Jaime pide trabajo, comida o limosna

El ritmo de la ciudad anuncia la víspera de Reyes. Un trajín continuado de paquetes envueltos, ciudadanos frenéticos y establecimientos abarrotados. En la Avenida Principal, justo enfrente del Hospital Puerta del Mar, un joven, Jaime Alonso -de 24 años- rompe la idílica estampa capitalista con una bofetada de realidad. Sentado entre cajas de cartón, medio rostro oculto por un pasamontañas, muestra en letras mayúsculas un currículo de dos palabras: «Soy electricista». A la profesión le acompañan varias líneas amargas. «Mi familia tiene hambre», avisa sin rodeos. «Necesita ayuda». Acepta trabajo, comida o limosnas. En un pequeño recipiente de plástico, los transeúntes han dejado varias monedas de cobre.

Jaime tiene mujer y un hijo de apenas dos de edad. Suma cuatro años sin un trabajo en regla y tres desde que se mudó de Palencia. La familia de su pareja, que vive en Cádiz, le hablaron de los Astilleros, de posibles oportunidades que creyó a pies juntillas y nunca se dieron. Se mudaron desesperados, ambos desempleados. Desde hace más de un año se sienta en la misma cuadrícula de acera sobre una silla de playa. Se levanta a las seis de la mañana, en San Fernando, donde habita en un pequeño piso del que debe tres meses de alquiler: «Menos mal que el casero es comprensivo, y sabe que si tengo, pago». Y camina durante dos horas hasta Cádiz, por la autovía, paso a paso, 16 kilómetros de lunes a viernes, bajo una fina lluvia o una niebla espesa. Si la jornada ha sido productiva, se permite el lujo de coger un autobús de vuelta, a eso de las nueve de la noche. «Aquí me llevo doce horas».

Se alimenta de lo que la gente le da. A veces, un bocadillo de embutido, otras una fiambrera con macarrones. Nunca se separa de su maleta de herramientas. Una bolsa negra, gastada por el uso, que pesa alrededor de cinco kilos y siempre lleva a cuesta. Adentro, muestra unas herramientas limpias y cuidadas, «si alguien me pide ahora mismo que vaya a su domicilio para un chapuza, acudo de inmediato». Por 20, 25 o 30 euros: «Esa cantidad significa para mí una fortuna». Pronto, quizás, deba emplear sus habilidades en su propio hogar: «No puedo pagar a la compañía eléctrica, y cuando me corte el suministro no voy a dejar a mi pequeño a oscuras. La luz es una necesidad».

No recuerda la última vez que tuvo un contrato. Uno, en regla. Cuando le advierten de los riesgos laborales y la importancia de que le dé de alta el contratista, muestra una cicatriz, oculta por el pasamontañas, que abarca la mitad de su cuello. «Este verano, curraba en negro, como siempre, en Palencia. Sin medidas de seguridad ni nada. Mientras cortaba con la rotaflex, saltó una estaca de madera. Tres centímetros más a la derecha y me mata». Al llegar al Hospital, mintió a la enfermera. Dijo que se había caído contra un cristal. «No me creyó, pero sangraba a chorros y no insistió». Jaime intenta explicar que lo suyo no es una cuestión de aprender una lección. Se trata de necesidad. «Si ahora mismo me piden que me cuelgue de aquel edificio con una cuerda y arregle las grietas, lo hago. No pienso en mis derechos, sino en mi niño», expresa con su marcado acento leonés.

Hace unos días salieron las últimas cifras del paro. Contempló en un periódico gratuito como el presidente del Gobierno presumía del descenso y de la salida de la crisis, de esos brotes verdes y números macroeconómicos. «Resulta todo tan cínico». Un cinismo que omite cómo Jaime la tarde antes tuvo que recoger en casa de un amigo una bolsa de juguetes para que el salón no amaneciera vacío el día de Reyes, que no habla de las colas en los comedores sociales, de unas gafas de vistas obsoletas, antiguas, que no le sirven a sus ojos, de chanchullos en los portales para pinchar la luz y no dejar una vivienda a oscuras. «Leo que si el ministro viaja a tal lugar, que si el marido de no sé quién se ha marchado para eludir la cárcel… Y yo cubierto de mierda. A veces, tengo que saltar para no asfixiarme», concluye Jaime a sus 24 años, con la mirada baja, medio rostro oculto y tres monedas de cobre sobre un recipiente de plástico: «Qué sabrán ellos de la necesidad».

Jaime Alonso