Belchite tras la batalla.

La batalla de Belchite: el intento de conquistar Zaragoza que acabó cambiando la Guerra Civil

Belchite, la batalla que cambió el rumbo del frente de Aragón y dejó una ciudad convertida en símbolo de la Guerra Civil

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La batalla de Belchite en el transcurso de la Guerra Civil española, en la zona de Zaragoza, así como el Gobierno de Juan Negrín y el Ejército Popular marcaron uno de los episodios más duros del conflicto en el verano de 1937.

Lo que comenzó como una ambiciosa operación militar destinada a alterar el equilibrio de fuerzas en el frente de Aragón terminó convirtiéndose en una de las acciones más costosas y sangrientas para la República y en el origen de un símbolo histórico que todavía hoy conserva el impacto de la guerra.

La ofensiva se desarrolló entre los días 24 de agosto y el 6 de septiembre de 1937, en un momento especialmente delicado para el Gobierno republicano.

Apenas dos meses antes, la caída de la ciudad de Bilbao en manos de las tropas sublevadas había supuesto un importante revés de carácter militar y económico, al perder el control sobre buena parte de la industria siderúrgica y minera del País Vasco.

La situación llevó al Ejecutivo presidido por Juan Negrín a impulsar nuevas operaciones con el objetivo de aliviar la presión sobre distintos frentes.

Una ofensiva concebida para cambiar el equilibrio de la guerra

El plan inicial de la República era mucho más ambicioso que la conquista de Belchite. La prioridad consistía en ocupar Zaragoza mediante un ataque rápido que debilitara la retaguardia de las fuerzas sublevadas y obligara al enemigo a redistribuir recursos. Sin embargo, la operación no consiguió los resultados previstos.

Los ataques lanzados sobre los distintos sectores del frente no lograron romper las defensas y la resistencia encontrada en Belchite terminó concentrando buena parte del esfuerzo militar republicano. La localidad, situada a unos 50 kilómetros de Zaragoza, ocupaba una posición defensiva de gran importancia dentro del frente de Aragón.

Ante la imposibilidad de alcanzar el objetivo principal, la toma de Belchite pasó a convertirse en una victoria de carácter simbólico. El precio, sin embargo, fue muy elevado. Los combates dejaron completamente destruido el municipio y provocaron la muerte de más de cinco mil combatientes, además de centenares de víctimas civiles.

El contexto de una estrategia marcada por la presión militar en Belchite

La ofensiva de Belchite no fue un episodio aislado. Formó parte de una serie de operaciones impulsadas por la República durante 1937 y 1938 para intentar frenar el avance de las fuerzas sublevadas en distintos escenarios del conflicto.

Tras la pérdida de Bilbao, el Estado Mayor republicano, dirigido por Vicente Rojo, promovió sucesivamente las ofensivas de Brunete, Belchite y Teruel. Todas perseguían un objetivo similar: obligar al adversario a desviar efectivos, aliviar la presión sobre otros frentes y ganar tiempo en una guerra cuyo desarrollo resultaba cada vez más desfavorable para la República.

La estrategia culminaría meses después con la batalla del Ebro, considerada la última gran ofensiva republicana antes del desenlace definitivo del conflicto.

Belchite: un legado histórico que permanece entre las ruinas

Con el paso de las décadas, Belchite ha adquirido un significado que trasciende el resultado estrictamente militar de la batalla. La destrucción de la localidad y los posteriores bombardeos sufridos en 1938 terminaron convirtiendo el antiguo núcleo urbano en uno de los escenarios más representativos de la devastación causada por la Guerra Civil.

Diversos historiadores han comparado su valor simbólico con el de Guernica por el grado de destrucción que sufrió y por el uso propagandístico que posteriormente se hizo de sus ruinas.

El régimen franquista decidió conservar el viejo pueblo sin reconstruirlo, presentándolo como testimonio de la guerra y de la victoria militar.

En la actualidad, las ruinas del antiguo Belchite siguen siendo uno de los espacios históricos más conocidos del conflicto español. Sus edificios derruidos y las huellas visibles de los combates recuerdan una batalla que, pese a no modificar el curso de la guerra como pretendían sus impulsores, acabó convirtiéndose en uno de los episodios más estudiados y recordados del frente de Aragón.

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