La dieta mediterránea ha estado presente en la Historia de España.

El origen oculto de la dieta mediterránea, lo que se comía en España hace 2.000 años

El trabajo cubre periodos tan diversos como la Edad del Hierro, la etapa persa, el dominio helenístico o la romanización

·

La dieta mediterránea suele evocar la imagen de una tradición milenaria que ha sido transmitida sin cambios a lo largo de los siglos tratándose de un patrimonio alimenticio asociado a la salud, la longevidad y la identidad cultural.

Sin embargo, investigaciones recientes invitan a matizar un poco esa visión idealizada. Lejos de ser un modelo inmutable, la dieta en el Levante oriental del Mediterráneo experimentó diferentes adaptaciones y variaciones motivadas por factores ecológicos, políticos y económicos.

Un estudio encabezado por la investigadora Jessica Feito ha analizado restos macrobotánicos de 65 yacimientos ubicados en esta región, abarcando un amplio marco temporal que va del 1000 a.C. al 500 d.C.

El trabajo cubre periodos tan diversos como la Edad del Hierro, la etapa persa, el dominio helenístico o la romanización. Sus resultados revelan una amplia y compleja historia alimentaria, donde los cultivos locales y las costumbres propias de la zona se mantuvieron con sorprendente resistencia frente a las modas y demandas de los grandes imperios.

Los cereales: estabilidad y riesgos calculados en la dieta mediterránea

En todas las épocas estudiadas, los cereales se consolidaron como la base básica de la alimentación. La cebada fue el cultivo más recurrente merced a su resistencia a la sequía y a su utilidad tanto para la dieta humana como para la alimentación animal.

El trigo, aunque menos abundante, también adquirió un notable valor simbólico y cultural. Su uso en la panificación lo convirtió en un producto que fue (es) muy demandado, pese a que su cultivo exigía un esfuerzo agrícola mayor y técnicas de tipo intensivas en zonas áridas.

Un fenómeno llamativo fue la recuperación de variedades de trigos vestidos, como la escaña o el farro, durante la Antigüedad tardía. Se trata de cereales, en retroceso desde la Edad del Hierro, reaparecieron en momentos de crisis o inestabilidad, cuando su resistencia y capacidad de almacenamiento los convertían en una aceptable alternativa segura.

Las legumbres también desempeñaron un papel importante. La lenteja se mantuvo como especie predominante, mientras que el consumo otras como las habas y guisantes se intensificó en el periodo romano tardío.

Por el contrario, la almorta, que era frecuente en etapas anteriores, prácticamente desapareció, probablemente debido a sus efectos tóxicos cuando se consumía en exceso.

El garbanzo si se mostró una presencia estable en contextos rurales, urbanos y militares, lo que apunta a su permanencia local, más allá de modas importadas.

El registro arqueobotánico también confirma la importancia de la llamada “triada mediterránea” que eran la vid, la higuera y el olivo, presentes en todas las fases cronológicas.

Estas especies no solo aportaban muchos nutrientes y diversidad, también eran un fuerte componente cultural.

A ellas se sumaron otros cultivos que diversificaron la dieta tales como el dátil, cultivado en oasis áridos y cada vez más presente en aldeas y ciudades; el granado, con enorme relevancia en la Edad del Hierro; y los frutos del género Prunus (como las almendras, ciruelas, melocotones), que se popularizaron en época romana.

Entre los frutos secos, destaca la introducción del nogal, que estuvo ausente durante siglos y convertido en símbolo de prestigio en contextos militares y urbanos a partir de la romanización.

El cultivo del olivo alcanzó un gran desarrollo en el Levante durante la Antigüedad tardía, de esta forma el aceite de oliva no solo se destinaba al consumo interno, sino también a la exportación, convirtiéndose en un producto fundamental para la economía regional.

A la par, el vino adquirió un papel cultural muy importante y económico destacado, intensificándose su producción para abastecer la demanda urbana y militar.

El estudio también documenta la presencia de hierbas y especias tales como pudieran ser el cilantro, comino y laurel, utilizadas desde la Edad del Hierro.

Estos condimentos, lejos de ser novedades introducidas por los romanos, ya formaban parte de las costumbres locales subrayando a la profundidad histórica de los sabores asociados hoy a la cocina mediterránea.

Más allá de la imagen moderna de una tradición uniforme, la investigación de Feito indica que la alimentación en el Levante antiguo fue un sistema dinámico y en constante transformación.

La base cerealista se mantuvo firme, pero las variaciones en legumbres, frutas, frutos secos y condimentos reflejan diferentes procesos de adaptación frente a cambios ambientales, crisis políticas y reorganizaciones sociales.

La llamada dieta mediterránea no es la herencia estática de un pasado lejano, sino el resultado de una larga evolución histórica en la que Oriente jugó un papel básico, integrando resiliencia agrícola, diversidad alimentaria y una marcada identidad cultural.

Ver más de Gente