La batalla que España creyó ganar y que cambió la historia de Portugal
Montijo, 1644: la batalla que simbolizó la larga lucha de Portugal por separarse de España
A mediados del siglo XVII, la Monarquía española seguía siendo una de las grandes potencias de Europa, pero su estructura comenzaba a mostrar grietas profundas.
En ese contexto estalló la Guerra de Restauración portuguesa (entre los años 1640-1668), un conflicto prolongado que enfrentó a dos territorios que habían compartido corona durante seis décadas.
Entre los numerosos combates de aquella guerra, la Batalla de Montijo, en 1644, se convirtió en uno de los episodios más significativos del frente extremeño.
Durante gran parte del siglo XVII, Portugal permaneció integrado en la Monarquía Hispánica tras la unión dinástica iniciada en 1580.
No obstante, el equilibrio político que había mantenido aquel sistema comenzó a resquebrajarse a medida que aumentaban las tensiones internas y las dificultades exteriores del imperio español.
La situación estalló definitivamente en diciembre de 1640. Un grupo de conspiradores portugueses asaltó el palacio real de Lisboa, depuso a la gobernadora nombrada por Madrid, la duquesa de Mantua, y proclamó rey al duque de Braganza, que ascendió al trono como Juan IV de Portugal. Comenzaba así la llamada Guerra de Restauración portuguesa.
El nuevo monarca dedicó todo su reinado a consolidar la independencia del país. Durante los primeros años, el conflicto se desarrolló principalmente a través de escaramuzas fronterizas y ataques limitados entre guarniciones situadas a ambos lados de la raya entre Portugal y Castilla.
La estrategia portuguesa consistía en evitar enfrentamientos directos de gran escala mientras reforzaba sus defensas y buscaba apoyos internacionales.
España, por su parte, tenía su atención repartida entre numerosos frentes, desde la Guerra de los Treinta Años hasta las campañas contra Francia y las revueltas internas en distintos territorios de la monarquía.
En ese contexto de tensiones constantes se produjo uno de los primeros grandes choques militares de la guerra: la Batalla de Montijo.
El 22 de mayo de 1644, el general portugués Matías de Albuquerque lanzó una incursión sorpresa sobre la frontera extremeña. Al frente de unos seis mil soldados de infantería, más de mil jinetes y varias piezas de artillería, logró tomar la plaza de Montijo, situada cerca de Badajoz.
La reacción española fue rápida. El marqués de Torrecuso reunió un ejército ligeramente superior y avanzó para interceptar a las tropas portuguesas. Cuatro días después, el 26 de mayo, ambos ejércitos se enfrentaron en campo abierto en uno de los combates más intensos del conflicto en aquella fase inicial.
La batalla entre Portugal y España
La batalla resultó especialmente dura. Las tropas portuguesas sufrieron numerosas bajas durante el enfrentamiento, pero lograron mantener la cohesión suficiente para retirarse ordenadamente hacia territorio portugués.
En medio de la confusión, las fuerzas españolas se dedicaron al saqueo del campo de batalla en lugar de perseguir al enemigo, lo que permitió a Albuquerque reorganizar a sus hombres y recuperar parte de la artillería.
Las cifras reflejan la crudeza del combate. Los portugueses perdieron varios miles de soldados, mientras que las fuerzas españolas registraron centenares de muertos y heridos. Sin embargo, la retirada lusa impidió una derrota total y mantuvo intacta su capacidad militar.
El resultado del enfrentamiento generó una curiosa paradoja. Tanto Lisboa como Madrid proclamaron la victoria.
En la corte portuguesa, Juan IV premió a Matías de Albuquerque concediéndole el título de conde de Alegrete. Mientras tanto, en la capital española también se celebró el resultado como un triunfo militar.
Más allá de la propaganda, la batalla dejó al descubierto varios problemas estructurales del ejército español en el frente portugués.
La falta de coordinación entre unidades, las dificultades logísticas y la indisciplina de algunos soldados redujeron la eficacia de unas fuerzas que, sobre el papel, contaban con experiencia y superioridad táctica.
Al mismo tiempo, el ejército portugués demostró una mayor capacidad de adaptación. Sus mandos supieron aprovechar el conocimiento del terreno, utilizar formaciones más flexibles y coordinar la acción de la infantería con la caballería ligera.
A lo largo de las décadas siguientes, la guerra continuó con una sucesión de asedios, incursiones y batallas que desgastaron a ambos bandos.
Para finalizar, tras nuevas derrotas militares y una situación económica cada vez más complicada, la regente española Mariana de Austria reconoció oficialmente la independencia de Portugal en 1668 mediante el Tratado de Lisboa.
La Batalla de Montijo quedó así como uno de los episodios emblemáticos de aquella larga contienda. Más allá de su resultado inmediato, simbolizó el inicio de un conflicto que marcaría el final de la Unión Ibérica y consolidaría definitivamente la separación política entre España y Portugal.