Una maravilla del Arte Rupestre: las Cuevas de Altamira

CÁDIZDIRECTO/Jose Manuel García Bautista.- Desde 1985 son Patrimonio de la Humanidad declaradas como tal por la UNESCO, han sido calificadas de mil formas diferentes, quizás la más apropiada es la que las define como “la manifestación más extraordinaria de este arte paleolítico”. Y es que entrar en su interior y contemplar las grandiosas imágenes pintadas son una experiencia única que todo ser humano debería vivir.

Se considera como la ‘Capilla Sixtina’ del Arte Rupestre en España y en el mundo, sus increíbles pinturas nos hacen retrotraernos a hace miles de años cuando nuestros ancestros primitivos pintaban en las paredes de sus cuevas escena de lo que podríamos llamar su ‘vida cotidiana’ como pudieran ser la caza o los animales que vivían en la época. Son las cuevas de Altamira.

Fueron descubiertas por azar por un cazador llamado Modesto Cubillas en el año 1868. En aquel momento el hombre trataba de liberar a su perro que perseguía a una presa y quedó atrapado en las rocas. Su descubrimiento llegó a oídos de un aficionado a temas de paleontología que se llamaba Marcelino Sanz de Sautuola que se convertiría en el protagonista indiscutible de esta apasionante historia.

Sería entre los años 1875 y 1876 cuando visitó esta increíble cavidad descubriendo ya los primeros trazos de posibles dibujos, de color negro y que no despertó su curiosidad.

Pero Sautuola visitó las cuevas, nuevamente, en 1879 con su hija María Faustina Sanz Rivarola, de 8 años, siendo ella la que descubrió las pinturas en el techo y la que contó a su padre las maravillas descubiertas.

En 1880 Sautuola publica ‘Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander’ donde afirmaba que el origen de las pinturas de las cuevas de Altamira era de origen prehistórico.

Sautuola defendió su tesis y se enfrentó a la incomprensión de los franceses Mortillel, Harlé y Cartaihac, de gran prestigio como paleontólogos. En la época se llegó a decir que fue el propio Sautuola el que pintó la cueva cuyo realismo provocó el rechazo de muchos académicos.

Pero sería cuestión de tiempo que la comunidad académica se convenciera de la realidad de aquellas pinturas y su veracidad aceptándolas como unas de las mejores muestras artísticas del Paleolítico.

Sautuola murió en 1888 sin que se reconociera su descubrimiento pero en 1895 se descubrieron en Francia pinturas similares en las cuevas de La Mouthe, Combarelles y Font-de-Gaume, provocando que el experto Émile Cartaihac reconsiderase su postura y publicando, en 1902, un artículo titulado ‘La cueva de Altamira, Mea culpa de un escéptico’ donde reconocía la autenticidad y veracidad del descubrimiento de Marcelino Sanz de Sautuola.

Si hoy se visitan las cuevas de Altamira -cuando se permiten debido a su estado de conservación- se podrá disfrutar de las cavidades llamadas como ‘Vestíbulo’ -primera sala-, una segunda llamada ‘Gran Sala’ que es donde se encuentra la ‘Capilla Sixtina del Arte Cuaternario’ con sus increíbles murales, y otras salas menores.

Las pinturas de las cuevas de Altamira tienen la curiosa característica que se encuentran mezcladas pinturas con grabados de distintos estilos. Se podría decir que generaciones fueron dejando allí su huella pictórica.

En Altamira se encuentran pinturas y grabados policromos, donde destaca el negro, pero también hay figuras de enorme realismo con vivos colores que la adornan y que dejan sorprendido al espectador. Este ejemplo de Arte Rupestre no difiere de otras grandes cuevas en otros puntos de interés como Francia pero si por la calidad del trabajo realizado por aquellos artistas. No obstante en Altamira hay diversidad de trabajos, desde el que son meros esbozos sin mayor trascendencia artística hasta aquellos que son un auténtico alarde de calidad, la ‘Gran Sala’ es el mejor exponente de todo ello.

Primero se pintaba el contorno con grabado, luego se le daba perfiles en negro y finalmente el color que daba como resultante el impresionante dibujo.

Las piezas encontradas en su interior sitúan a Altamira entre el 14.000 a.C. y el 16.900 a.C., entre periodos del Magdaleniense y el Solutrense. Si bien hay pinturas que pudieran ser muy anteriores a dichas fechas, dibujos del periodo auriñaciense que llevan hasta el 37.000 a.C. o los gravetienses del 22.500 a.C.

Sobre la datación precisa se indica por parte de Bernaldo de Quirós Guidolti y Cabrera Valdés en 1994: “Las dataciones obtenidas presentan una media de 14 000 años BP [12 050 a. C.] para el carbón y de 14 450 años BP [12 500 a. C.] para la fracción húmica. Para las figuras de tectiformes de la “Cola de Caballo” atribuidas por A. Leroi-Gourhan al Estilo Hl tenemos una datación de 15 440+200 (Gil’ A 91185) [13 490+200 a. C.]. Si bien las fechas correspondientes al “Gran Panel” son más recientes que las que se poseían para el nivel arqueológico de la entrada de la cueva, 15 910+230 BP (1-12012) [13 960 a. C.] y 15 500+700 BP (M-829) [13 550+700 a. C.], estas (sic) se corresponden con las dataciones correspondientes a los tectiformes de la “Cola de Caballo” “.

Las cuevas de Altamira luchan contra el paso del tiempo y el lógico deterioro que padecen. Están protegidas y las visitas están muy limitadas. El extremo de conservación ha sido tal que se realizó una réplica de las cuevas que eran las que se podían visitan dejando las naturales como espacio cerrado. Altamira podía recibir más de 80.000 visitas (en 1974 casi 175.000 visitas) anuales con el consiguiente daño que ello podía provocar. En la actualidad su acceso está reservado a 5 personas por día que pueden permanecer en su interior por espacio de 37 minutos. En el jardín del Museo Arqueológico Nacional de Madrid se puede encontrar una cueva artificial que recoge la réplica de tan monumental lugar, igualmente en Munich (Alemania) se puede encontrar otra réplica en el Deutches Museum.

Las Cuevas de Altamira son el más bello ejemplo de Arte Rupestre que podemos encontrar, la impresionante realidad con la que han sido pintados sus bisontes y otros animales, sus vivos colores y la composición hacen de ella como una auténtica meca de la prehistoria en el mundo.