La Ciencia revela cómo murió realmente Jesús de Nazaret, fue mucho más brutal de lo que se creía
Así murió Jesús según la ciencia moderna: tortura, política y una ejecución implacable
Omitiendo la religiosidad que impregna su poderosa figura, el consenso entre historiadores y arqueólogos es que Jesús de Nazaret existió realmente hace unos 2.000 años, en el territorio de la actual Israel.
Fue un judío disidente -no hay que engañarse-, un predicador que reunió seguidores y cuya influencia provocó la incomodidad de las autoridades del Imperio romano.
Su muerte por crucifixión, hacia el año 30 de nuestra era, se convirtió en uno de los acontecimientos más estudiados por la ciencia moderna.
Hoy, investigadores de diversas disciplinas coinciden en que Jesús fue un condenado político cuya ejecución reflejó el poder represivo del sistema imperial más extenso de la antigüedad.
El historiador brasileño André Leonardo Chevitarese, de la Universidade Federal do Rio de Janeiro, sostiene que no puede separarse la figura del Jesús histórico de la política.
Su movimiento, que proclamaba un “reino de Dios” basado en la justicia, la paz y la igualdad, representaba una amenaza directa a la autoridad de Roma.
El propio término “reino” tenía implicaciones subversivas: frente al poder de César, Jesús hablaba de un nuevo orden en el que los pobres y marginados tendrían protagonismo.
Los romanos, según Chevitarese, ya vigilaban sus actividades. La entrada triunfal en Jerusalén, durante la festividad de la Pascua judía, fue interpretada como un desafío.
En un contexto en el que la ciudad estaba repleta de peregrinos y la tensión política era alta, cualquier acto de agitación podía desembocar en rebelión.
Su detención y ejecución, por tanto, fueron una acción preventiva: un mensaje de advertencia para quienes soñaran con un reino alternativo.
La crucifixión: castigo de esclavos y disidentes
El politólogo e historiador Gerardo Ferrara explica que la crucifixión no era una invención romana, pero sí una práctica perfeccionada por el Imperio.
Desde el siglo III a.C., se aplicaba a esclavos, rebeldes y delincuentes que no tenían la ciudadanía romana. El objetivo no era solo causar la muerte, sino hacerlo con la máxima humillación y sufrimiento posible.
El condenado era exhibido como advertencia pública, colgado desnudo -para humillarlo-, en un tormento que podía prolongarse días.
Antes del suplicio, la víctima era flagelada. Se utilizaba el azorrague, un látigo con puntas de hueso o de bolas metálicas. Conforme con estudios forenses, estos golpes podían desgarrar la piel y producir hemorragias internas graves, afectando órganos vitales como el hígado y el bazo.
Según Ferrara, en el caso de Jesús se habrían aplicado unos 39 azotes, lo que equivaldría a más de un centenar de laceraciones por las múltiples puntas del instrumento.
La investigación forense del doctor Zugibe
A comienzos del siglo XXI, el médico forense estadounidense Frederick T. Zugibe realizó experimentos para comprender los efectos fisiológicos que tiene la crucifixión.
En su libro The Crucifixion of Jesus: A Forensic Inquiry, documentó pruebas con voluntarios suspendidos en cruces de madera mientras se registraban sus constantes vitales.
Los resultados mostraron que la posición extendida de los brazos y la tracción del cuerpo dificultaban enormemente la respiración, generando calambres, pérdida de circulación y un agotamiento extremo.
Zugibe concluyó que Jesús probablemente murió por un paro cardíaco derivado de un shock hipovolémico, es decir, una pérdida masiva de sangre tras la flagelación y la exposición prolongada al suplicio.
La hipótesis contradice la idea de que la causa fuera estrictamente asfixia; más bien, se trató de un colapso fisiológico progresivo provocado por el trauma y la pérdida de líquidos corporales.
El forense también analizó la disposición de los clavos. Las investigaciones arqueológicas y anatómicas demuestran que no se habrían insertado en las palmas, como muestran las representaciones artísticas, sino en las muñecas, justo debajo del pulgar.
Solo esa zona ósea podía soportar el peso del cuerpo. Los clavos, de unos 12,5 centímetros, atravesaban nervios que provocaban un enorme dolor que era insoportable. En cuanto a los pies, se habrían fijado uno junto al otro, no superpuestos, también con clavos de hierro.
El peso del madero y la marcha final
De acuerdo con los estudios de Zugibe, los condenados no cargaban con toda la cruz, lo que llevaban era únicamente con el travesaño horizontal, conocido como patibulum, que pesaba unos 22 kilos.
El madero vertical permanecía fijo en el lugar de ejecución, en general fuera de las murallas. Jesús, debilitado por la pérdida de sangre y los golpes, habría recorrido un trayecto de varios kilómetros hasta el monte de la crucifixión, conocido como Gólgota o “Lugar de la Calavera”.
El historiador Ferrara estima que la ejecución ocurrió un viernes, el 7 de abril del año 30, basándose en cálculos astronómicos y cronologías bíblicas. La agonía, según sus conclusiones, duró pocas horas, acelerada por la brutal flagelación previa.
No obstante otros especialistas creen que pudo prolongarse hasta dos o tres horas, dependiendo de la resistencia física del condenado.
Tortura y humillación: la corona de espinas
Además del castigo corporal también se incluyó la burla pública. En el caso de Jesús, los soldados le colocaron una corona de espinas, un gesto de sarcasmo hacia quien había sido llamado “Rey de los judíos”.
Zugibe investigó el origen botánico de la planta utilizada y determinó que probablemente fue el espino de Cristo sirio, una especie del Medio Oriente cuyas espinas pueden superar los cinco centímetros.
Estas iban insertadas en el cuero cabelludo, estas púas penetraban los nervios craneales, provocando un dolor punzante y constante.
El sufrimiento físico se combinó con la degradación moral. El reo, colgado a escasa altura del suelo, era objeto de insultos y escarnio.
Su desnudez formaba parte del castigo puesto que la pérdida total de dignidad. Según las descripciones de Ferrara, la víctima podía quedar suspendida entre medio metro y un metro sobre el suelo, lo que permitía que los animales y los buitres comenzaran a alimentarse incluso antes de la muerte.
La muerte y la hipótesis del sepulcro
Chevitarese sostiene que, históricamente, la crucifixión de Jesús debió realizarse sin testigos cercanos y realizada con rapidez, para evitar disturbios.
El Imperio Romano no permitía la sepultura de los crucificados. Sus cuerpos quedaban expuestos durante días, hasta que las aves carroñeras completaban el proceso de descomposición.
Los registros arqueológicos corroboran que en la Palestina del siglo I no existen cementerios ni restos identificables de crucificados, lo que potencia mucho la tesis de que los cadáveres eran abandonados.
Esta práctica respondía a un principio político: borrar la memoria del disidente. Impedir la sepultura era negar el rito final, condenar al olvido.
No obstante los seguidores de Jesús transformaron esa muerte infame en símbolo de redención. En términos históricos, la crucifixión fue un acto de represión imperial; en términos culturales, el inicio de una de las mayores religiones del mundo.
La investigación moderna no busca desacreditar la dimensión espiritual del relato, también la de entender los hechos desde la evidencia empírica.
Médicos, arqueólogos e historiadores han coincidido en que la crucifixión fue un proceso de tortura extrema, en el que la víctima moría por una combinación de asfixia, shock hemorrágico y fallo cardíaco.
Los estudios forenses confirman la brutalidad descrita en los Evangelios, aunque descartan algunos detalles teológicos.
Chevitarese explica que “Jesús muere por un reino, el reino de Dios. Lo que vino después fue la reinterpretación de su muerte como un sacrificio religioso”.
Desde esa perspectiva, la Ciencia y la Historia tienen su convergencia ambas reconocen que la figura de Jesús cambió la estructura simbólica del mundo antiguo, primero como líder político ejecutado por Roma y luego como figura espiritual inmortalizada por sus seguidores.
Más allá de la fe o la incredulidad, el análisis forense y arqueológico de su muerte revela un hecho que resulta incontestable: la crucifixión fue una de las formas más crueles de castigo concebidas por el ser humano -que no es de invención romana-, y en ese suplicio, ocurrido hace dos milenios, se selló una historia que transformó para siempre la civilización occidental.