Soldados rusos con una bandera caminando por la ciudad devastada de Berlín.
Berlín devastada tomada por los soldados rusos.

Los últimos días de Hitler, entre la verdad histórica y la leyenda de su huida

¿Murió realmente Hitler en el búnker? Las pruebas que aún dividen a los historiadores

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El 30 de abril de 1945, caído el Tercer Reich, Adolf Hitler y Eva Braun se quitaron la vida dentro del búnker de la Cancillería del Reich en Berlín, próximo a la Puerta de Brandeburgo, marcando el fin del régimen nacionalsocialista.

Dos días después, las tropas soviéticas tomaron la ciudad, y el 8 de mayo, Alemania firmó su rendición incondicional, el país estaba sumido en la derrota y el caos.

Pero, pese a la contundencia de los hechos, el destino final del dictador se convirtió en uno de los enigmas históricos más debatidos del siglo XX.

En las ruinas de una capital devastada, como era Berlín, los últimos fieles al Führer se habían atrincherado bajo tierra desde el 16 de enero, cuando los cañones del Ejército Rojo comenzaron a aproximarse.

El ambiente dentro del refugio era de paranoia, resignación y fanatismo. Según el historiador y oficial del MI6 británico, Hugh Trevor-Roper, autor de Los últimos días de Hitler (1946), el dictador, consciente de la inminente derrota, se suicidó junto a Braun con una cápsula de cianuro y un disparo en la sien con su pistola Walther PPK.

Los cuerpos fueron rápidamente envueltos, llevados al patio exterior y parcialmente incinerados antes de que las tropas soviéticas irrumpieran en la zona.

A pesar de los informes aliados, Iosif Stalin ordenó mantener en secreto los hallazgos sobre los restos de Hitler, alimentando deliberadamente la incertidumbre.

En el transcurso de la Guerra Fría, el Kremlin difundió versiones contradictorias sobre la suerte del líder nazi, insinuando que las potencias occidentales encubrían su fuga.

El silencio oficial soviético, prolongado durante décadas, sirvió como caldo de cultivo para la especulación y el mito. Eso también lo recogió Abel Basti en el libro "El exilio de Hitler" (Absalon Ediciones).

Otras alternativas al escape de Hitler

El periodista y exagente de inteligencia Eric Frattini, en su obra ¿Murió Hitler en el búnker? (2015), recopiló cientos de documentos de las agencias de espionaje británicas y estadounidenses que sugerían la posibilidad de una huida.

Algunas teorías afirmaban que Hitler había escapado de Berlín antes de la caída, protegido por altos mandos de las SS, y que incluso habría atravesado España con el beneplácito de Francisco Franco, rumbo a Sudamérica.

Estas hipótesis encontraron eco en los relatos sobre Hanna Reitsch, célebre aviadora alemana y capitana de la Luftwaffe, quien efectivamente logró aterrizar en Berlín sitiado durante los últimos días de abril.

Su audaz vuelo, documentado por Albert Speer, sirvió de base para la leyenda de que una pequeña aeronave esperaba al Führer en las inmediaciones de Unter den Linden.

Reitsch siempre negó haber participado en ningún plan de fuga, pero su cercanía a Hitler y su testimonio ambiguo alimentaron décadas de sospechas.

El interés por dilucidar la verdad no se apagó con el paso del tiempo. En 2018, el periodista francés Jean-Christophe Brisard y la documentalista rusa Lana Parshina, con la colaboración del forense Philippe Charlier, publicaron La muerte de Hitler.

La última palabra, fruto de una larga investigación en los archivos de Moscú. Su trabajo se centró en restos óseos y dentales conservados por los servicios secretos soviéticos.

El estudio forense de un fragmento de cráneo perforado por una bala y una mandíbula con prótesis metálicas pareció confirmar la identidad de Hitler, pero los resultados no fueron concluyentes.

El Servicio Federal de Seguridad de Rusia (FSB) permitió a los investigadores acceder a estos restos por primera vez, lo que parecía cerrar el círculo de la historia.

Pero los análisis genéticos no lograron establecer pruebas definitivas debido al deterioro del material biológico y la ausencia de muestras comparativas verificables.

“La evidencia es tan fascinante como frustrante”, escribió el crítico Reed Tucker en The New York Post, al reseñar el libro.

Ocho décadas después, el debate sobre la muerte de Hitler sigue oscilando entre la historia documentada y la fascinación conspirativa.

Para la mayoría de los historiadores, no existe duda razonable de que el dictador murió en su búnker de Berlín.

Pero el secretismo impuesto por la Unión Soviética, las omisiones deliberadas y el atractivo morboso de la teoría de la fuga han mantenido viva una de las leyendas más persistentes del siglo XX: la del Führer que nunca fue capturado.