Javier Tebas, presidente de LaLiga.
Javier Tebas, presidente de LaLiga.

La gestión del aplazamiento del Cádiz CF–UD Almería evidencia la desconexión de LaLiga con la realidad. Y no es la primera vez

La decisión tardía de aplazar el partido pese a la alerta naranja, la recomendación policial y la emergencia en la provincia evidencia un modelo que da la espalda a la afición y a la ciudad

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Hace tiempo que el fútbol profesional dejó de caminar de la mano de su gente. Horarios pensados para la televisión, calendarios ajenos a la vida de las ciudades y decisiones tomadas desde despachos lejanos han ido erosionando el vínculo entre el fútbol y su contexto social. Lo ocurrido con el Cádiz CF–UD Almería no es un hecho aislado, sino un síntoma más de esa desconexión estructural.

El partido, correspondiente a LaLiga Hypermotion, terminó siendo aplazado tras horas de incertidumbre, avisos ignorados y decisiones tomadas a última hora. Todo ello en una provincia golpeada por un temporal severo, con alerta naranja activa desde días antes y con una situación de emergencia real en numerosos municipios gaditanos.

La Agencia Estatal de Meteorología llevaba días advirtiendo de un episodio de lluvias intensas, rachas de viento de hasta 100 km/h y fuerte temporal marítimo. No se trataba de una previsión cambiante ni de una alerta puntual: el riesgo estaba identificado con antelación suficiente.

En ese contexto, se celebró una reunión de seguridad previa al encuentro. De ella salió una recomendación expresa de la Policía Nacional: evitar desplazamientos innecesarios hacia Cádiz, especialmente desde la provincia de Almería. Un mensaje poco habitual, claro y directo, que ponía el foco en la seguridad de los aficionados.

Pese a ello, el partido siguió adelante durante horas. Ni LaLiga ni los organismos competentes tomaron una decisión inmediata, prolongando la incertidumbre y manteniendo activo un evento que implicaba desplazamientos, movilización de recursos públicos y concentración de personas.

Mientras el fútbol seguía en el aire, la ciudad sí reaccionaba. Durante la jornada previa ya se habían suspendido actos, cerrado instalaciones municipales y aplazado eventos culturales y sociales por el mismo motivo: la alerta meteorológica y el riesgo asociado.

Aficionados de ambos equipos comenzaron a pedir públicamente el aplazamiento del partido. Muchos abonados del Cádiz CF no residen en la capital y debían desplazarse desde otros puntos de la provincia, precisamente aquellos más afectados por el temporal. En paralelo, seguidores del Almería ya estaban en ruta o incluso en Cádiz cuando se mantenía oficialmente el “se juega”.

El escenario rozaba el absurdo: fútbol sí, pero con recomendaciones para no acudir; partido programado, pero con la ciudad cerrando espacios y servicios; un espectáculo deportivo que podía terminar disputándose sin público mientras fuerzas de seguridad y sanitarias, ya tensionadas por la borrasca, debían estar pendientes del evento.

Finalmente, el encuentro fue suspendido y, posteriormente, aplazado con fecha y hora concretas, permitiendo que los aficionados desplazados pudieran reorganizar su regreso sin necesidad de prolongar su estancia en Cádiz. Una solución razonable, pero tardía.

La sensación general fue que la decisión llegó por acumulación de presión —avisos oficiales, recomendación policial, suspensión de otros eventos— más que por una gestión preventiva. El problema no fue el aplazamiento en sí, sino el momento elegido para adoptarlo.

Cuando se actúa a última hora, el daño ya está hecho: viajes innecesarios, recursos movilizados, incertidumbre para clubes y aficionados, y una imagen de improvisación que vuelve a repetirse.

Lo ocurrido no es un hecho aislado. En Cádiz existen precedentes claros de esa falta de conexión entre el fútbol profesional y la realidad de la ciudad.

Partidos programados coincidiendo con la final del COAC en el Gran Teatro Falla, incluso tratándose de derbis andaluces y del evento cultural más seguido de Andalucía. Encuentros fijados en plena Semana Santa, en horarios incompatibles con una ciudad de fuerte tradición cofrade, mientras en otros territorios con menor impacto social se opta por franjas más razonables. Choques señalados en fechas y horas que exigen un despliegue extra de cuerpos de seguridad y servicios sanitarios, coincidiendo con grandes eventos o situaciones excepcionales.

Todo ello responde a una misma lógica: el calendario manda, la televisión manda, y el contexto local queda en un segundo plano.

El caso del Cádiz CF–UD Almería confirma una sensación cada vez más extendida: LaLiga reacciona, pero no se anticipa. Decide, pero tarde. Y lo hace desde una lógica que parece ajena a la realidad social, climática y humana de las ciudades que sostienen el fútbol.

El resultado es un modelo que presume de modernidad mientras se aleja de su base: los aficionados, la ciudad y el entorno. Fútbol para todos, pero sin contar con todos.