Las armas secretas del Tercer Reich que cambiaron la historia, aunque Hitler nunca lo supo
La tecnología que los nazis intentaron ocultar y terminó creando la era espacial
En el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, la obsesión por la "aliarse" con la tecnológica llevó a las potencias en conflicto a desarrollar proyectos tan avanzados como desesperados.
En medio del caos y la destrucción, surgieron las llamadas "armas secretas", tecnologías que fueron ideadas para cambiar el curso de la guerra, muchas de las cuales sentaron las bases de la ciencia moderna.
Si bien es cierto que la mayoría no logró los resultados esperados, su legado fue decisivo en campos como la criptografía, la aeronáutica y la astronáutica.
Entre las más decisivas de estas innovaciones estuvo la llamada "Máquina Enigma", el sistema de cifrado electromecánico que el Tercer Reich consideraba indescifrable.
Fue diseñada en su origen como un producto comercial, Enigma fue adoptada por el ejército alemán a fin de poder garantizar la seguridad de sus comunicaciones.
No obstante, desde el año 1932, un grupo de matemáticos polacos, encabezados por Marian Rejewski, logró avances cruciales en su descifrado.
Más tarde, en Bletchley Park, un centro británico de inteligencia, los criptógrafos liderados por Alan Turing perfeccionaron enormemente el trabajo y consiguieron leer los mensajes alemanes casi en tiempo real gracias a conseguir máquinas y saber de su funcionamiento.
El éxito de Turing y su equipo fue monumental y cabe destacar que sus logros redujeron la duración del conflicto al menos dos años y salvaron millones de vidas.
Su creación, la máquina Bombé, simulaba las posibles configuraciones de Enigma, de esta forma se permitía el poder descifrar los mensajes con rapidez.
Paradójicamente, el genio británico fue posteriormente condenado por ser homosexual y murió en el año 1954, sin que hubiera recibido el reconocimiento en vida por su contribución decisiva a la victoria aliada y al nacimiento de la informática moderna.
Los sueños destructivos de la cohetería de la Segunda Guerra Mundial
Mientras tanto, Alemania apostaba por la guerra tecnológica con su programa de armas de represalia, era el llamado como Vergeltungswaffen. Bajo la dirección del ingeniero Wernher von Braun -luego "anmistiado por Estados Unidos-, se desarrolló el cohete V2.
Se trataba de un misil balístico de combustible líquido capaz de alcanzar velocidades supersónicas así como de transportar una tonelada de explosivos a más de 300 kilómetros.
Pese a su impresionante ingeniería, el V2 resultó bastante ineficaz en términos estratégicos pues en su contra jugaba el altísimo coste del proyecto —que era el equivalente a unos 40.000 millones de euros actuales— drenó recursos vitales del ejército alemán sin alterar el rumbo de la guerra.
Los ataques con V2 sobre Londres y Amberes ocasionaron la muerte de unas 7.250 personas. Pero aquella tecnología, concebida para destruir, sería el punto de partida de la exploración espacial, paradojas de la vida.
Tras la guerra, von Braun fue reclutado por Estados Unidos dentro de la Operación Paperclip, y su experiencia sería fundamental para el desarrollo de los cohetes Saturn V que llevaron al hombre a la Luna.
Cuando el Tercer Reich se encontraba al borde del colapso, el alto mando alemán apostó de forma decidida por una serie de aeronaves experimentales. Entre ellas, el Messerschmitt Me 262, el primer caza a reacción operativo del mundo.
También del Heinkel He 162 Salamander, diseñado en apenas seis meses. Si bien todos estos modelos representaban una revolución en ingeniería aeronáutica, su impacto fue mínimo debido a la falta de pilotos entrenados y combustible.
Aún más extravagante fue el Messerschmitt Me 163 Komet, un interceptor que estaba impulsado por cohete que alcanzaba casi 950 km/h, pero cuyo uso resultó letal para sus propios pilotos.
Otro proyecto extremo fue el Ba 349 Natter, un avión cohete de lanzamiento vertical que debía atacar a los bombarderos enemigos antes de descender planeando, era espectacular. Financiado por Heinrich Himmler y construido con mano de obra esclava, era sinónimo de la desesperación tecnológica de un régimen en declive.
Aunque muchas de estas armas fueron fracasos militares enorme, marcaron el inicio de una nueva era. De los códigos de Enigma nació la moderna cibernética; de los cohetes V2, la carrera espacial; de los primeros reactores, la aviación moderna.
La Segunda Guerra Mundial fue un conflicto de países y de ejércitos, pero también de ingenieros, matemáticos y científicos que, sin saberlo, pusieron los cimientos del futuro tecnológico del mundo.