La crónica del Cádiz CF-UD Almería de Vera Luque: Se quiere pero no se puede y viceversa
El autor se muestra crítico con la aptitud y la actitud de jugadores y responsables del Cádiz CF
Cuando uno equipo tiene síntomas de desidia, lo normal es que se pierdan los balones divididos, y que los delanteros contrarios se inserten en las líneas propias como cuchillo en mantequilla. Si a esa desidia le agregamos unas dosis de mala puntería e insuficiencia de calidad para la categoría, el cataclismo es casi seguro.
Ya entonces sólo puede salvarlo la aparición de manojitos de buena suerte, mantener una flor en el yamentiende o tener un ombligo de dimensiones gigantescas para sacar para adelante partidos que según las leyes de la lógica se perderían siempre.
Esas dosis de buena estrella ya las consumimos a principios de temporada, o sea que tampoco podemos quejarnos mucho. Así que la fórmula está clara, desmoronamiento es igual a desidia por flojera al cuadrado más desaciertos dividido todo ello por calidad. O lo que es lo mismo, el fracaso es directamente proporcional al trote cochinero de más de uno e inversamente proporcional a lo grande que le queda la categoría al resto.
Cuanto mayor es el nivel de tocahuevismo y menor es el nivel de fútbol en sí, mayor es la distancia que nos irá separando de la gloria, y menor la que nos irá acercando al infierno. Así de primeras, parece un lío. Pero es matemática pura, aunque digan que en el fútbol dos y dos no son cuatro. A veces sí.
Hablando de aptitudes, miremos a los despachos más que al campo. Jornada a jornada se evidencia la capacitación de la mayoría de los futbolistas, casi todos llegados de divisiones inferiores con escasa experiencia más allá, para competir en una división tan exigente como la Segunda española. Se anuncia ya la primera incorporación para el año que viene, consistente en un central de un equipo de mitad de la tabla de la liga eslovena.
Este año vinieron jugadores como Caicedo, con 21 añitos y que jugaba en la Segunda División belga, o el propio Dawda, militante en el filial del Girona y que ni siquiera ha probado las mieles de la internacionalidad con su país, Mauritania, la 115ª en el ranking FIFA.
La llegada de Suso ha sido el placebo ofrecido al aficionado, mientras se tramita el resto de movimientos como el que juega a la lotería, a ver si se acierta o no con este o aquel futbolista que pueda rendir más en el libro de cuentas que en el campo. Las lesiones han dejado a la planificación deportiva en paños menores, y en el caso de que se tuviera que recurrir a las categorías inferiores, resulta que el Mirandilla es más proveedor del Sanluqueño que del primer equipo.
Y lo más grande es que ya no hay marcha atrás, y con lo que tenemos nos la jugamos de aquí a Junio. Ahora que estamos en pleno COAC, no sabría como definir la situación: si con el nombre de la comparsa de Bienvenido, o con el de la chirigota de Chiclana de Melli y Molina. O con los dos a la vez.
Volviendo a lo que tenemos en el vestuario, está claro que Dawda no es delantero titular para ascender a Primera. Durante su carrera en solitario hacia la portería de Fondo Norte buscando el duelo uno a uno contra el portero, muchos pensábamos en la resolución a favor del guardameta. Nos han acostumbrado a confiar poco, que por otro lado no está mal porque así nos ahorramos el disgustazo: lo vemos venir.
Aún así, el chaval pone voluntad, qué menos. Lo que sí me parece un insulto y una falta de respeto es la actitud de Ocampo a ese colectivo al cual pertenezco, es decir: el de ex-chavalitos voluntariosos, gorditos que soñaron algún día ser futbolistas, pero cuyas carreras quedaron cortadas en el momento en el que aún sin haber llegado a la pubertad, se dieron cuenta que eran un “no” de libro.
Alguna vez habrá que decirle a este chaval que, idas y venidas mentales lógicas y espero que subsanables aparte, muy pocos llegan a jugar donde él juega. No me importa la nómina. Es la posibilidad que él sí ha tenido por delante, y que cientos de miles de niños y niñas del mundo sueñan, incluso apuntan a ello, pero resulta que nunca les llegó. El don de jugar a la pelota mejor que ninguno en la clase y en el barrio. Y que ese don te lleve a defender la camiseta de tu país, Uruguay ni más ni menos, y de competir en una de las mejores Primeras y Segundas Divisiones del planeta.
Verlo trotar, pasar la pelota con esa dejadez, o reflejar unas ganas de jugar nulas, como el que le tira caños a un colega en la arena mojada de los Corrales vigilando que no lleguen los locales, toca la moral del aficionado que agarra el paraguas y el chubasquero a verlo en una tarde de perros, del niño grande que quiso ser futbolista y no pudo, o del que vivió la gloria de futbolistas que ya se jubilaron y que se tatuaron al torso una camiseta amarilla y al pecho un triángulo isósceles boca abajo con Hércules y dos leones en su interior. Venga ya, hombre.