Cuadro de El Bosco representando a la muerte.

Historia secreta de la guerra biológica o cómo virus, plagas y venenos se usaron como armas

Los registros sitúan uno de los primeros episodios en este tema hacia 1500 a. C.

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A lo largo de los siglos, la Humanidad ha recurrido a todo tipo de recursos para causar daño al enemigo y entre ellos figuran las armas biológicas y químicas, que están lejos de ser un invento moderno.

Los registros sitúan uno de los primeros episodios en este tema hacia 1500 a. C., cuando los hititas habrían trasladado a enfermos de peste a territorio enemigo para propagar el contagio.

Un milenio más tarde, los escitas, asentados al norte del Caspio, untaban las puntas de sus flechas con heces humanas y animales a finde poder provocar infecciones mortales; los poemas homéricos describen prácticas parecidas con venenos de serpiente en lanzas y flechas.

Griegos y romanos también comprendieron pronto el poder del contagio y para ello arrojaban cadáveres de animales a los pozos para inutilizar el agua de sus adversarios.

En 190 a. C., Aníbal sembró el pánico en la batalla de Eurimedonte lanzando vasijas con serpientes, con víboras, sobre las cubiertas enemigas.

Siglos más tarde, durante la rebelión del Pontiac (1763), los británicos entregaron mantas contaminadas con viruela a las comunidades nativas, con los consecuentes efectos devastadores para poblaciones sin defensas previas.

Pandemias y guerra química en la Historia

Las pandemias acompañaron esta historia ya que la peste de Atenas (430 a. C.), relatada por Tucídides, es la primera gran pandemia descrita con gran detalle y que habría llegado por mar al puerto del Pireo y causó decenas de miles de muertes, incluido la del ateniense Pericles.

Investigaciones arqueológicas modernas apuntan a un brote de fiebre tifoidea (Salmonella typhi) con un más que posible origen.

En el siglo II d. C., la plaga antonina —que fue atribuida por algunos historiadores a la viruela o al sarampión— se propagó por el Imperio romano con los soldados de regreso de Oriente y alcanzó a figuras como el emperador Marco Aurelio.

Más tarde, entre 541 y 542, la temida y famosa plaga de Justiniano, ya identificable como peste bubónica, diezmó Constantinopla con picos de mortandad semanales altísimos y dejó a la ciudad reducida a menos de la mitad de su población.

La primera guerra química documentada con detalle se sitúa en Dura-Europos (en Siria) en el siglo III d. C.

Allí, los sasánidas emplearon minas para socavar las murallas romanas y, en los angostos pasadizos, habrían asfixiado a los defensores con  unos terribles gases tóxicos generados a partir de azufre y betún.

La escena reconstruida por la arqueología muestra cuerpos sin heridas de arma blanca y barreras improvisadas con escudos, que era una evidencia de un combate decidido mediante humo letal más que por choque de espadas.

En la Edad Media, la peste negra reconfiguró el continente. Tras aflorar en la colonia genovesa de Caffa, en Crimea, en el año 1346, el bacilo viajó con ratas y pulgas por rutas comerciales y marítimas.

En el año 1347 ya estaba en Italia y al año siguiente asolaba Europa, Asia y parte de África. Las ciudades vieron sus calles saturadas de muertos, de cadáveres y su tejido social colapsó provocando hubo hambrunas, niños y ancianos abandonados y una mortalidad que en algunas urbes alcanzó la mitad de sus habitantes.

Las respuestas combinaron explicaciones miasmáticas, astrológicas y religiosas con medidas como los aislamientos, quemas de enseres, enjalbegado de paredes y, de manera pionera, la instauración de periodos de observación para viajeros.

La ciudad francesa de Marsella impuso treinta días de espera en los barcos con enfermos; en la italiana Venecia elevó el lapso a cuarenta, de donde proviene “cuarentena”.

Otras dolencias marcaron época y estigma: la lepra, con contagiosidad limitada pero con una más que fuerte carga social, forzó aislamientos y la creación de leproserías en rutas de peregrinación.

La iconografía del “médico de la peste” con máscara de pico y hierbas aromáticas ilustra la búsqueda de barreras físicas frente a este terrible enemigo invisible.

El ergotismo —el llamado “fuego de San Antón”—, causado por el cornezuelo del centeno, se manifestó en veranos húmedos con cuadros de gangrena y dolor lacerante, epidémico pero no contagioso, que remitía al retirar el pan contaminado.

En el año 1518, Estrasburgo vivió la extraña “peste del baile” o  “mal del baile” en el que centenares de personas danzaron hasta el colapso, un fenómeno que se atribuyó después a angustia colectiva o intoxicaciones alimentarias.

El empleo de agentes químicos reapareció con brutal eficacia en la Primera Guerra Mundial, con elementos tan nocivos como cloro, fosgeno y, poco después, gas mostaza; España lo utilizó en el año 1925 en la guerra del Rif.

La historia revela así una constante como es el conocimiento —o  tal vez simplemente la intuición— de cómo viajan los venenos y los patógenos ha sido arma y amenaza.

También, motor de respuestas que van desde la terrible y enraizada superstición a la ciencia. Entre flechas untadas y cuarentenas, la humanidad aprendió —con un coste humano altísimo— que la mejor defensa ante plagas y guerras invisibles sigue siendo comprender su origen, su ruta y su forma de detenerlas.

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