El secreto del Papamoscas de la catedral de Burgos que sorprende a miles de visitantes cada hora
El Papamoscas de la catedral de Burgos: el autómata que sigue sorprendiendo a miles de visitantes más de tres siglos después
Una figura mecánica que marca las horas desde el interior del templo se ha convertido en uno de los grandes símbolos de la Catedral de Burgos, entre historia documentada, ingeniería y leyendas populares.
Cada hora en punto, las miradas de quienes recorren la Catedral de Burgos se desvían hacia uno de sus elementos más singulares.
A unos quince metros de altura, el Papamoscas cobra vida durante unos segundos: abre la boca de forma repetida y hace sonar una campana con uno de sus brazos, un movimiento sencillo que, no obstante y, curiosamente, continúa despertando la curiosidad de visitantes de todas las edades.
Junto al histórico templo castellano, declarado Patrimonio de la Humanidad, este autómata forma parte del patrimonio más reconocible de la ciudad y de una tradición mecánica que ha logrado mantenerse viva hasta nuestros días.
Un reloj histórico con un mecanismo que sigue funcionando en Burgos
El Papamoscas ocupa uno de los arcos situados junto al gran rosetón de la fachada principal, en el primer tramo de la nave mayor. Su figura, vestida con casaca rojiza, gorro y detalles verdes, se sitúa sobre un reloj cuya esfera reproduce motivos inspirados en las tracerías góticas del edificio.
Aunque hoy el sistema funciona gracias a una instalación eléctrica que sustituye el antiguo proceso manual de dar cuerda, la maquinaria histórica continúa instalada en su ubicación original.
Entre sus elementos más destacados figura un mecanismo de escape con sistema de áncora propio del siglo XVII, diseñado para regular el movimiento del péndulo y mantener la precisión del reloj mediante un ritmo constante. Este conjunto constituye uno de los ejemplos más interesantes de relojería histórica conservados en un edificio religioso español.
Muy cerca del Papamoscas aparece otra figura inseparable de esta tradición: el Martinillo, encargado de anunciar los cuartos de hora. De menor tamaño y situado en un pequeño balcón, hace sonar las campanas mediante el movimiento de sus brazos.
Las referencias documentales sitúan su existencia al menos desde 1632, mientras que con el paso del tiempo perdió parte de los movimientos que originalmente realizaba.
Entre la documentación histórica y las leyendas de Burgos
La presencia de relojes en la Catedral de Burgos es anterior al conjunto actual. Las investigaciones apuntan a la existencia de un reloj medieval instalado en la torre norte durante el siglo XIV, posteriormente reformado en distintas ocasiones hasta desaparecer en el siglo XIX.
La documentación conservada también recoge una propuesta fechada en 1519 para incorporar figuras animadas al reloj de la catedral. Aquel proyecto describía una escena completamente distinta de la que hoy puede contemplarse y no existe constancia de que llegara a ejecutarse.
La primera referencia escrita al Papamoscas tal y como se conoce actualmente no aparece hasta 1669, lo que sitúa su origen bastante después de las historias populares que lo relacionan con el rey Enrique III.
Precisamente esa leyenda es una de las más difundidas entre quienes visitan el templo. Según la tradición oral, el monarca habría ordenado construir una figura inspirada en una misteriosa joven de la que se enamoró y que desapareció de manera repentina.
Pero los estudios históricos no han encontrado pruebas que respalden ese relato, que hoy se considera parte del folclore asociado al monumento más que un episodio documentado.
Papamoscas: el origen de un nombre tan curioso
El llamativo nombre del Papamoscas no tiene relación con ninguna persona, sino con el mundo de la ornitología. Hace referencia al papamoscas cerrojillo, un pequeño pájaro que permanece con el pico abierto esperando capturar insectos. El parecido con el movimiento repetitivo de la boca del autómata habría terminado dando nombre a esta popular figura.
Los investigadores también apuntan que el personaje podría representar a un maestro cantor. En una de sus manos sostiene una partitura con grafía semejante a la notación musical medieval, mientras que la otra parece marcar el compás, un detalle que encajaría con la intensa tradición musical de la catedral burgalesa.
Con el paso de los siglos, el Papamoscas ha dejado de ser únicamente un ingenio mecánico para convertirse en uno de los grandes símbolos culturales de Burgos.
Ha sido citado por escritores como Benito Pérez Galdós, Victor Hugo, Edmondo De Amicis o Manuel Eduardo de Gorostiza, además de aparecer en coplas populares y en numerosos relatos de viajeros fascinados por este peculiar guardián del tiempo que, cada hora, sigue arrancando la misma reacción entre quienes levantan la vista para contemplarlo.