Policías mirando el hueco dejado por el robo de la Gioconda mientras el ladrón huye escondiendo el cuadro.
Recreación del robo de la Gioconda.

La Mona Lisa, del robo más audaz en el Museo del Louvre del siglo XX al icono más vigilado del mundo

Por qué el robo de la Mona Lisa en 1911 la hizo más famosa que nunca

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Pocas obras han alcanzado la notoriedad y el magnetismo de la Mona Lisa, el retrato que Leonardo da Vinci pintó entre los años 1503 y 1506 y que hoy se conserva en el Museo del Louvre de París.

Su modelo, Lisa Gherardini, esposa del comerciante florentino Francesco del Giocondo -de ahí su nombre más popular de Gioconda-, fue inmortalizada con una expresión enigmática que ha desconcertado a generaciones.

La técnica del sfumato leonardesco, con la que Leonardo difuminó los contornos hasta crear una atmósfera casi viva, elevó el retrato a una categoría inédita en la historia del arte. Pero más allá de su maestría pictórica, la fama de la Gioconda se consolidó gracias a un suceso tan audaz como insólito: su robo en el año 1911.

El robo que sacudió al Louvre de París

La mañana del día 21 de agosto de 1911, el museo más importante de Francia amaneció sin su obra más célebre. Durante un día entero, nadie notó la desaparición. Fue el pintor Louis Béroud quien, al acudir a copiar la pintura, descubrió el vacío en la pared.

La noticia se propagó con mucha rapidez y generó un auténtico terremoto mediático. El Louvre cerró durante una semana y la policía desplegó una investigación sin precedentes. Entre los sospechosos figuraron nombres tan insospechados como Pablo Picasso y Guillaume Apollinaire, que ambos interrogados sin resultados concluyentes.

El misterio se mantuvo durante más de dos años. Finalmente, en diciembre del año 1913, la obra reapareció en Florencia, cuando el ladrón, Vincenzo Peruggia, intentó venderla a un comerciante de arte.

Su captura permitió el regreso triunfal de la pintura a París y convirtió el episodio en un fenómeno global. La Gioconda, hasta entonces apreciada sobre todo por los entendidos, se transformó en todo un símbolo cultural y mediático.

Vincenzo Peruggia: el ladrón patriota

Nacido en Italia en el año 1881, Peruggia era un pintor y carpintero que había trabajado en el Louvre, lo que le permitió conocer sus rutinas y vulnerabilidades. Su motivación no fue económica sino nacionalista: creía que la Mona Lisa había sido robada a Italia y que debía regresar a su país.

En realidad, la pintura había sido adquirida legalmente por el rey Francisco I de Francia, a quien Leonardo se la vendió en vida.

Peruggia ideó un plan meticuloso. Vestido con una bata blanca similar a la del personal del museo, se ocultó en un armario hasta que cerró el edificio. Luego retiró el cuadro de su marco y lo escondió bajo su ropa.

Durante más de dos años, lo mantuvo guardado en su pequeño apartamento parisino. Su captura resolvió el misterio y lo convirtió en una figura legendaria de la Historia del Arte.

El eco mediático y las teorías conspirativas sobre el robo de la Gioconda

El robo provocó una auténtica obsesión mundial. La prensa francesa y extranjera publicaba a diario todo tipo de teorías: desde conspiraciones internacionales hasta supuestos robos por encargo.

La policía recibió cientos de cartas con pistas falsas, y la Gioconda se convirtió en un fenómeno de masas en su época. Cuando finalmente fue recuperada, el júbilo en Francia fue tal que el Louvre se vio desbordado por multitudes deseosas de contemplar el cuadro rescatado.

El juicio de Peruggia fue breve. Condenado a un año y quince días de prisión, su pena se redujo mucho por considerarse que actuó movido por “amor a la patria”. Murió en Francia en  el año 1925, sin llegar a ser plenamente consciente de haber contribuido, paradójicamente, a la fama inmortal de la obra que robó.

La historia de la Mona Lisa no terminó ahí. En las décadas siguientes, el cuadro fue objeto de múltiples ataques. En el año 1956, sufrió daños por ácido y por el impacto de una piedra.

En 1974, una mujer en silla de ruedas arrojó pintura roja durante una protesta por los derechos de las personas que tienen discapacidad. En los últimos años, activistas climáticos han intentado agredirla con pasteles o sopa, sin lograr atravesar el cristal antibalas que hoy la protege.

Cada agresión, lejos de disminuir su valor, ha potenciado enormemente su carácter simbólico. Desde su vitrina blindada del Louvre, la sonrisa de la Gioconda sigue contemplando el mundo con el mismo enigma que hace más de cinco siglos, convertida en un espejo de las pasiones, los mitos y las reivindicaciones de la Humanidad.