Santa Sofía en Estambul.

De imperio invencible a desaparición total, la historia completa del Imperio Otomano

El mayor imperio del Mediterráneo que acabó desmembrado por Europa

·

Durante más de seis siglos, el Imperio Otomano fue, sin duda alguna, una de las potencias más vastas e influyentes de la historia mundial.

Desde su fundación en el año 1299 por Osmán I, hasta su desaparición luego de la Primera Guerra Mundial, este imperio extendió sus dominios desde Europa central hasta Arabia y desde el norte de África hasta el Cáucaso.

Su herencia, marcada por la expansión militar, la diversidad cultural y las tensiones internas, moldeó buena parte de la Historia política y social del Mediterráneo y Oriente Próximo.

El auge otomano tuvo su comienzo con una serie de campañas militares que culminaron en 1453 con la conquista de Constantinopla por Mehmet II, acontecimiento que puso fin al milenario Imperio Bizantino y el inicio a otro "imperio".

La ciudad, rebautizada como Estambul, se convirtió en el eje y centro político, económico y religioso de la nueva potencia.

Desde allí, los sultanes extendieron su dominio sobre los Balcanes, el Medio Oriente, el Magreb y el mar Rojo, estableciendo un imperio que era marcadamente transcontinental que unía tres continentes y controlaba rutas comerciales vitales.

A diferencia de otros imperios contemporáneos, el otomano no fue exclusivamente islámico ni étnicamente turco. En su interior convivían diferentes credos como musulmanes, cristianos ortodoxos, armenios y judíos, bajo un sistema de tolerancia relativa sustentado en la fidelidad al sultán y el pago de tributos.

Esta estructura plural, conocida como millet, facilitó y permitió a las comunidades religiosas conservar cierta autonomía, aunque siempre bajo la supremacía política y militar de la Sublime Puerta.

El reinado de Solimán el Magnífico (1520-1566) representó el apogeo del poder otomano. Durante su mandato, el imperio alcanzó su máxima extensión territorial y se consolidó como una potencia global.

Solimán no solo fue un hábil estratega militar, sino también un promotor de las artes, las leyes y la arquitectura, bajo cuyo patrocinio floreció la cultura otomana.

Pero este esplendor contenía ya las semillas del declive: la rigidez administrativa, el creciente poder de las cortes internas y la corrupción de los cuerpos militares, como los jenízaros, erosionarían gradualmente su estabilidad.

El siglo XVII marcó un punto de inflexión. Las derrotas militares frente a Austria y Polonia y el fracaso del asedio de Viena en 1683 simbolizaron el comienzo de la decadencia.

La pérdida de territorios, la corrupción administrativa y las tensiones sociales deterioraron el control central.

Las reformas emprendidas por sultanes como Selim III y Mahmud II buscaron modernizar el Estado siguiendo modelos europeos, pero encontraron resistencia de las facciones conservadoras y los propios jenízaros, cuyo poder político se había vuelto insostenible.

Durante el siglo XIX, el imperio se vio sacudido por los nacionalismos que emergían entre sus pueblos. Griegos, serbios, árabes y armenios comenzaron a reclamar independencia, alentados por las ideas ilustradas de soberanía y libertad.

En paralelo, la Revolución Industrial europea debilitó aún más la economía otomana, dependiente de las importaciones y de la deuda con potencias extranjeras.

Cambios en el imperio Otomano

La Guerra de Crimea (1853-1856) reveló la fragilidad del imperio, que pese a combatir del lado de los vencedores, quedó endeudado y subordinado a los intereses de Francia y Reino Unido.

El cambio de siglo trajo los últimos intentos de regeneración. El movimiento de los Jóvenes Turcos, impulsado por militares y reformistas, logró en 1908 restablecer la Constitución y convocar un Parlamento.

Pero el estallido de las Guerras Balcánicas y la Primera Guerra Mundial aceleraron el colapso. En 1915, el genocidio de la población armenia, acusado de colaborar con Rusia, marcó uno de los episodios más oscuros de su historia.

Al término del conflicto, el Tratado de Sèvres (1920) selló la desintegración del imperio y el reparto de sus territorios entre las potencias europeas.

El último acto del Imperio Otomano se consumó en 1922 con la abolición del sultanato.

El liderazgo de Mustafa Kemal Atatürk, héroe de la batalla de Galípoli, condujo a la fundación de la República de Turquía en 1923, proclamando el fin de una era imperial que había durado más de seiscientos años.

Bajo su dirección, el nuevo Estado adoptó principios laicos y reformistas, alejándose definitivamente de la estructura teocrática heredada del pasado otomano.

El legado del Imperio Otomano perdura en la compleja identidad de Oriente Próximo, en su mezcla de culturas y religiones, y en las fronteras políticas que todavía hoy reflejan las decisiones tomadas tras su desaparición.

Fue un imperio de contrastes, tuvo esplendor y decadencia, de convivencia y conflicto, de poder y desintegración. Su historia sigue siendo, más de un siglo después, un espejo de los desafíos de la modernidad en una región marcada por su memoria imperial.

Ver más de Gente