Bombero, con traje amarillo, sacando agua junto a una bomba de achique.
Bombero evacuando agua del garaje.

El edificio Miramar, en Puerto Real, no deja de sufrir dificultades, tras el incendio, ahora una inundación por la borrasca

Así sobreviven las 124 familias del Edificio Miramar tres semanas después del incendio

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Llueve sobre mojado -nunca mejor dicho- en el Edificio Miramar, en la barriada Río San Pedro de Puerto Real. Tras el devastador incendio del pasado noviembre, que redujo a cenizas decenas de vehículos en su garaje y dejó a 124 familias sin un hogar habitable, la borrasca Francis ha golpeado de nuevo.

Las lluvias torrenciales del domingo inundaron las instalaciones ya dañadas, obligando a los bomberos a intervenir una vez más. Los vecinos, que hace pocos días acudieron al pleno municipal para exponer su situación, se enfrentan ahora a un nuevo revés como es vivir un edificio declarado “no habitable”, sin red de saneamiento, sin agua corriente y con la incertidumbre como única certeza.

Semanas después del incendio, el drama humano se extiende entre los escombros y las paredes ennegrecidas del Miramar. La solidaridad de los vecinos ha sido el único refugio ante una situación que se prolonga sin soluciones.

“No nos ha quedado otra que adaptarnos a lo que tenemos”, confiesa uno de los vecinos con voz resignada.

El garaje siniestrado, centro de aquel desastre, sigue siendo escenario de pérdidas. Los operarios de la empresa Reparaciones PAYCAR han trabajado sin descanso para desalojar los últimos vehículos calcinados. Cada coche que se retira va directo al desguace.

Para Vanessa Núñez, una de las afectadas, ese momento fue el golpe final. “Hemos perdido el coche. Va al desguace. Al principio creía que se podía salvar, pero está destrozado”, dice con mucha tristeza.

En otro rincón del barrio, Milagros García, taxista, observa impotente cómo su vehículo sigue en el taller. “Cada día sin coche es un día sin ingresos. No podemos trabajar desde el 20 de noviembre, pero seguimos pagando autónomos, hipoteca y gastos”, explica.

Su historia es la de muchos y que es la de familias atrapadas en una espera eterna, con el futuro suspendido entre peritajes y seguros que no dan respuestas.

Un nuevo golpe: el agua lo agrava todo en Miramar

El reciente episodio de lluvias ha sido la puntilla para unas viviendas que apenas resisten. El garaje, aún sin reparar, ha vuelto a inundarse, afectando de nuevo a la debilitada estructura por el fuego.

Equipos técnicos y peritos de las aseguradoras trabajan contrarreloj para evaluar los daños, pero sin resultados inmediatos. “Antes de empezar las obras hay que conocer con exactitud los daños y garantizar que las empresas puedan trabajar con seguridad”, indica Paola Ruiz, administradora de Omega Fincas, que gestiona la comunidad.

Mientras tanto, la vida en el Miramar se ha convertido en todo un ejercicio de resistencia. Los vecinos sobreviven sin red de saneamiento ni agua potable. Solo una parte del edificio, conocida como “zona verde”, ha recuperado parcialmente el uso de fregaderos.

El resto depende de aseos químicos instalados en la calle y de una toma de agua temporal en el patio comunitario. Para ducharse, muchos caminan hasta la Sala de Barrio o el centro cívico o se les ve cargando garrafas de agua.

“Llevamos semanas fuera de casa y no sabemos hasta cuándo”, lamenta otra vecina que vive temporalmente con familiares en Cádiz. “Tengo miedo de entrar hasta que confirmen que la estructura es segura”, decía con enorme resignación. Su optimismo inicial empieza a desvanecerse entre noches prestadas y promesas sin fecha.

El conflicto con las aseguradoras agrava aún más la situación. Aunque el seguro ha asumido parte de los daños, los seguros particulares de viviendas y vehículos generan disputas que dejan a muchos desprotegidos.

Al respecto de ellos indican que “cada vecino tiene una letra pequeña diferente” en el que el resultado es mucha incertidumbre, tensiones y un sentimiento creciente de abandono institucional.

La imagen de los aseos químicos en plena calle, de los vehículos carbonizados saliendo del garaje y de las bombas drenando el agua resume el drama que viven las familias del Miramar.

Lo que comenzó como un incendio accidental se ha transformado en una tragedia ya muy prolongada, un recordatorio de la fragilidad de la vida cotidiana y de la lentitud con que llega la ayuda cuando las llamas se apagan pero el problema continúa.