Adiós a Ambrosio Luna, el vecino de La Viña que convirtió su vida en una sonrisa constante
Falleció este fin de semana a los 57 años tras una vida, marcada por la cercanía, el humor y unos difíciles últimos años
Este fin de semana ha fallecido Ambrosio Luna. Igual el nombre no le suene, pero era una de esas personas que no solo vivían el barrio de la Viña, sino que lo representaban. Que eran Viña y Cádiz.
Su vida estuvo siempre ligada a la calle, a la gente y a una forma muy particular de entender la vida que dejó huella en todos los que lo conocieron. Tenía 57 años.
Hablar de Ambrosio es hablar de todo lo que representaba y sentía Cádiz. También de Carnaval. Participó activamente en coros y comparsas, compartiendo escenario y vivencias con nombres reconocidos como Joaquín Fernández Garaboa, El Quini, con quien debutó en su último coro: Arcoiris. También formó parte de comparsas juveniles y de los últimos coros de la Viña.
Su amor por el flamenco fue otra de sus señas personales. No como algo puntual, sino como una pasión constante que acompañó su forma de vivir, de sentir y de relacionarse con su entorno. En él convivían el compás, la calle y esa naturalidad gaditana que no se aprende, se lleva dentro.
Su presencia también fue habitual en la Semana Santa gaditana. Fue cargador del Cristo de la Misericordia, en La Palma, y también de Las Penas, en la iglesia de San Lorenzo. Dos devociones que marcaron su relación con la tradición y que reflejan su compromiso con una Cádiz que vive sus celebraciones desde dentro.
Ahí, bajo los pasos, compartió esfuerzo y compañerismo, formando parte de otra de las grandes expresiones del barrio y de la ciudad.
Los últimos años: dificultades y una lucha constante
En los últimos años, su vida cambió de forma notable debido a los problemas de movilidad. Las dificultades físicas le obligaron a adaptarse a una realidad mucho más limitada, llegando incluso a tener que ingeniárselas para salir de casa en situaciones complicadas.
Durante un tiempo, bajar a la calle suponía un reto diario. Escaleras, barreras y obstáculos que afrontaba como podía, en ocasiones incluso descendiendo los escalones sentado, en un esfuerzo que refleja bien la dureza de esa etapa.
Esa situación mejoró cuando, gracias a la colaboración con algunas amistades y a otras personas, logró acceder a una vivienda en planta baja en la calle Pasquín. Un cambio que le permitió recuperar parte de su autonomía y volver a conectar, en la medida de lo posible, con su entorno.
La familia de Ambrosio Luna, especialmente su hermano José Antonio (responsable actualmente de la Churrería de La Guapa), ha querido mostrar su agradecimiento a todas las personas que han estado cerca durante estos días, así como a quienes, a lo largo del tiempo, compartieron momentos con él en el barrio.
También ha destacado el apoyo recibido en los momentos más difíciles, recordando con especial cariño a quienes hicieron posible que pudiera mejorar su día a día en sus últimos años. José Antonio ha querido tener un recuerdo muy especial para Tomás El Manteca, una de las personas que nunca le falló a Ambrosio.
Destaca con emoción cómo, en los momentos más complicados, siempre estuvo ahí, pendiente de él y asegurándose de que no le faltara algo tan básico como un plato de comida. "Gracias a él nunca le faltó un plato de comida cuando lo necesitaba"; comenta mientras recuerda con cariño como "se colaba en la churrería y me volvía loco".
Una despedida fiel a su forma de ser
Quienes lo conocieron coinciden en algo: Ambrosio fue único hasta el final. En estos últimos años iba en una silla de ruedas eléctricas y bromeaba que él "la cargaba en el despacho del director del banco". Incluso en su despedida dejó detalles que reflejan su personalidad, su forma de ver la vida y su manera de arrancar sonrisas incluso en momentos difíciles.
Porque, como cuenta su hermano José Antonio, lo incineraron con su chaquetón, porque pidió que se lo pusieran porque "en la cámara del tanatorio hace mucho frio". Genio y figura. El lema de uno de los ramos de flores de su familia así lo refleja: "seguid riéndose con él".
Porque si algo define su recuerdo no es solo lo que hizo, sino cómo lo hizo. Con cercanía, con humor, pese a los malos momentos, y con esa autenticidad que no se puede fingir.
La Viña y Cádiz han despidido a uno de los suyos. Pero su nombre seguirá vivo en las conversaciones, en los recuerdos compartidos y en esa forma de vivir Cádiz que él llevó hasta el límite. Con sus luces y sus sombras, pero siempre él mismo.