Shakespeare con sus incógnitas, al fondo la silueta de una palacio.
William Shakespeare.

El gran misterio de Shakespeare, las dudas que persiguen al autor más famoso de la Historia

¿Existió realmente Shakespeare? La polémica que divide a expertos desde hace dos siglos

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Desde hace más de dos siglos, el nombre del dramaturgo inglés  William Shakespeare (1564-1616) continúa generando una de las mayores controversias de la Historia literaria occidental.

Si bien sus obras se consideran pilares del teatro universal, el debate sobre su verdadera autoría —o no— y hasta de su existencia real sigue abierto. La falta de documentos biográficos sólidos y el enigma de los llamados “años perdidos” han alimentado enormemente las teorías que oscilan entre la erudición y la conjetura.

En el siglo XVIII, William Shakespeare ya era una figura central del canon británico. Sus tragedias y comedias se representaban con un enorme éxito en los teatros londinenses, pero pocos sabían realmente quién había sido aquel dramaturgo que transformó la escena inglesa.

Cuando los primeros investigadores intentaron reconstruir su biografía, descubrieron que apenas existían lo necesarios registros oficiales. Lo poco que se sabe —salvo de su nacimiento en Stratford-upon-Avon, matrimonio con Anne Hathaway, tres hijos y una próspera carrera teatral en Londres— proviene de documentos notariales, testamentos y algunos registros parroquiales.

No obstante, entre los años 1585 y 1592, la vida del escritor se desvanece que es es el periodo conocido como los “años perdidos”, una ausencia documental que ha servido de terreno fértil para toda clase de hipótesis.

La aparente desconexión entre la vida provincial de un comerciante de Stratford y la sofisticación literaria de las obras de Shakespeare ha sido interpretada por algunos como prueba de que el autor real no fue aquel humilde actor y empresario.

El origen modesto de Shakespeare y su formación limitada parecen incompatibles —en opinión de los escépticos— con la profunda erudición que demuestran textos como Hamlet, Otelo o El rey Lear. Tampoco ha ayudado la variedad de firmas atribuidas al escritor, ni la ausencia de manuscritos que sean originales con rúbricas verificables.

La duda moderna sobre su identidad se consolidó en el siglo XIX. En el año 1857, la escritora estadounidense Delia Bacon fue la primera en proponer que las obras de Shakespeare eran el producto colectivo de un grupo de intelectuales encabezado por personajes como Francis Bacon y Walter Raleigh.

Su hipótesis fue considerada extravagante en su momento, pero abrió una interesante puerta a un torrente de teorías alternativas. En apenas tres décadas, se publicaron más de 250 libros dedicados al tema, y hoy se cuentan más de setenta candidatos a ser el verdadero Shakespeare.

Entre ellos figuran nombres sorprendentes que pueden ir desde la reina Isabel I hasta el dramaturgo Christopher Marlowe, quien —según una teoría muy recurrente— habría fingido su muerte en 1593 para seguir escribiendo bajo seudónimo.

Igualmente aparecen el filósofo William Stanley, el noble Roger Manners, quinto conde de Rutland, y la poeta Emilia Lanier, una de las pocas mujeres propuestas como posible autora.

Con todo, las conjeturas más influyentes en tiempos recientes apuntan a Francis Bacon y al conde de Oxford, Edward de Vere. Los defensores de esta hipótesis esgrimen argumentos de que ambos poseían la educación, el dominio del latín y el conocimiento de la vida cortesana que revelan los textos shakesperianos.

A su favor esgrimen el llamado stigma of print (“estigma de publicación”), una noción según la cual los escritores nobles del siglo XVI preferían mantener sus obras en privado para no dañar su reputación. Bajo esa lógica, firmar como “William Shakespeare” habría sido una forma de ocultar lo que era verdadera identidad.

Los críticos, en cambio, señalan que muchos autores aristócratas sí publicaron sin reparos y que, si el anonimato era su misión, resultaba innecesario inventar un personaje entero. Cabe destacar que los registros existentes de Stratford, así como las referencias contemporáneas a Shakespeare como actor y empresario, sostienen la versión tradicional.

Pero la verdad es que la escasez de datos biográficos no es un fenómeno aislado. En la Inglaterra de los siglos XVI y XVII, la vida de los dramaturgos rara vez despertaba interés público, y los archivos eran incompletos o se perdían con el tiempo.

Esta carencia de información, que se veía amplificada por el aura de genialidad que rodea al autor de Macbeth y Romeo y Julieta, ha permitido que el misterio se mantenga vivo.

Entre la documentación tan sumamente dispersa y las conjeturas románticas, la figura de William Shakespeare sigue siendo un espejo en el que se refleja tanto la fascinación por su obra como la necesidad humana de encontrar certezas en el genio y el mito.