El misterio de las “Siete Palabras” de Jesús de Nazaret y Cádiz

Si hay un lugar en el mundo donde se siente de una forma especial la Semana Santa esa es, sin duda, Andalucía. En Cádiz hay fervor y devoción, mucha fe y la creencia firme en las sagradas imágenes, en los titulares de tantas hermandades que hacen estación de penitencia en fechas tan señalas y esperadas.

La vida de Jesús de Nazaret despierta muchos interrogantes y dudas que los expertos tratan de solucionar y descubrir, uno de ellos, uno de esos misterios es el de las siete palabras que pronunció cuando estaba en la cruz, en el momento más pavoroso de la crucifixión por lo que suponía.

Sobre aquellas siete palabras hay muchas opciones y se debe tener en cuenta que, obviamente, no se pronunciaron en castellano sino en su idioma natural con lo cual el grado de complejidad es mucho más amplio si se tiene en cuenta que han pasado dos milenios desde ese hecho y que los primeros evangelios son de muchos años después de la muerte de Jesucristo y que se duda que sus autores reales fueran los evangelistas, tal vez fue una recopilación de las narraciones de estos pero no de su puño y letra.

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De entre las opciones que se barajan en torno a esas siete palabras encontramos:

1. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
2. “Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”.
3. “Mujer, he ahí tu hijo. He ahí tu madre”.
4. “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”.
5. “¡Tengo sed!”.
6. “Todo está consumado”.
7. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Costumbre gaditana

En Cádiz se tiene la tradición de acudir al Oratorio de la Santa Cueva todas las mañanas de los viernes santos. En el centro de la ciudad, en la calle Rosario, con “banda sonora” de Josep Haydn encontramos una pieza “Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz” antes de su muerte.

Es interpretada para orquesta y para cuarteto, según la petición del sacerdote José Antonio Sainz de Santa María, Marqués de Valde-Iñigo, que fue el principal impulsor de la edificación del Oratorio, pagándolo de su propio bolsillo.

El oratorio tiene una clara línea neoclásica y se compone de dos capillas que son obra de Torcuato Cayón, en el año 1783, con un nivel inferior y otra superior, de Torcuato Benjumeda, finalizada en 1796, muy profusa en cuanto de decoración de trata que impacta en cuanto a la inferior que es muy austera y está dedicada a la exaltación de la Eucaristía.

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Hay una interesante particularidad que habla, a las claras, de la pasión del Marqués de Valde-Iñigo, por el Arte y que fue encargar al insigne pintor aragonés, Francisco de Goya, diferentes pinturas para decorar el interior de la capilla alta.

Además encargaría piezas musicales a grandes músicos como el propio Joseph Haydn con el fin de servir de acompañamiento musical a los ejercicios espirituales que la Congragación de disciplinantes de la Madre Antigua, dentro de la que se encontraba el propio Marqués, y que celebraban en la capilla subterránea el Viernes Santo.

La primera vez que se interpreta la pieza de Haydn fue en el año 1787 quién decía de aquel momento: “Hace unos quince años, un canónigo de Cádiz me pidió componer música instrumental sobre Las siete últimas palabras de Nuestro Salvador en la cruz. Era costumbre en la Catedral de Cádiz producir un oratorio cada año durante la Cuaresma, el efecto de la interpretación no se ve reforzado por las siguientes circunstancias. Las paredes, las ventanas y los pilares de la iglesia estaban cubiertos con tela negra, y solo una gran lámpara colgando del centro del techo rompía la solemne oscuridad. Al mediodía, las puertas se cerraron y comenzó la ceremonia. Después de un breve servicio, el obispo ascendió al púlpito, pronunció la primera de las siete palabras (u oraciones) y pronunció un discurso al respecto. Esto terminó, dejó el púlpito y cayó de rodillas ante el altar. El intervalo fue llenado por la música. Entonces el obispo pronunció la segunda palabra, luego la tercera, y así sucesivamente, la orquesta siguiendo la conclusión de cada discurso. Mi composición estaba sujeta a estas condiciones, y no fue tarea fácil componer siete adagios de diez minutos cada uno, y que se sucedieran uno a otro sin fatigar a los oyentes; de hecho, me resultó completamente imposible limitarme a los límites señalados”.

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Un claro ejemplo de lo que es el valor de la tradición en una ciudad tan fervorosa como Cádiz que no ha olvidado esta particular momento cada Viernes Santo y que tiene como escenario impresionante a la Santa Cueva en un clima de sentimiento y emociones sintiendo algo tan especial como la Semana Santa.