Imagen aérea de Jesús de Nazaret crucificado y muerto.
Jesús muerto en la cruz.

La Ciencia revela qué ocurrió realmente en el cuerpo de Jesús durante la crucifixión

Qué sintió realmente Jesús en la cruz: el análisis médico que cambia lo que creíamos saber

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Durante siglos, la muerte de Jesús de Nazaret ha sido interpretada como un misterio espiritual y también teológico. Pero la ciencia moderna ha permitido mirar ese episodio desde otra perspectiva: la del cuerpo.

A través de la medicina forense, la anatomía, la física y la bioquímica, hoy es posible poder reconstruir con precisión qué ocurre en un organismo humano sometido a una crucifixión. Lejos de la iconografía religiosa, la realidad fisiológica de este suplicio desvela un fenómeno biológico extremo y devastador.

La cruz romana no era un simple instrumento de ejecución puesto que era un sistema pensado para llevar el cuerpo al límite.

El peso suspendido por los brazos provoca una tensión continua que disloca los hombros y comprime tremendamente los nervios torácicos. La gravedad empuja hacia abajo, mientras los clavos insertados -en caso de estar clavado puesto que también se solían atar con cuerdas- en muñecas y pies impiden el descenso, generando una tracción  que resulta dolorosa e insoportable sobre tendones y músculos.

Cada intento de respirar se convierte en una lucha. Para exhalar, el cuerpo debe elevarse apoyándose en los clavos de los pies, lo que produce un círculo de sufrimiento creciente ya que el esfuerzo agota los músculos, el agotamiento impide respirar y la falta de oxígeno acelera el colapso.

Los estudios del investigador Stephen Bordes han demostrado que la presión sobre las muñecas genera una contracción involuntaria de los dedos, dejando las manos en una posición de “garra”, igual que se observa en muchas esculturas del crucificado.

La asfixia como causa de muerte por crucifixión

La muerte en la cruz no se produce por desangramiento, es producida por asfixia progresiva. Al permanecer suspendido, el tórax no puede contraerse y el aire queda atrapado. Para exhalar, el condenado debe erguirse una y otra vez, hasta que la fatiga muscular se lo impide.

La respiración se vuelve superficial, el oxígeno disminuye enormemente y el dióxido de carbono se acumula en la sangre, generando una acidosis que descompensa el corazón y los riñones.

En 1986, un estudio publicado en el Journal of the American Medical Association explicó que la combinación de hipoxia, acidosis metabólica así como el shock hipovolémico justifica el fallecimiento en pocas horas.

A diferencia de otros crucificados que podían agonizar durante días, Jesús, debilitado por la flagelación, entró en un colapso de una forma acelerada. Según el médico Pierre Barbet, el “grito final” que recogen los evangelios pudo ser la última contracción involuntaria del diafragma antes del cese respiratorio de forma definitiva.

El lenguaje también conserva una huella de esa fisiología. En latín, exspirare es sinónimo literal de “soplar hacia fuera”. De ahí derivan los términos espiración, para la fase de la respiración, y expiración, como sinónimo de morir.

Cuando se dice que Jesús “expiró”, no es una metáfora sino que se describe el acto físico de exhalar el último aliento. En ese punto, el cuerpo se vacía de aire y de vida, en una coincidencia perfecta entre fisiología y simbolismo.

Una visión forense del arte barroco

La escultura del Cristo del Cachorro de Sevilla, tallada por Francisco Antonio Ruiz Gijón en 1682, captura con enorme realismo ese instante con precisión anatómica.

El tórax hundido, la boca entreabierta y las venas tensas reflejan el colapso respiratorio descrito por la medicina moderna. No representa a un Cristo dormido, sino a un cuerpo que acaba de exhalar -o está exhalando- su último aliento.

Sin saberlo, el artista sevillano esculpió una auténtica escena forense mostrando el punto exacto entre la vida y la muerte e inspirado, según la leyenda, en la muerte de un gitano de Triana.

La ciencia contemporánea incluso ha logrado modelar la crucifixión mediante ecuaciones y, de esta forma, un hombre de 70 kilos suspendido con los brazos abiertos soporta una fuerza de más de 50 kilos en cada hombro, esto es un valor suficiente para dislocar las articulaciones.

La pérdida de sangre puede estimarse con fórmulas de flujo laminar, y la fatiga muscular se representa como una función exponencial que decrece de forma muy rápida.

El cuerpo del crucificado se convierte así en un sistema biológico y matemático que está al borde del colapso, donde cada variable —como son el peso, gravedad, oxígeno, dolor— empuja al mismo desenlace como es la expiración, ese último soplo que une lo físico y lo espiritual.