División ideológica y espiritual en el islam.

El islam dividido, la batalla secreta entre los moderados y los fanáticos religiosos

Los ecos del fanatismo: fractura ideológica y religiosa en el islam contemporáneo

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La historia reciente de Afganistán y del mundo musulmán refleja una profunda tensión sostenida entre las dos corrientes del islam, como es el moderado y el fundamentalismo religioso, dos visiones irreconciliables que compiten por el alma de más de mil millones de creyentes.

En el centro de esta fractura se encuentra el peso de las tradiciones más tribales, la influencia de las potencias extranjeras así como de la interpretación del Corán, manipulada durante décadas por grupos que han confundido fe con dominación.

El caso de los uzbekos afganos ilustra bien esta compleja y difícil trama. Herederos de una tradición guerrera que se remonta a las hordas de Gengis Kan, su carácter luchador y combativo no bastó para resistir la irrupción de los talibanes en 1996.

Con el respaldo de Pakistán, Arabia Saudí y el apoyo financiero -en su momento- de Osama Bin Laden, los fundamentalistas impusieron un régimen de terror sustentado y apoyado en una interpretación rigorista del islam suní.

Aquella visión cercenó de forma radical las libertades civiles así como instauró una separación total entre hombres y mujeres, negando a estas últimas el derecho a la educación y al trabajo, en abierta contradicción con los principios coránicos de igualdad y dignidad.

El periodista pakistaní Ahmed Rashid, autor de Los talibán, recordaba cómo en la ciudad de Herat, antes de la llegada de los integristas, las mujeres hablaban francés y adoptaban las modas occidentales sin imposiciones religiosas.

A mediados de los noventa, un 40 % de las mujeres en Kabul trabajaba, acudía al cine y participaba en la vida pública. Con el dominio talibán, ese mundo desapareció.

El burka se convirtió en símbolo de sometimiento y la educación femenina fue prohibida. Las patrullas de la “policía de la virtud” vigilaban con látigos el cumplimiento de las normas, castigando con violencia cualquier desviación del modelo impuesto.

Paradójicamente, el extremismo de los talibanes fue censurado incluso por autoridades religiosas chiíes. En 1996, el ayatolá iraní Ahmad Jannati denunció que la exclusión de las mujeres de la vida social en nombre del islam era una traición a la propia religión.

No obstante, el silencio de buena parte del mundo suní, en especial de Arabia Saudí y los estados del Golfo, permitió la consolidación del fanatismo.

Años más tarde, la invasión estadounidense de Afganistán en 2001 dispersó al régimen, pero no eliminó sus raíces ideológicas, que resurgieron bajo nuevas formas, desde Al Qaeda hasta el ISIS.

División entre los intelectuales sobre la teocracia entre los musulmanes

Esta deriva teocrática contrasta con la voz de los intelectuales musulmanes que reivindican la dimensión racional y humanista del islam.

El escritor marroquí Tahar Ben Jelloun ha insistido en que el terrorismo y la intolerancia son una traición a la esencia espiritual del Corán.

En su opinión, cada atentado perpetrado en nombre de Alá es también un ataque contra el islam mismo, pues refuerza el estigma de que religión y violencia son inseparables.

Otro autor relevante, el tunecino Abdelwahab Meddeb, en su ensayo La enfermedad del islam, comparó el integrismo contemporáneo con la intolerancia que afectó al catolicismo en la Europa premoderna.

Según Meddeb, la “patología” del islam actual es el fanatismo, y su remedio pasa por una reforma educativa que recupere la memoria de la diversidad intelectual y espiritual que caracterizó a las sociedades musulmanas medievales, cuando la ciencia y la filosofía florecían en Bagdad o Córdoba.

También hay figuras contemporáneas que desafían desde dentro las estructuras patriarcales y dogmáticas del islam.

La abogada turco-alemana Seyran Ates, autora de El islam necesita una revolución sexual, fundó en Berlín una mezquita mixta donde rezan juntos hombres y mujeres.

Su iniciativa le valió amenazas de muerte y una fatua de la Universidad de Al Azhar, máxima autoridad suní, lo que demuestra hasta qué punto la disidencia religiosa sigue siendo percibida como un desafío intolerable.

El islam vive hoy una batalla interna de dimensiones ideológicas, teológicas y culturales. Como señaló el politólogo Sami Naïr, el conflicto no se libra entre Oriente y Occidente, sino dentro del propio mundo musulmán, en dos partes como entre el conservadurismo religioso que perpetúa estructuras autoritarias, los regímenes políticos que se sostienen en la represión, y los intelectuales reformistas que buscan reconciliar fe y modernidad.

Las Primaveras Árabes de 2010 parecieron anunciar una apertura, pero la esperanza fue efímera. La represión en Egipto, la guerra en Siria o el retorno de los talibanes en Afganistán han demostrado que la fractura entre el islam político y el islam espiritual sigue abierta.

La verdadera revolución pendiente en el mundo musulmán no será militar ni económica, sino ideológica: una reinterpretación de la fe que devuelva a los creyentes la libertad que el fanatismo les arrebató.

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