Dos científicos vestidos de época midiendo distancias.
Científicos españoles haciendo mediciones.

El papel olvidado de España en uno de los mayores descubrimientos científicos de la historia

Las expediciones científicas españolas que cambiaron la forma de entender el mundo y quedaron relegadas por la historia

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De Jorge Juan y Antonio de Ulloa a Celestino Mutis y Alejandro Malaspina, las grandes misiones impulsadas por la Corona española ampliaron el conocimiento sobre la Tierra, la botánica y la cartografía moderna.

Mientras Europa atravesaba el siglo de la Ilustración, Felipe II, Jorge Juan, Antonio de Ulloa, Celestino Mutis y Alejandro Malaspina protagonizaron una tradición científica española que hoy sigue siendo menos conocida de lo que cabría esperar.

Mucho antes de que la investigación moderna adquiriera su forma actual, expediciones financiadas por la Corona recorrieron América y otros territorios con el objetivo de medir, clasificar y comprender el mundo. Sus resultados ayudaron a perfeccionar mapas, identificar nuevas especies vegetales y responder preguntas fundamentales sobre el planeta.

De Felipe II a la ciencia organizada

Aunque el auge de estas expediciones llegó en el siglo XVIII, sus raíces se remontan al reinado de Felipe II. El monarca impulsó una política de recopilación de información sobre los territorios del Imperio y favoreció la creación de instituciones dedicadas al estudio de las matemáticas, la navegación y la geografía.

Aquellos primeros viajes tenían una doble dimensión. Por un lado, respondían a los intereses estratégicos y administrativos de una monarquía con posesiones repartidas por varios continentes. Por otro, generaban una enorme cantidad de datos sobre la naturaleza, los recursos y las poblaciones de los territorios explorados.

La observación sistemática, la elaboración de descripciones detalladas y la conservación de especímenes sentaron las bases de una tradición científica que alcanzaría su mayor desarrollo durante la Ilustración.

Lejos de limitarse a relatos de viaje, aquellas iniciativas promovieron métodos de trabajo cada vez más rigurosos y una colaboración creciente entre marinos, médicos, naturalistas y matemáticos.

Medir la Tierra para redibujar los mapas

Uno de los episodios más relevantes tuvo lugar en 1736, cuando Jorge Juan y Antonio de Ulloa participaron en la expedición geodésica al Reino de Quito.

Integrados en una misión franco-española, ambos oficiales de la Armada debían contribuir a resolver una cuestión que dividía a la comunidad científica: determinar cuál era la verdadera forma de la Tierra.

Las mediciones realizadas en la región andina exigieron años de trabajo en condiciones extremas. La altitud, las enfermedades y las dificultades logísticas pusieron a prueba a los expedicionarios.

Pero los datos obtenidos resultaron decisivos para confirmar que el planeta presentaba un achatamiento en los polos, tal como había planteado Isaac Newton.

El alcance de aquel hallazgo fue mucho más allá del debate teórico. La mejora de los cálculos geográficos permitió perfeccionar la cartografía y aumentar la precisión de las rutas marítimas en una época en la que la navegación dependía directamente de la exactitud de los mapas.

La expedición demostró además que la cooperación internacional podía convertirse en una herramienta eficaz para impulsar avances científicos de gran impacto.

Botánica, exploración y administración imperial

En paralelo a las investigaciones geográficas, España promovió expediciones botánicas de enorme relevancia. La dirigida por Celestino Mutis en el Nuevo Reino de Granada figura entre las más destacadas.

Médico y naturalista, Mutis coordinó durante décadas la catalogación de la flora del actual territorio colombiano. Su equipo elaboró descripciones minuciosas e ilustraciones de gran precisión que permitieron identificar centenares de especies hasta entonces poco estudiadas por la ciencia europea.

Muchas de ellas despertaron interés por sus aplicaciones terapéuticas. Entre los casos más conocidos figura la quina, empleada para combatir la malaria y convertida en uno de los recursos medicinales más valiosos de su tiempo.

Pocos años después, la expedición de Alejandro Malaspina combinó objetivos científicos y políticos. Entre 1789 y 1794 recorrió amplias zonas del Pacífico y América para levantar información cartográfica, estudiar ecosistemas y evaluar la situación de los territorios bajo dominio español.

A finales de siglo, el viaje de Alexander von Humboldt por América, autorizado por la Corona, reforzó esa corriente investigadora y proyectó internacionalmente la riqueza científica del continente.

El resultado conjunto de estas expediciones fue una transformación profunda del conocimiento disponible sobre la naturaleza y el territorio.

Sus protagonistas ampliaron los límites de la geografía, la botánica y la navegación, dejaron inventarios que aún conservan valor histórico y contribuyeron a construir parte de la ciencia moderna desde una perspectiva que durante mucho tiempo quedó en un segundo plano en los grandes relatos internacionales.