Torre inclinada en la provincia de Zaragoza.

Las cuatro 'Torres de Pisa' que esconde España y que muchos desconocen

Zaragoza, Ateca, Bujalance y Nerellá conservan campanarios con una inclinación singular que hoy forman parte de la identidad histórica y turística de sus municipios

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Cuando se habla de torres inclinadas, la referencia inmediata suele ser la de Pisa. Sin embargo, España también conserva varios campanarios cuya desviación respecto a la vertical, originada por problemas de construcción o por las características del terreno, ha terminado convirtiéndose en uno de sus principales rasgos de identidad.

Lejos de ser simples curiosidades arquitectónicas, estas construcciones forman parte del patrimonio histórico de sus localidades y siguen despertando el interés de viajeros y especialistas.

Entre las más conocidas figuran la torre de la iglesia de San Juan de los Panetes, en Zaragoza; la Torre del Reloj de Ateca, también en la provincia zaragozana; el campanario de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en Bujalance (Córdoba), y la torre románica de Santa Eugenia de Nerellá, en la comarca catalana de la Cerdanya.

Zaragoza y Ateca conservan dos de los ejemplos más conocidos

A escasos metros de la plaza del Pilar se encuentra la iglesia de San Juan de los Panetes, uno de los edificios más reconocibles del casco histórico de Zaragoza. Su torre, levantada en el siglo XVI con elementos mudéjares y renacentistas, presenta una inclinación visible que con el paso del tiempo se ha convertido en una de sus señas de identidad.

El templo atravesó diferentes episodios difíciles a lo largo de su historia, incluidos incendios que afectaron gravemente a su interior.

Pese a ello, la torre logró conservarse gracias a diversas actuaciones de protección patrimonial que evitaron su desaparición y permitieron mantener uno de los perfiles urbanos más característicos de la capital aragonesa.

También en la provincia de Zaragoza destaca la Torre del Reloj de Ateca. Situada junto a la iglesia de Santa María, la estructura actual fue levantada durante el siglo XVI sobre restos anteriores documentados desde finales de la Edad Media.

Los estudios históricos atribuyen su inclinación a un problema surgido durante la construcción, posiblemente relacionado con la rapidez de las obras o con dificultades técnicas de la época.

En lugar de corregirse, esa desviación terminó formando parte de la personalidad del edificio, que hoy constituye uno de los principales símbolos del municipio.

Córdoba y la Cerdanya muestran dos casos con siglos de historia

En Bujalance, la torre de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción domina el paisaje de la Campiña cordobesa. Con unos 55 metros de altura, es visible desde varios kilómetros y sobresale por una inclinación cercana al metro y medio.

Su construcción se desarrolló entre los siglos XVI y XVIII, aunque el origen exacto de la desviación sigue sin estar completamente aclarado.

Entre las hipótesis planteadas figura la influencia de un terreno con arcillas expansivas, capaces de provocar pequeños movimientos diferenciales, aunque también se ha apuntado a posibles errores durante la ejecución de la obra.

En cualquier caso, la inclinación nunca ha impedido que la torre se convierta en uno de los grandes referentes monumentales de la localidad.

Muy diferente por su antigüedad es la torre de Santa Eugenia de Nerellá, en la provincia de Lleida. Este campanario románico, construido en el siglo XI, presenta una inclinación que ya existía desde sus primeros tiempos, consecuencia de las técnicas constructivas y de las condiciones del terreno.

Con frecuencia recibe el sobrenombre de "la Torre de Pisa de la Cerdanya", aunque su origen es anterior al famoso monumento italiano. La singularidad de su silueta la ha convertido en uno de los elementos patrimoniales más representativos de la comarca.

Un patrimonio donde la imperfección también cuenta la Historia

Las torres inclinadas españolas recuerdan que muchos monumentos históricos no deben su fama únicamente a la perfección de su diseño, sino también a las circunstancias que marcaron su construcción y conservación. Lo que en su momento pudo interpretarse como un defecto terminó otorgando a estos edificios una personalidad propia.

Hoy forman parte del paisaje urbano y cultural de sus respectivas localidades, atraen visitantes interesados en la arquitectura histórica y representan ejemplos de cómo la conservación del patrimonio permite mantener vivas construcciones que, siglos después de su levantamiento, siguen contando una historia diferente desde su propia inclinación.

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