que desde entonces vaga por el lugar.

Historia de la Feria, sepamos separar los muchos fantasmas -de carne y hueso- que se pasean por el Real y por la vida de estos otros que sólo buscan su camino hacia el más allá.