Jomeini aclamado en Teherán.

El ayatolá que derribó a un rey: cómo Jomeini transformó Irán en una teocracia radical

Ruhollah Jomeini: el clérigo que transformó Irán y derribó una monarquía de siglos

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La Revolución Islámica de 1979 cambió de forma radical el rumbo político de Irán y alteró el equilibrio geopolítico de Oriente Medio.

En el centro de ese proceso se encontraba el ayatolá Ruhollah Jomeini, un líder religioso chií que pasó de ser un crítico del poder monárquico a convertirse en el fundador de la República Islámica.

Su oposición al sha Mohammad Reza Pahlaví, su discurso contra la influencia occidental y su propuesta de un Estado basado en la ley islámica marcaron profundamente la historia contemporánea del país.

El ascenso político del ayatolá Ruhollah Jomeini no puede entenderse sin el profundo malestar social que se acumuló en Irán durante las décadas previas a 1979.

El país estaba gobernado por el sha Mohammad Reza Pahlaví, monarca que impulsó un ambicioso programa de modernización económica y social conocido como Revolución Blanca.

Si bien esas reformas buscaban transformar la estructura tradicional del país, también generaron fuertes tensiones.

Sectores religiosos, comerciantes del bazar y amplias capas populares percibían que el proyecto del sha erosionaba la identidad islámica del país y concentraba el poder político en torno a la monarquía y a sus aliados internacionales.

Jomeini emergió como uno de los críticos más duros de ese proceso. En 1963 denunció públicamente las reformas del sha, especialmente aquellas relacionadas con la redistribución de tierras, la ampliación de derechos para las mujeres y la creciente influencia occidental en la política iraní.

Para el clérigo chií, estas medidas no solo debilitaban el papel del islam en la vida pública, sino que además reflejaban la dependencia del régimen respecto a Estados Unidos.

Sus discursos, pronunciados desde seminarios religiosos y mezquitas, lo convirtieron rápidamente en una figura incómoda para el poder.

Las críticas provocaron su detención y posteriormente su expulsión del país. Primero fue enviado a Turquía y más tarde a Irak, donde permaneció durante años desarrollando su pensamiento político y religioso.

Desde el exilio continuó enviando mensajes grabados y textos que circulaban clandestinamente por Irán. Esos materiales denunciaban la corrupción del régimen, la desigualdad económica y la represión ejercida por los servicios de seguridad del sha.

Con el paso del tiempo, su figura comenzó a aglutinar a grupos muy distintos: clérigos conservadores, estudiantes islamistas, sectores nacionalistas e incluso organizaciones de izquierda.

Radicalismo político-religioso en Irán

La dimensión ideológica del movimiento quedó definida por la teoría del Velayat-e Faqih, o tutela del jurista islámico. Según esta doctrina, los expertos en jurisprudencia religiosa debían asumir la autoridad política para garantizar que el Estado actuara conforme a la ley islámica.

La propuesta rompía con una tradición chií que durante siglos había mantenido cierta distancia respecto al poder político. Para Jomeini, en cambio, el islam debía organizar todos los aspectos de la sociedad, desde el sistema judicial hasta la vida cotidiana.

A finales de la década de 1970 el descontento social se transformó en una ola de protestas masivas. Manifestaciones, huelgas y enfrentamientos con las fuerzas de seguridad debilitaron rápidamente al régimen.

En enero de 1979 el sha abandonó el país, incapaz de contener la crisis política. Semanas después Jomeini regresó triunfalmente a Teherán tras años de exilio. Millones de personas salieron a las calles para recibirlo, en una escena que simbolizó el colapso definitivo de la monarquía iraní.

Tras la caída del sha, el nuevo liderazgo revolucionario impulsó un referéndum que aprobó la creación de la República Islámica. Jomeini asumió el cargo de Líder Supremo, una posición que concentraba la máxima autoridad política y religiosa del país.

Bajo su dirección se elaboró una nueva constitución que otorgaba un papel central al clero chií. El sistema combinaba instituciones republicanas, como el parlamento y la presidencia, con órganos religiosos encargados de supervisar que las leyes respetaran la sharía.

El nuevo régimen también estuvo marcado por una fuerte represión contra quienes se oponían al proyecto revolucionario. Tribunales revolucionarios juzgaron a antiguos funcionarios del sha y a diversos opositores políticos.

En los años siguientes, el gobierno consolidó un sistema basado en estrictos códigos morales y en una marcada hostilidad hacia la influencia occidental. A

l mismo tiempo, el país se vio envuelto en la guerra contra Irak entre 1980 y 1988, conflicto que reforzó el discurso revolucionario y la autoridad del liderazgo religioso del régimen.

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