Entrada a una tumba helénica decorada en su frontón con un jinete a cabello.
Tumba de época helénica.

El secreto bajo el Gran Túmulo de Vergina, los restos no son del padre de Alejandro Magno

Hallazgo en Vergina: la tumba que no pertenecía al padre de Alejandro Magno reescribe la historia de Macedonia

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Durante casi cincuenta años, la llamada “Tumba de Perséfone” en Vergina, al norte de Grecia, fue considerada como el lugar de descanso eterno de Filipo II de Macedonia, el padre del legendario Alejandro Magno.

El célebre arqueólogo Manolis Andronikos defendió esa hipótesis tras descubrir el sepulcro en el año 1977, y la idea se extendió durante décadas como un hecho casi indiscutible. Sin embargo, un reciente estudio publicado en el Journal of Archaeological Science ha puesto fin a esa creencia con argumentos científicos difíciles de refutar.

El trabajo, liderado por el arqueómetra Yannis Maniatis en colaboración con el Instituto Max Planck, la Universidad de Copenhague y la Universidad de Manchester, combinó diferentes dataciones por radiocarbono, análisis de ADN antiguo, estudios isotópicos y osteología.

Los resultados descartan de manera contundente que los restos hallados en la Tumba I correspondan a Filipo II ya que el esqueleto pertenece a un hombre que murió entre los años 388 y 356 a.C., al menos veinte años antes del asesinato del rey macedonio en el 336 a.C.

Según el informe del equipo, el varón tenía entre 25 y 35 años al morir y medía en torno a los 1,67 metros. Junto a él se encontraron los restos de una mujer joven, de entre 18 y 25 años, en una tumba decorada con frescos mitológicos, entre ellos el famoso rapto de Perséfone.

Si bien el sepulcro fue saqueado en la Antigüedad, la riqueza artística y arquitectónica demuestra que se trataba de una figura de alto rango, probablemente un miembro de la realeza argeada, antepasado directo de Alejandro Magno.

Este hallazgo obliga a revisar la cronología de las tumbas reales de Vergina, que durante décadas se vincularon con Filipo II, su esposa Cleopatra, su hermanastro Filipo III o su hijo Alejandro IV.

La nueva investigación despeja esa identificación planteando un nuevo misterio y una pregunta: ¿quién fue realmente este joven príncipe sepultado con honores regios antes del ascenso de Alejandro?

El análisis isotópico del estroncio en los dientes del varón revela que no creció en Vergina, sino en una región más occidental o meridional del mundo heleno.

Los investigadores sugieren que podría haber sido un heredero o diplomático dentro de la dinastía Teménida, un noble con relaciones familiares directos con los futuros reyes de Macedonia.

La tumba reutilizada: los misteriosos restos romanos

Uno de los hallazgos más desconcertantes del estudio es la presencia de restos óseos de seis bebés, datados entre los años 150 a.C. y el 130 d.C., más de dos siglos después del entierro original.

Los científicos creen que familias romanas, aprovechando los accesos abiertos por los saqueadores galos, depositaron allí los cuerpos de sus hijos fallecidos. De esta forma la Tumba I se transformó en un osario colectivo, un lugar donde lo regio y lo cotidiano se entrelazaron en un ritual de duelo y esperanza.

El fraude del “fémur milagroso”

El estudio también desmonta una de las pruebas más citadas para atribuir la tumba a Filipo II como es un fémur y una tibia soldados por una lesión similar a la herida que el monarca sufrió en combate.

Los investigadores demostraron que esos huesos no formaban parte de los restos originales y procedían de otra excavación, posiblemente que se añadieron en años posteriores.

La propia dirección del museo de Vergina se negó a incluirlos en su colección oficial por falta de autenticidad. Este episodio destaca cómo durante décadas se forzaron interpretaciones para encajar la narrativa deseada.

¿Dónde está Filipo II?

Con la Tumba I descartada, la atención vuelve a la Tumba II del Gran Túmulo, donde se hallaron dos sarcófagos que estaban dorados y un fastuoso ajuar funerario.

Muchos arqueólogos creen que podría albergar los restos del verdadero Filipo II y de su esposa Cleopatra, aunque la falta de pruebas genéticas concluyentes mantiene muy abierto el debate.

El enigma se amplía si se considera que el propio Alejandro Magno tampoco ha sido encontrado. Su cuerpo, trasladado a Egipto por Ptolomeo I, se perdió hace más de dos milenios. Las teorías lo sitúan en la ciudad de Alejandría, en el desierto egipcio o incluso bajo la Mezquita de Nabi Daniel, donde la tradición islámica lo venera como profeta.

Más allá del debate histórico, el estudio dirigido por Maniatis marca un punto de inflexión en la arqueología macedónica. La combinación de técnicas científicas modernas con la investigación clásica viene a demostrar que la historia puede —y debe— revisarse a la luz de nuevos métodos.

La “Tumba de Perséfone” deja así de ser el supuesto mausoleo de Filipo II para convertirse en un laboratorio de la verdad arqueológica, un lugar en el que los restos de un noble desconocido esperan revelar el siguiente capítulo de una historia que aún guarda muchos secretos.