Simbología oculta en la Catedral de Sevilla

CÁDIZDIRECTO/Jose Manuel García Bautista.- Nos detenemos para admirar un bellísimo monumento de nuestra Andalucía, se trata de la Catedral de Sevilla y de la increíble simbología que oculta a los ojos del profano, a los ojos del no iniciado.

Uno de esos lugares con simbología oculta es la llamada Puerta de San Miguel. Pero repasemos la Historia para hallar algunas claves previas. Con la aparición del mundo, y estilo, gótico en torno al año 1150, Europa entera es testigo de la construcción, a ritmo febril, de catedrales que parecían desafiar las leyes de la naturaleza. En contraste con las robustas construcciones románicas, las catedrales presentan estructuras ligeras, muros rotos por enormes vidrieras que permitían entrar abundante luz y una serie de líneas verticales que obligaban al fiel a elevar su mirada al cielo. Todo ello es fruto del abandono del mundo rural de la Edad Media y de la superación del temido fin del mundo del año 1000. Es entonces cuando las ciudades europeas ven aparecer una incipiente burguesía dispuesta a realzar lo estético y lo sensual. Se pone fin por tanto a los oscuros templos medievales para dejar que la luz y el color invadan las catedrales góticas.

Pero más allá del valor artístico, las catedrales encierran numerosos misterios. En su decoración se emplearon laberintos, representaciones de animales reales o imaginarios, incluso representaciones sexuales explícitas. En sus muros aparecen pequeñas marcas de cantero, en muchos casos tan complejas y elaboradas que debían cumplir una función más allá de la simple identificación de la piedra que aún hoy desconocemos. Estos elementos conforman un auténtico lenguaje encriptado.

Esos códigos y ese misterioso lenguaje, estaban sólo al alcance de los iniciados: personas que formaban parte de sociedades secretas donde se estudiaban los símbolos y las doctrinas prohibidas por la Iglesia como la alquimia, la cábala, la geometría sagrada o la astronomía.

Vamos a desentrañar algunas de esas claves, pero antes vamos a hacer otro viaje en el tiempo, exactamente al 8 de julio de 1401. En esa calurosa jornada Sevillana y tras un cabildo presidido por el deán Don Pedro Manuel en el corral de los Olmos, se pronuncia una frase que pasará a la historia “Hagamos una iglesia tan grande que todo aquel que la viere acabada nos hagan por locos”. Esa iglesia es nuestra protagonista: la Catedral de Sevilla.

A inicios del siglo XV, Sevilla apenas empieza a reponerse de una tremenda epidemia de peste que ha diezmado severamente a su población. Entre las víctimas de la epidemia se encuentra el mismísimo arzobispo, Don Gonzalo de Mena, que fallece en Cantillana el 21 de abril de 1401. En ese contexto de hambruna y sin arzobispo en la ciudad un grupo de hombres decide construir en el mismo solar de la mezquita la catedral de Sevilla, que sería consagrada en 1506. En su decoración participa un misterioso personaje: Lorenzo Mercadante De Bretaña.

De este artista poco sabemos, ni siquiera podemos aventurar con mucho su identidad. El nombre de Lorenzo puede ser falso aludiendo o bien al sol, como símbolo de luz y sabiduría, o bien a la fecha en la que llega a Sevilla. Mercadante de Bretaña puede que tampoco fueran sus apellidos reales sino simplemente su lugar de procedencia. Sí está claro que conocía y practicaba la cábala, la alquimia, el tarot y otros tantos saberes herméticos. Una de las primeras obras que acomete Lorenzo Mercadante de Bretaña es la decoración de los tímpanos de algunas de las siete puertas de la catedral. Nada es casual en ellas y el artista deja pistas esotéricas para aquellos que sean capaces de trascender lo que la piedra tallada muestra.

A la vista de los profanos, lo que decora la parte superior de esta puerta de San Miguel es la escena del nacimiento de Cristo. Para la mirada de los iniciados, el mensaje que encierra este tímpano es mucho más profundo y complejo. En las sociedades secretas, el iniciado accedía al recinto donde se celebraban las esotéricas reuniones por la esquina inferior derecha de la logia. Ese punto, es el que ocupa sobre el plano de la catedral de Sevilla, la puerta de san Miguel. A ambos lados de la puerta, las jambas están ocupadas por la figura de los evangelistas. De los cuatro, sólo san Juan presta atención a la escena del tímpano. Las otras tres figuras contemplan de forma amenazante a aquella persona que está a punto de cruzar la puerta para adentrarse en el sagrado edificio. Son esculturas para mirar y no para ser miradas.

En el tímpano, la escena del nacimiento esculpida por el artista, poco o nada tiene que ver con la tradición que desde San Francisco de Asís nos ha llegado. La mula y el buey, que tradicionalmente debían ofrecer calor al niño recién nacido, aparecen lejos del pequeño y encerrados en una especie de establo. El iniciado entendía que el nacimiento del nuevo dios-Sol anulaba las deidades mitad hombre mitad animal, propias de la religión egipcia como el dios buey Apis.

Fijándonos en San José, éste aparece sin su atributo de la vara florida y una serie de símbolos: una rodilla al descubierto nos señala una persona ya iniciada y conocedora de los saberes ocultos. Por último, en la escena aparece un enigmático personaje procedente de una lejana ciudad y portando dos recipientes. ¿Quién es este personaje? ¿Qué trae en el recipiente que trae cerrado? Y lo más enigmático, ¿con qué espera llenar el recipiente que trae vacío?

La lectura pues de esta puerta vendría a ser: cuidado amigo porque estás a punto de entrar en un recinto sagrado. Si permaneces activo y completas tu recorrido iniciático, que ya hicieron otros antes que tú, verás cómo a tu vida llega la Luz de la sabiduría. Deberás entregar parte de ti para llevarte a cambio lo más preciado que una persona puede desear. Olvida religiones antiguas, porque sólo volviendo a nacer a una nueva vida, podrás completar tu propia transformación personal.

Quizás lo que lleva el personaje de la derecha dentro de la copa, sea esa piedra alquímica que convierte el plomo en oro. En este caso al niño Jesús, en un nuevo niño Dios, dejando atrás antiguos dioses como el Dios Buey Apis de los egipcios. Sorprendente, ¿verdad?