Los trabajadores gaditanos dejan su legado en Brasil

Trabajadores gaditanos en Brasil.
Trabajadores gaditanos en Brasil.

 

CÁDIZDIRECTO/David de la Cruz.- Lejana, muy lejana, la utópica imagen en las playas de Río de Janeiro. El turista en bañador, gafas de sol, bajo un sol que brilla en un cielo despejado. El sonido del mar, la samba y la fiesta. “Lejano. Muy lejano”, dice Francisco Pérez, que ha trabajado durante tres meses en el país brasileño. 

Allí fueron a currar. “A trabajar duro”. Primero, en Manao. Dos meses. En la construcción de un estadio que albergará el próximo Mundial. “Hemos dejado nuestro legado, estamos locos por ver en la tele cómo juegan allí”. Después, un mes, en un rincón de imposible pronunciación. “Búscalo en Internet”, advierte Francisco, en representación de los 15 obreros del metal. “Pindamonhangaba. Espera, te repito: Pindamonhangaba”.

Un municipio brasilero, enclavado en mitad del  Valle del Paraiba, en la región de Sao Paulo. “Respirabas profundo y los pulmones se llenaban de aire puro”. Aquello estaba un poco mejor. Podían salir de noche a la calle “hasta las diez, diez y media”, supermercados y comercios abiertos. Lejana la estampa de la ciudad de Manao cuando el sol se escondía. “Me dijeron que no era seguro andar por la calle a determinadas horas. No quise comprobarlo, la verdad”.

Brasil ha quedado prendado de los trabajadores gaditanos. “Llegamos e impusimos otro ritmo de trabajo. Más fuerte, más ganas, hemos dejado bien alta la reputación de Cádiz”. Tanto es así que quieren contar con ellos para las próximas Olimpiadas. Francisco no descarta volver, aunque prefiere un lugar más cercano. “La comida es muy mala… Penosa. Además, las comunicaciones, hablar con la familia, se vuelve casi imposible”, recalca en un tono ácido.

Añade la seguridad y el día a día, muy distintas a lo que la gente piensa del país sudafricano. “Les decía Brasil y todos pensaba: ¡Qué suerte! Créeme que no. Allí la vida no es la de un turista que va dos semanas con pulserita”.

Se queda con el cariño, la gente y el afecto. “La experiencia que contaré el día de mañana a mis nietos”, comenta orgullo. No es para menos. El pasado día 16 regresaron a casa. Partieron un día antes. Atrás quedaban 17.000 kilómetros de distancia que separaban a Francisco del abrazo de su hija.

“Ahora, toca echar currículos”. También, apoyar a las familias de los ochos detenidos por los accidentes en el puente Carranza. “Hay que estar unidos, yo mejor que nadie sé lo que se siente sin trabajo, ya está bien de tantas cortinas de humos, de que nos vendan las mentiras de los gaseros”. Por ello, mañana formará parte de la concentración que se manifestará en le plaza de Jesús, en Puerto Real. Lejana, Muy lejana, la utópica imagen de Río de Janeiro.