La ventaja natural de Cádiz frente a los grandes incendios que arrasan miles de hectáreas
Por qué Cádiz tiene una barrera natural frente a los megaincendios que arrasan otras zonas de España
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Los grandes incendios forestales que golpean distintos puntos de España encuentran en Cádiz unas condiciones diferentes. Fernando Ojeda, catedrático de Botánica de la Universidad de Cádiz y especialista en Ecología del Fuego, considera difícil que en la provincia se produzcan fuegos de las dimensiones observadas en otros territorios.
La explicación está en un paisaje diverso que funciona como un mosaico natural, aunque esa ventaja no elimina las amenazas. El cambio climático, el abandono del campo y determinadas transformaciones forestales han creado un escenario cada vez más favorable para incendios intensos.
Un paisaje que puede frenar el avance de las llamas
Cádiz reúne una gran variedad de cubiertas vegetales y espacios muy diferentes entre sí. Esa fragmentación del territorio dificulta la continuidad del combustible que necesitan los grandes incendios para avanzar durante kilómetros sin encontrar obstáculos.
Ojeda pone como ejemplo los profundos valles con vegetación de laurisilva. La existencia de estos ambientes, junto a otros tipos de bosque, matorral, pastizales, cultivos o dehesas, configura un territorio distinto de las extensas masas forestales homogéneas.
Pero el riesgo sigue presente. Durante el verano se han registrado incendios en Barbate y en la Sierra de Cádiz, mientras que 27 municipios de la provincia aparecen incluidos total o parcialmente en zonas de peligro de incendios según el Plan Infoca.
El alcalde de Grazalema, Carlos García, señala dos elementos que pueden agravar cualquier fuego: las temperaturas extremas y el progresivo abandono del campo.
El cambio en la forma de habitar el medio rural ha reducido actividades que durante décadas mantenían parte de la vegetación bajo control.
Hace aproximadamente 60 años, muchas familias residían directamente en las fincas. Había huertos, animales y aprovechamiento de leña. Esa actividad suponía también una retirada constante de biomasa.
El abandono rural cambió los montes de la Sierra de Cádiz
El ecologista Juan Clavero vincula parte de esta transformación con la desaparición de actividades tradicionales. La extensión del butano redujo la necesidad de carbón vegetal y terminó afectando al carboneo, del que dependieron durante décadas numerosas localidades de la Sierra.
Jimena, Algar, Alcalá, Benaocaz, Zahara, Benamahoma o Algodonales estuvieron vinculadas de diferentes formas al aprovechamiento del monte. Con el retroceso de esas actividades y el desplazamiento de población hacia los núcleos urbanos, el matorral recuperó espacios anteriormente utilizados.
La presencia humana tampoco impedía los incendios. Las labores agrícolas y forestales podían originar fuegos, pero la menor cantidad de combustible y la presencia permanente de trabajadores facilitaban una intervención rápida.
A este proceso se suma la herencia de las grandes forestaciones realizadas durante el siglo XX. Terrenos considerados poco productivos fueron ocupados por plantaciones de pinos y eucaliptos. Según Ojeda, algunas alcanzaron densidades cercanas a los 2.000 árboles por hectárea, frente a cifras de alrededor de 200 árboles que serían habituales en otros escenarios.
Cuando una masa forestal acumula tanta biomasa, el comportamiento del incendio cambia. El fuego forma parte de los ecosistemas mediterráneos y determinadas especies tienen mecanismos naturales para recuperarse.
El problema aparece cuando la intensidad es tan elevada que afecta profundamente al suelo y a los refugios de numerosas especies.
Limpiar el monte no significa eliminar el sotobosque
El debate sobre la prevención también ha colocado en primer plano la llamada limpieza de los montes. Los especialistas advierten de que desbrozar indiscriminadamente puede generar otros problemas ambientales.
Ojeda recuerda que el sotobosque alberga insectos, polinizadores, aves y microorganismos esenciales para el funcionamiento del ecosistema. Por eso diferencia entre actuar en plantaciones forestales o crear franjas de seguridad alrededor de los pueblos y eliminar vegetación de forma generalizada.
Clavero apunta además al riesgo de erosión en terrenos con pendiente. La desaparición de determinadas cubiertas vegetales facilita que el suelo sea arrastrado hacia zonas bajas y embalses. También considera importante conservar espacios como las dehesas y los olivares serranos, capaces de actuar como discontinuidades dentro del paisaje.
La prevención incluye igualmente obligaciones para propietarios públicos y privados. Los trabajos de poda, retirada de madera seca o mantenimiento están permitidos, aunque existen restricciones destinadas a proteger determinados ecosistemas y limitaciones estivales sobre actividades capaces de provocar incendios.
El reto para Cádiz pasa así por conservar precisamente aquello que hoy juega a su favor: un territorio heterogéneo. El mosaico natural puede dificultar que un incendio alcance dimensiones gigantescas, pero las olas de calor prolongadas y la acumulación de combustible están modificando las condiciones en las que cualquier fuego comienza a propagarse.