Bloques de piedra de Stonehenge apuntalados hace más de un siglo.
Recreación de como era Stonehenge hace más de un siglo.

La parte menos conocida de Stonehenge, las piedras que fueron recolocadas en pleno siglo XX

Stonehenge no es exactamente como lo dejaron sus constructores: la intervención moderna que aún genera debate

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Durante más de un siglo, el debate sobre las intervenciones modernas en Stonehenge ha alimentado teorías, sospechas y titulares llamativos. Pero ¿qué ocurrió realmente en el interior del yacimiento y hasta qué punto su imagen actual es fruto de decisiones contemporáneas?

Durante décadas, Stonehenge ha sido presentado al gran público como un vestigio intacto del mundo prehistórico.

No obstante, la imagen que hoy contemplan millones de visitantes es, en parte, el resultado de decisiones técnicas tomadas en los siglos XIX y XX, cuando el deterioro acumulado obligó a intervenir para evitar la pérdida irreversible del monumento.

No se trató de una reconstrucción completa, pero sí de una serie de actuaciones que alteraron ligeramente la posición y el aspecto de algunos elementos.

La primera intervención moderna documentada de importancia se produjo en el año 1901, bajo la dirección del ingeniero y arqueólogo William Gowland, después de que uno de los grandes trilitos amenazara con desplomarse.

Aquella operación implicó excavar la base, recolocar la piedra en posición vertical y asegurar su estabilidad con técnicas propias de la época. En el proceso se removieron sedimentos que hoy serían considerados un archivo arqueológico de enorme valor.

A partir de ese momento, Stonehenge entró en una etapa de gestión patrimonial más activa. Tras el periodo de la Primera Guerra Mundial, el Estado británico asumió el control del yacimiento y, décadas después, se consolidó un programa sistemático de excavaciones y estabilización.

Entre los años 1958 y 1964, un equipo encabezado por el arqueólogo Richard Atkinson llevó a cabo una de las campañas más ambiciosas del siglo XX.

Varias piedras caídas fueron levantadas con grúas, algunas se recolocaron sobre nuevas bases y otras se aseguraron mediante cimentaciones de hormigón ocultas bajo el terreno.

Estas actuaciones, aunque imprescindibles para frenar el deterioro, no estuvieron exentas de consecuencias científicas.

La retirada de capas de suelo sin los estándares actuales de registro provocó la pérdida de información contextual que hoy permitiría responder con mayor precisión a preguntas sobre las fases constructivas del monumento.

Igualmente en algunos casos, la posición exacta de las piedras se estimó a partir de huellas en el suelo y de fotografías antiguas, lo que introduce un margen inevitable de interpretación.

Piedras recolocadas en Stonehenge

El propio organismo gestor, English Heritage, reconoce en su documentación técnica que determinadas piedras fueron recolocadas siguiendo la mejor evidencia disponible en su momento, pero que no siempre puede asegurarse una coincidencia absoluta con su ubicación original prehistórica.

En términos arqueológicos, se habla de desplazamientos mínimos, pero suficientes para alimentar debates sobre la fidelidad del conjunto que hoy se conserva.

Conviene subrayar que el objetivo principal nunca fue embellecer ni “reordenar” el monumento, sino evitar su colapso.

A finales del siglo XIX, varias piezas se encontraban peligrosamente inclinadas, sometidas a la erosión del terreno y al impacto del turismo creciente. Sin intervención, algunos de los bloques habrían terminado en el suelo, comprometiendo de forma definitiva la lectura del conjunto.

El caso de Stonehenge ilustra un dilema recurrente en la conservación del patrimonio: conservar implica, a veces, intervenir, y toda intervención modifica de algún modo el objeto que pretende proteger.

La alternativa, dejar que el monumento se degrade hasta desaparecer, también supone una forma de pérdida, aunque más silenciosa.

Hoy, el círculo de piedras que emerge en la llanura de Salisbury Plain sigue siendo esencialmente el mismo que levantaron las comunidades prehistóricas hace más de cuatro milenios.

Pero no es exactamente el mismo que vieron los viajeros del siglo XVIII ni los primeros fotógrafos victorianos. Entre aquel paisaje romántico de ruina y la imagen actual, más estable y controlada, median decisiones técnicas, criterios científicos cambiantes y una concepción moderna de la conservación.

La idea de que Stonehenge fue “reconstruido” es, por tanto, inexacta. Lo que sí ocurrió es que se corrigieron desplomes, se fijaron bases y se recolocaron algunas piezas para garantizar la supervivencia del conjunto. Ese pequeño grado de alteración, documentado y asumido por historiadores, arqueólogos y científicos.