Cuenco de barro con extrañas inscripciones.

El enigma del idioma ibérico, la lengua perdida que ni los expertos han logrado descifrar

El enigma del idioma ibérico: la lengua perdida que aún desconcierta a los expertos

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En el corazón de la antigua La Cabañeta, un yacimiento íbero en Zaragoza, un pequeño vaso de cerámica "esconde" una inscripción que sigue desafiando a los lingüistas modernos.

Grabada en ibérico, una lengua que resonó desde Almería hasta el Languedoc-Rosellón, este texto forma parte de un vasto rompecabezas de tipo lingüístico que, más de dos mil años después, continúa sin resolverse.

El idioma ibérico fue hablado por los pueblos que habitaron la franja mediterránea de la península, una civilización que dejó tras de sí más de 2.000 inscripciones, pero ningún texto que haya podido servir para ser comprendido del todo.

El filólogo Manuel Gómez-Moreno, en el año 1922, logró el primer gran avance al identificar correspondencias entre los signos ibéricos y nuestro alfabeto. Lo hizo basándose en monedas bilingües y en inscripciones greco-ibéricas.

No obstante, ese hallazgo solo permitió leer las letras, no entender el significado de las palabras. La lengua ibérica, como los jeroglíficos antes de la Piedra Rosetta, sigue sin ofrecer una traducción inteligible.

Según Javier Velaza, decano de la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona, los investigadores han logrado transcribir con precisión los textos, si bien su comprensión semántica continúa siendo esquiva.

El ibérico se escribió mediante dos sistemas: el signario nororiental y el sudoriental, ambos derivados de un modelo gráfico anterior, muy posiblemente originado en Andalucía. Eran semisilabarios, no alfabetos puros ya que las consonantes oclusivas se unían a las vocales, formando sílabas completas como ba, bi o ku, una estructura heredada de sistemas mediterráneos arcaicos como el Lineal A cretense o el silabario chipriota.

Tartesos y el misterio de la lengua perdida

El surgimiento de la escritura en la península, hacia el siglo VII a.C., estuvo ligado a los tartesios, un pueblo muy enigmático del suroeste ibérico.

Los íberos adaptaron sus signos, creando tres variantes: los signarios nororiental y sudoriental, usados para el ibérico, y un tercero, empleado en Portugal, destinado a una lengua que hoy es desconocida, quizá la tartésica.

Este sistema fue la tecnología más innovadora del primer milenio antes de Cristo como un código que permitió registrar nombres, propiedades y transacciones comerciales.

El hallazgo de Pontós (en la provincia Girona) en el año 2014 arrojó nueva luz sobre este pasado. Allí se descubrió la inscripción ibérica más antigua conocida, datada hacia el 425 a.C., grabada en un cuenco de cerámica.

El nombre “Taŕsa” —incompleto— reveló la existencia de nombres personales estandarizados, muestra de una lengua que es extendida y coherente en su estructura.

En el sureste peninsular, sin embargo, surgió una forma diferente como el greco-ibérico, empleado brevemente entre los siglos V y IV a.C. en la actual Alicante y Murcia.

Los íberos de esa región adoptaron el alfabeto de los griegos foceos, adaptándolo con leves modificaciones. Este uso puntual demuestra el contacto de tipo cultural y comercial entre civilizaciones mediterráneas y la notable capacidad de los íberos para absorber influencias externas.

Pese a su desconocimiento, los filólogos han deducido rasgos lingüísticos del ibérico. Era una lengua aglutinante, similar al euskera, en el que las palabras se formaban mediante la unión de morfemas fijos.

Igualmente se distinguían varios sonidos sibilantes y vibrantes —las letras ś y ŕ—, cuya pronunciación exacta sigue siendo un misterio. Merced a herramientas como la base de datos Hesperia, los investigadores aplican análisis combinatorios y modelos informáticos para detectar patrones internos en los textos.

La gran incógnita reside en el origen del idioma. Para Velaza, el ibérico fue una lengua vernácula, no una invención de tipo comercial. Su homogeneidad en un territorio tan extenso sugiere que llegó con un movimiento poblacional procedente del centro de Europa, que muy posiblemente estaba asociado a las culturas de los campos de urnas, hacia el 1200 a.C.

Cuando el latín se impuso tras la llegada de Roma, el ibérico desapareció de forma gradual, sin ningún conflicto. Las últimas inscripciones datan del siglo I d.C., en tiempos del emperador romano Augusto, cerrando así el ciclo de una lengua que fue común a los antiguos pueblos del Mediterráneo occidental y que hoy sigue hablándonos desde el silencio que da la piedra y la cerámica.

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