Descubren en Egipto el rastro más antiguo de la peste negra, existía 3.300 años antes de la Edad Media
Un hallazgo en Egipto reescribe la historia de la peste negra: la bacteria ya existía 3.300 años antes de la Edad Media
El reciente hallazgo de ADN de Yersinia pestis en una momia egipcia de hace 3.300 años ha sacudido los cimientos de la historia médica y arqueológica.
Hasta ahora, se creía que la peste negra, responsable de la muerte de más de un tercio de la población europea en el siglo XIV, había surgido en Eurasia durante la Edad Media.
Pero, un equipo internacional de investigadores ha demostrado que el patógeno ya circulaba miles de años antes en el norte de África, durante el periodo de transición entre el Segundo Período Intermedio y el Imperio Nuevo egipcio.
El estudio, realizado sobre restos momificados conservados en el Museo Egizio de Turín, constituye la primera evidencia genética directa de la presencia de Yersinia pestis fuera de Eurasia en la antigüedad.
El hallazgo, según los especialistas, obliga a reconsiderar la narrativa histórica de la pandemia y a explorar cómo las enfermedades infecciosas se integraron en la vida y muerte de las civilizaciones tempranas.
Un pasado más antiguo de la peste
Aunque la peste negra es recordada como el azote medieval que devastó Europa entre 1347 y 1351, sus raíces son mucho más antiguas. Investigaciones previas habían identificado rastros de la bacteria en restos humanos hallados en Rusia y Asia Central de hace unos 5.000 años.
No obstante, hasta este descubrimiento, no se había logrado comprobar su presencia en el continente africano.
El individuo momificado, fechado en unos 3.290 años de antigüedad, presentó fragmentos del genoma bacteriano tanto en el tejido óseo como en el contenido intestinal. Esto indica que padeció una infección activa en el momento de su muerte, probablemente en una fase avanzada.
Los síntomas descritos por los textos médicos egipcios —fiebres intensas, inflamaciones dolorosas y secreciones purulentas— concuerdan con los efectos conocidos de la peste bubónica, que ataca el sistema linfático y puede causar necrosis, hemorragias internas y fallo multiorgánico.
Las pistas del Nilo y las ratas
Durante décadas, los especialistas habían sospechado la existencia de la peste en el antiguo Egipto a partir de indicios indirectos.
En excavaciones realizadas en Amarna, el asentamiento donde trabajaron los obreros de la tumba de Tutankamón, se hallaron pulgas fosilizadas, conocidas transmisoras de la bacteria.
El Papiro Ebers, uno de los textos médicos más antiguos del mundo, describe con precisión síntomas compatibles con infecciones bubónicas.
La nueva evidencia genética refuerza la hipótesis de que la enfermedad pudo haberse propagado a lo largo del valle del Nilo a través de ratas y sus pulgas infectadas.
Estos roedores, comunes en los entornos agrícolas y los almacenes de grano, habrían sido un vector clave en la transmisión entre humanos.
Los barcos mercantes que recorrían el río y el Mediterráneo podrían haber contribuido a la dispersión del patógeno hacia otras regiones, anticipando las rutas epidémicas que siglos después devastarían Eurasia.
El hallazgo plantea interrogantes profundos sobre el papel de las enfermedades infecciosas en las primeras sociedades organizadas.
Si la peste ya estaba presente en Egipto hacia el 1300 a.C., es posible que existieran brotes locales que pasaron inadvertidos o fueron atribuidos a causas divinas, de acuerdo con la cosmovisión religiosa de la época.
La densidad urbana y los contactos comerciales del Imperio Nuevo pudieron haber favorecido episodios epidémicos de los que no quedaron registros escritos, pero sí biológicos.
Desde una perspectiva científica, disponer de un genoma tan antiguo de Yersinia pestis abre la posibilidad de trazar su evolución genética.
Comparando estas muestras con otras más recientes, los investigadores podrán estudiar cómo la bacteria modificó su estructura, aumentó su virulencia o adquirió resistencia a los mecanismos de defensa humanos.
Este tipo de análisis es fundamental para comprender la dinámica de los patógenos que aún hoy representan amenazas globales.
El ADN bacteriano hallado en la momia no solo cambia la cronología de la peste, sino que resalta la continuidad de las pandemias en la historia humana.
En un Egipto profundamente dependiente del Nilo, donde las ratas convivían con las comunidades agrícolas, una enfermedad de esta naturaleza pudo haber tenido consecuencias económicas y sociales significativas, alterando la fuerza laboral, los sistemas de abastecimiento y la estabilidad política.
Además, este descubrimiento es un triunfo de la investigación interdisciplinaria. La combinación de técnicas modernas de biología molecular con la arqueología clásica permite reconstruir aspectos invisibles del pasado y revelar que las grandes crisis sanitarias no son exclusivas de la modernidad.
En los restos microscópicos del tiempo, la humanidad redescubre su vulnerabilidad ante un enemigo que la acompaña desde hace milenios.