Un merecido homenaje al Vaporcito del Puerto

vaporcito puerto cadiz Foto: Fernández y Serén.

CÁDIZDIRECTO/Enrique Alcina.- Viene a esta tierra un barquito, más típico no lo hay. Pepe el del Vapor contaba a quien le pudiera interesar que Paco Alba jamás navegó en el Vaporcito.

El mítico creador de la comparsa gaditana, que contribuyó con su emblemático pasodoble de Los Hombres del Mar de 1965 a fomentar el amor por la patria chica, la chalada claridad y la ebullición de la exaltación de la amistad en lo mejor del querer, se convirtió sin pretenderlo en el mejor propagandista del turismo de la Bahía de Cádiz y en defensor a ultranza del piropo bien tirado.

Añoramos la motonave que cubría cada hora el trayecto sentimental entre El Puerto de Santa María y Cádiz y que finalmente se hundió en siete minutos, un 30 de agosto de 2011, con ochenta pasajeros y tres tripulantes a bordo. Memoria de desguace. La distancia del olvido.

Nadie ha sufrido en sus carnes la pérfida querencia del topicazo como el Vaporcito, Bien de Desinterés Cultural, logotipo del río Guadalete, máximo exponente de la desidia local y provincial del viento.

El Adriano III no sólo chocó contra las escolleras del muelle Reina Victoria de Cádiz para sumergirse durante un mes en la futura amnesia de esta tierra infinita. Fue reflotado por el qué dirán, no llegó a los fastos del Doce por cabezonería y, finalmente, cayó en el abandono y la indiferencia y firmó un adiós tan anunciado como la muerte de la luz. Cómo roneaba, con rumbo garboso y pinturero, en las aguas plateadas y azules.

El historiador Enrique Pérez Fernández reconstruye en su nuevo libro, “De El Puerto a Cádiz: los barcos del pasaje en la Bahía de Cádiz (siglos XV-XXI)”, editorial El Boletín, la historia de la saga de los tres Adriano que nunca se había escrito.

Destaca el autor “la entrega de ‘Pepe el del Vapor’, José Fernández Sanjuan, un día a día prolongado durante 68 años, ejemplo de amor a un oficio, a una vocación y a una sociedad. El I y II los construyó un tío de Pepe, Antonio Fernández, que llevaba el sobrenombre de Adriano por su padre”.

“El Vapor se hundió por un “despiste somnoliento” del patrón. Se reflotó, se trasladó a Navantia para un primer reconocimiento y por último lo llevaron al varadero ‘Guadalete’. Luego vino la venta a un empresario sevillano y el cierre del varadero. Era perfectamente recuperable si se hubiese actuado a tiempo”, sostiene.

El Bien de Interés Cultural, “visto lo visto, no sirvió de nada (como otros ejemplos que se podrían numerar), aparte de contener en su declaración (octubre 2001) errores de bulto”. “Pepe murió -lo que son las cosas- 19 días después de la declaración del BIC (se “olió” lo que iba a pasar).

A mi entender, la culpa de la desaparición del Vapor ha sido por la negligencia y la desidia de unos y otros: Ayuntamientos de El Puerto y Cádiz, Autoridad Portuaria, Junta de Andalucía y el empresario Manuel Ramos, que se comprometió a volverlo a poner a navegar. Todos se pasaron la ‘pelota’ unos a otros. Y también creo que es achacable a la apatía que es tan propia en esta tierra al común de los ciudadanos.

Lo que yo creo que debería hacerse -se hará algún día con políticos formados y formales- es declarar al servicio de transporte fluvio-marítimo en la bahía de Cádiz como un Patrimonio Cultural Inmaterial (PCI), porque su larga historia (que en verdad se remonta a fines del siglo I antes de Cristo, cuando Balbo ‘el Menor’ fundó el Puerto Gaditano, El Puerto) sigue las pautas de la ‘Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial’ que fijó la UNESCO en 2003″.

El primer Adriano fue construido en A Coruña por Antonio Fernández, gallego emigrado a Cuba, uno de los diez hermanos. Pepe se encargó de hacer con el buque la travesía de la ría de Ferrol hasta la Expo sevillana del 29. Curiosamente, la explosión del vapor Cádiz motivó la prohibición de este tipo de barcos y dio paso a los buques con motores de explosión.

El hermano de Pepe, Juan Fernández, otro gallego de pocas palabras y muchos gestos marineros, acompañaba el sonido de los tres bocinazos del Vapor, prólogo del viaje interminable, con una recomendación al usuario desnortado: “Cuidado con la cabeza”.

El Vapor acogió el rodaje de algunas películas inolvidables como “Lola se va a los Puertos” o “Calle 54”, y funcionó con absoluta naturalidad como correo urgente de cartas, objetos y personas, amén de significar un símbolo eterno del Carnaval gaditano entre dos aguas.

Con el nuevo siglo, el flamante y ya omnipotente catamarán, que ha recortado en tiempo y espacio el trayecto entre El Puerto y Cádiz, supuso la caída en desgracia del Vapor en su calidad de buque de pasajeros, aunque se mantuvo al frente de los principales atractivos turísticos de la Bahía.

En 1965, la rivalidad entre los Hombres del Mar de Paco Alba y los Escarabajos Trillizos de Enrique Villegas marcó una época. Los primeros, más tradicionales, ganaron el primer premio en el teatro Falla, pero los Beatles de Cádiz, los innovadores, dieron la vuelta al mundo. El Vaporcito y el Submarino Amarillo, leyendas del tiempo, flotando como un velero sobre el destino incierto de Cádiz.