El portero del Eibar despeja en presencia de Dawda en una acción ya anulada, ya que las estadísticas no dan ninguna parada del meta local. Foto: Cádiz CF.

El Cádiz CF dispara las alarmas con otro vergonzante partido en Eibar que deja a Garitano al borde del cese

El cambio de sistema no corrigió algunos errores, el equipo se rompió tras el 1-0 y la clasificación ya aprieta: cinco puntos sobre el descenso

·

SOS, el Cádiz CF va en picado. El equipo amarillo ha vuelto a tocar fondo en Ipurua. No fue un desastre inmediato. No fue un equipo arrollado desde el primer minuto. Pero sí fue, otra vez, un equipo que se cae cuando el partido se le tuerce. Este Cádiz es un equipo que se descompone y en descomposición. Y que va en picado

Lo de Eibar fue un partido vergonzante. No solo por el resultado. Por la imagen. Por la sensación de equipo superado, desarbolado, sin plan claro y sin capacidad de reacción. Ni en el campo, ni en el banquillo.

Y, por segundo encuentro consecutivo, con errores graves de planteamiento de Gaizka Garitano. Jugadores en lugares que está más que claro que no van a aportar lo que necesita el equipo en lugar de ponerlos en el lugar en el que, más o menos, algo ofrecen.

El técnico volvió a cambiar de dibujo, pero no cambió nada en el desarrollo del partido. El Cádiz entra bien en el choque (todo lo bien que puede entrar un equipo con 1 punto de los últimos 21) y se cae estrepitosamente al primer golpe. Pero antes, ya viene apuntando carencias. Algunas, que se esperan nada más ver la disposición de los jugadores.

Garitano volvió a cambiar. Al menos lo intenta. Pero no acierta. Esta vez, apostó por un 1-5-2-3 con Iza y Cordero como carrileros. Ojo, Cordero de carrilero zurdo, una banda en la que no aporta nada y teniendo que defender. Por delante un doble pivote por dentro y Suso y Dawda en las bandas del ataque.

Sobre el papel, más seguridad. En el campo, las mismas grietas y fragilidad. Sobre todo, la misma tendencia a la descomposición.

Durante la primera media hora el Cádiz estuvo en el partido. No concedió ocasiones claras. Tuvo tramos de posesión (acabó el partido con un 49%) y logró que el Eibar no encontrara remates francos en ese primer tramo. Pero el supuesto control era engañoso.

Ya se veía un equipo largo. Desequilibrado. Con demasiada distancia entre líneas. Con los carrileros muy arriba y los centrales expuestos. Incluso jugando con cinco atrás, aparecían espacios entre líneas y a la espalda. Y con solo dos en el centro del campo, demasiado campo para tapar.

El Eibar empezó a equilibrar el juego y a la media hora ya comenzó a inclinar el campo. No hacía daño aún, pero el Cádiz ya cedía territorio. Era cuestión de tiempo. Un penalti volvió a desnudar la fragilidad de este equipo. Minuto 33. Agarrón innecesario de Jorge More. Penalti tan claro como evitable. Y ahí el equipo volvió a mostrar su mayor debilidad: la mental.

No por el gol. Por la reacción posterior. El Cádiz no sabe gestionar los golpes. No ha remontado un partido en meses. Y cuando encaja, se cae. En Eibar no fue una excepción.

En el 39 Olaetxea ya avisó desde la frontal. En el 42 llegó el 2-0: conducción limpia de Corpas ante cinco defensas y remate de Martín solo en el área pequeña. Cinco defensas. Y nadie defendiendo.

Media hora de aparente equilibrio. Diez minutos de descomposición. 2-0 al descanso y con la dinámica de este equipo, a otra cosa.

Segundo tiempo: impotencia y desesperación

Garitano volvió a intentar corregir tras regalar una hora. Entrada de un lateral específico, Cordero a la derecha, Dawda al centro y Dómina arriba. Pero el problema no era solo el dibujo. Ya no.

El equipo ya estaba emocionalmente superado. Sin tensión tras pérdida. Sin agresividad. Sin convicción. Impotente. Inoperante. Desarbolado. Y, lo que es peor, en una preocupante caída libre.

En el 83, Edu Ares condujo sin oposición entre líneas inexistentes y firmó el 3-0. Un gol que simboliza todo: un equipo abierto en canal, sin estructura defensiva pese a haber empezado con cinco atrás.

El tanto de Ocampo en el 89 fue anecdótico. No maquilló nada. No suavizó nada.

Estadísticas que explican el partido

Las estadísticas no hacen más que confirmar lo que el partido ya transmitía a simple vista: la diferencia competitiva fue clara.

El Eibar remató 14 veces por solo 6 del Cádiz. Pero más allá del volumen, la diferencia estuvo en la calidad y la profundidad: 7 disparos a puerta de los locales por apenas 1 de los amarillos. Nueve remates dentro del área frente a solo dos. Es decir, el Eibar pisó zona decisiva con frecuencia y claridad; el Cádiz apenas inquietó.

También en el juego físico y en las segundas jugadas se impuso el conjunto armero: 23 duelos aéreos ganados por 15, más presencia en área rival y mayor capacidad para imponerse en acciones divididas. Incluso en recuperaciones, donde el Cádiz no estuvo lejos (47 por 42), el dato refleja más necesidad defensiva que dominio real.

La posesión (51%-49%) resulta engañosa. El Cádiz movió el balón. El Eibar movió el partido. Uno acumuló pases; el otro acumuló ocasiones. Y hoy esa es la distancia entre un equipo competitivo y otro frágil: la eficacia, la contundencia y la sensación de superioridad en las áreas.

Errores que se repiten

Es el segundo partido consecutivo en el que Garitano se equivoca en la ubicación de sus hombres y en decisiones tácticas. Los cambios de sistema son lógicos para intentar que reaccione el equipo, pero es imposible con tantos jugadores fuera de posición. Ajustes tardíos. Y una sensación cada vez más evidente de que el técnico no tiene claro qué hacer para levantar al equipo.

Empezó la liga con un casi intocable 4-2-3-1, luego pasó al 4-4-2 y ahora, otra vez, 1-5-2-3. Pero el equipo no reacciona, y el Cádiz sigue siendo frágil.

Cuando un entrenador cambia tanto y el equipo empeora, el problema deja de ser el sistema. Y lo que es peor, la clasificación ya empieza a apretar. El daño ya no es solo en lo emocional y anímico o en la imagen hacia la afición (los cánticos de "olé, olé" cuando el Cádiz movía la pelota con el 2-0 son claros del hartazgo de la grada), ya es también clasificatorio.

El Cádiz cae dos puestos más. Está ahora a cinco puntos del descenso (que marca el Huesca, con el que tiene empatado el golaveraje particular) y a diez del playoff. En pocas semanas ha pasado de mirar arriba a mirar hacia abajo mientras cae.

Garitano queda señalado. La sensación de fin de ciclo es cada vez mayor. El club y la dirección deportiva tampoco quedan al margen. El mercado de invierno no reforzó al equipo, lo debilitó con las lesiones y los refuerzos no han respondido (Dómina apenas ha jugado media hora y Sergio Arribas aún no ha debutado). Sin alternativas reales y sin fondo de armario competitivo, el margen de error es mínimo.

Y el equipo lleva semanas equivocándose. Ahora llegan Zaragoza y Mirandés, convertidas en finales impensables al principio de la segunda vuelta. Pero lo son. Dos partidos clave. Y este Cádiz, que es un resucitador de rivales (Reanimator, como la película ochentera le llamamos en una crónica), no invita precisamente al optimismo.

Ipurua puede no haber sido la sentencia oficial, pero sí parece la sentencia deportiva y real. Garitano se ha quedado casi sin crédito en solo dos meses de 2026. Casi porque el club lo mantiene y parece que lo va a seguir haciendo al menos una jornada más.

Pero en Eibar, de nuevo, el equipo estuvo media hora en el partido. Después, volvió a ser la nada. La preocupante y vergonzante nada. Otra vez.

Temas: Cádiz CF

Ver versión completa