El Cristo que acabó bajo las aguas de La Caleta

la caleta Al fondo, el 'Aculaero' y la Punta del Nao, en La Caleta. / Foto: Javier Cubiella

CÁDIZDIRECTO/Manuel Devesa.- Qué cierto es eso de que uno nunca acaba de conocer bien la ciudad en la que vive. La historia de hoy tiene como escenario esa maravilla de enclave que se llama La Caleta. Más concretamente, una pequeña cueva sumergida a la entrada del ‘Aculaero’, muy cerca de la Punta del Nao. Uno de esos rincones entre las escolleras de los que uno se enamora cuando es capaz de divisarlo cuando las aguas están cristalinas. Una cueva que guarda una dramática pero emocionante historia…

Nos trasladamos al 5 de noviembre de 1971. Jornada negra para el deporte. Raúl Calvo Clavero es gaditano, tiene veinte años y toda una vida por delante. Es miembro del equipo español de judo y se enfrenta a los exámenes que le harán hacerse con el cinturón negro de II-DAN. Sin embargo, la mala suerte se cruza en su camino cuando al proyectar una llave, ésta le produce una lesión cervical que le provoca una grave tetraplejia que paraliza todos sus miembros.

Cuando alarmados por la gravedad de la situación llegan al hospital La Paz de Madrid, hay poco que hacer. La noticia de su muerte cae en Cádiz como un jarro de agua fría. Tanto el mundo del judo como el del submarinismo, que también era practicado por Raúl Calvo, no dan crédito a semejante tragedia.

Dispuestos a rendirle homenaje y coordinados por su amigo Paco Janeiro, los submarinistas Ricardo Curia e Ignacio Ardila piden a la familia de Raúl su traje de submarinismo, llevándose consigo las pastillas de plomo de su cinturón de lastre que se unen a la de muchos de los buceadores que él conocía. Reunidas todas, las llevaron a una fundición que había por entonces en la calle Escalzo, en el barrio de San José, de cuya unión sale un crucificado de más de 100 kilos.

Y así es como en medio de La Caleta, cerca de la Punta del Nao y a una profundidad de entre tres y cinco metros, según la marea, yace la figura de un Cristo con los brazos abiertos que no es más que el fruto de la amistad, la admiración y el respeto que un grupo de amigos sintieron alguna vez por aquel joven veinteañero que una fría tarde de noviembre vio como la muerte se cruzaba en su camino rompiendo en mil pedazos un futuro prometedor.